Eduardo Pérez Haro
De elecciones y política para el cambio democrático (7)
Para Guadalupe Compeán.
“México vuelve a las urnas el próximo domingo (…) marcará el inicio del segundo ciclo del presidente Enrique Peña Nieto. El mandatario es el gran protagonista de unas elecciones (…) que suponen una prueba de fuego”.
“El aumento de la violencia y la tragedia de Iguala, los escándalos inmobiliarios y el poder del narcotráfico han situado a México frente al espejo. La campaña se ha visto marcada además por 70 ataques y 19 asesinatos, en una fotografía de una nación sangrienta”.
“El acelerón económico se ha detenido, el crecimiento está por debajo de los umbrales que se pretendían conquistar y, con la crisis del petróleo galopando, no hay indicios de una mejora inminente”. Estos párrafos provienen de una nota del periódico español El País escrita por Jan Martínez Ahrens (01/06/15).
Votar o no votar. Más allá de que la duda se concentre en simplemente no asistir a las urnas, o en emitir un voto nulo, que equivale al rechazo directo a las elecciones, lo importante es que tal vez nunca en las últimas décadas se había planteado de manera tan abierta, militantemente, esa duda entre votar o no. En estos términos reconoce el momento Víctor Flores Olea en su artículo de La Jornada (01/06/15)
Efectivamente, las próximas elecciones tienen como protagonista al presidente de México, se desarrollan en un contexto de abatimiento de las expectativas económicas, de actos desmedidos de corrupción a los más altos niveles del gobierno, de violación de derechos humanos, de crisis de las instituciones que alcanzan a las propias elecciones y sus principales protagonistas, los partidos políticos y las autoridades electorales, todo ello en un clima de creciente violencia e inseguridad en el territorio nacional.
Lo podemos decir a la manera del discurso oficial “… pero México no está en llamas”, o listar innumerables crímenes y violaciones. La realidad no precisa de ninguna exageración gráfica ni literaria. Lo cierto es que es un momento de dificultades de distinto carácter y orden de magnitud que no corresponden a una nación democrática abriéndose paso en el complejo plano internacional.
Uncida a la égida norteamericana la globalización neoliberal por llamarle así a algo que es más complejo que eso mismo, la República coloca a las sociedades de base en un esfuerzo cotidiano dentro de una economía que crece poco, pero de manera altamente centralizada, sin opciones de empleo digno y dentro de una mezcla entre la corrupción y la violencia, pero llama a votar incluso auspicia marchas como la de este domingo para apoyar a las fuerzas armadas y a votar, porque votar ahora es votar por la paz. Vaya cosa! ¿Por qué tanto interés del Estado por votar ahora?
De otra parte muchos opinadores e intelectuales se pronuncian con especial ahínco por votar. Votar por la pluralidad democrática; votar por un contrapeso parlamentario; votar por apego al cambio dentro del marco institucional; votar por darle vitalidad a un derecho constituido; votar porque es una premisa y principio ordenador de la democracia; votar por un futuro democrático, y distinto al México en crisis institucional y violento; votar porque si no se favorece al PRI o a los partidos grandes; votar por el menos malo. Pareciera que desde la teoría y la política los entendidos también se han tensado por motivar a los ciudadanos a votar.
Y sin embargo, otros hacemos una interpretación del momento que nos liga a la definición de no votar o anular el voto sumándonos al rechazo de los partidos políticos y las elecciones mismas. Y no por ello nos asumimos tontos, ni ilegales, ni antidemocráticos, ni vándalos, ni violentos, ni estamos renunciando a nuestros derechos, ni queremos algo distinto de lo que los opinadores e intelectuales aludidos dicen perseguir, sólo que lo asumimos desde una definición que consideramos válida porque no nos convencen sus razones y creencias, y porque tenemos otras consideraciones que, o las ignoran porque no las ven o porque las desestiman.
Éste es un momento con sus particularidades que hacen un contexto diferente en donde las razones académicas y políticas deben de adecuarse. El derecho al voto no se renuncia, si no estaríamos pidiendo su disolución a cambio de otra cosa, y al no hacerlo no estamos renunciando a la vía institucional del cambio por medio de las elecciones, sólo que consideramos que las reglas y condiciones en las que se realizan las elecciones no aseguran la validez de las mismas. Recupérese el momento en el que los estudiantes de la Ibero increparon al entonces candidato a la presidencia donde de hecho le denunciaron su control de las elecciones por la vía del control de los medios de comunicación. Le reclamaron como se había convertido en un Presidente de facto antes de llevarse a cabo la jornada electoral. El #YoSoy132. Colocó un problema de fondo sobre la democracia y particularmente sobre la validez de las reglas y condiciones del caso. Desde ahí la necesidad de revisar la democracia, de imaginarla de otra manera, bajo nuevas reglas y condiciones.
Tiempo después, el candidato, ya siendo Presidente traicionó la expectativa de quienes le confiaron con el voto, o no votando, pero le creyeron que vendrían momentos de crecimiento económico, oportunidades de trabajo y mejoría en un ambiente de seguridad y libertades; esa no fue la expectativa de los estudiantes, ni de muchos otros, pero para quienes lo fue la incumplió y no voy a argumentar mucho sobre esto, la entrada que hemos citado del periódico español es una referencia general que delinea un momento de dificultades alejado de las expectativas creadas y sin perspectiva de corto plazo; pero no sólo eso, sino de amplio descrédito internacional y de inconformidad extendida que ha irrumpido en las calles y ha entrado a los hogares de las familias mexicanas, a grado tal que no hay credibilidad ni ánimo de acudir a las urnas, así de simple, porque no, convirtiéndolo en un acto no de apatía o de falsa superioridad moral respecto de los que votan, a pesar de que saben de la cavernosidad institucional de los comicios no es un acto de rechazo, es un acto de protesta, no yendo a votar o yendo a anular el voto.
Sabemos que no contabiliza, pero eso no quiere decir que no cuente, tampoco suele decirse cuántos acuden a las marchas o a las movilizaciones, se disminuyen en los medios o se ocultan, pero sí cuentan, máxime que se fuga la realidad por medio de las redes sociales, y la realidad de las protestas y denuncias le dan la vuelta al mundo y si cuentan, o de dónde creen que viene el descrédito del Presidente y la instituciones, pues del rechazo y de la protesta que no contabiliza legalmente, pero políticamente cuenta mucho porque entonces cuál es la vigencia de la democracia, pues cuándo las sociedades de base se inconforman; esa esa es la democracia, no sólo la que se legaliza y se formula en las urnas, la protesta masiva no es el único, pero es un acto de la democracia que más tarde procesa hasta fraguar cambios legislativos y de dirección en el desempeño del gobierno, y bajo nuevas reglas y condiciones puede cristalizar en elecciones democráticas; o acaso suponemos que los elegidos de ahora van a dispararse a los pies, ¿cuándo lo han hecho? Por el contrario las oposiciones en el poder han dejado de serlo hasta ahora, no porque se les suban los humos, o no sólo, sino porque en sus orígenes no traen una base de relación auténtica con la gente, con sus intereses, sus protestas, sus luchas, sólo dicen ser justicieros y democráticos, pero no lo son, y tarde o temprano se les nota. La democracia es precisamente un mecanismo en el que no sólo media el decir y la creencia. La relación entre representados y representantes es diferente, y debe ser distinta de un cheque en blanco.
Entonces, no sólo hay que revisar las reglas y condiciones del concurso electoral sino las reglas y condiciones de los partidos, hay que pensar en nuevos partidos o cambiarlos desde adentro para quienes se animen a enderezar un árbol torcido. Como sea, el asunto es menos simple de lo que parece, en esta perspectiva el rechazo a las elecciones de ahora es una manera de acuerpar la conciencia colectiva para presionar por cambios democráticos que se procesarán en el congreso como resultado del movimiento social y no por la generosidad de los opositores, que ni siquiera se pronuncian en favor de las luchas sociales ni están en la defensa de los derechos reprimidos de los luchadores sociales, o en la crítica fundada de los presupuestos y acciones de gobierno. Los manifestantes por los ocho meses del crimen de Iguala quitaron la propaganda electoral y la quemaron frente al hemiciclo a Juárez. Y no por eso son vándalos ni ignorantes, son los jóvenes, estudiantes de ahora que próximamente serán diputados, y esos sí serán auténticos, pues sabemos que traen compromisos de base y responden no a su conciencia justiciera sino a sus relaciones de base, a su representatividad, porque la gente, sus representados, así se los van a exigir. (Es una manera de aludir el tema, por supuesto que no estamos hablando de la curricular de activista, luego entonces diputado, luego entonces verdadero y democrático; lo que estamos diciendo es que una vía distinta del amiguismo, compadrazgo, parentesco o complicidad, como se eligen ahora, es una de las tantas cuestiones de fondo que hay que cambiar para estar hablando de otra cosa, pero no lo refieren sus convocantes al voto, en fin…).
Los contrapesos legislativos han sido borrados mediante el Pacto por México, y no hay cambio en las condiciones que llevaron a las oposiciones de izquierda y derecha a sumergirse en ese acuerdo, mas al contrario, si en su debilidad se sometieron a cambio de sus subsistencias, ahora que encarnan descréditos mayores no tendrán para dónde hacerse, y Morena ya hemos argumentado en entregas anteriores su circunstancia, pero lejos está de prefigurar al Syriza de los griegos y al Podemos de los españoles, a pesar de que sabemos que hay hombres y mujeres importantes y valiosos, como los pueden haber en el PT o el MC, etcétera, pero la discusión general no se localiza en ellos, y esa es en la que estamos reflexionando por ahora.
Regresando, no hay disyuntiva democrática entre presidencialismo y partidocracia, porque se llama partidocracia, no pluralidad. Por el contrario, el crecimiento de la protesta y el rechazo es el evento democrático más importante de la coyuntura actual. Llamar a votar cuando los normalistas de Ayotzinapa no lo van a hacer es mediatizar la lealtad y conciencia de quienes desde los distintos frentes, dentro y fuera de México, les han acompañado, y no es Ayotzinapa, sino todos los movimientos reivindicativos y luchas sociales, y no sólo, sino la inconformidad como exigencia de cambio hacia un México mejor para decirlo en una palabra. Votar es sumergir en la mediatización a la protesta y la inconformidad sociales cuya trascendencia se refleja en la abierta desesperación de las autoridades por robustecer las urnas, al régimen no le preocupa ganar, el PRI ya ganó y ya lo sabe, y todos lo saben, o ¿no?, la preocupación es sobre la calidad de las elecciones que ahora juegan, como salvavidas de un gobierno desacreditado y sin bases ni intención para recomponer el rumbo de la nación.
Queda claro que no hay renuncia de derechos, ni formas extrañas de imaginar el cambio democrático, lo que no hay es la creencia de que los contrapesos dentro de la partidocracia sean la vía del cambio. El mismo Andrés Manuel López Obrador debió entender, no ahora sino hace ocho años, por lo menos que su liderazgo tenía que haberse procesado primeramente en el movimiento, entonces tuvo la oportunidad, lo probó cuando desde la calle obligó los foros de la reforma energética de aquel entonces, pero se obstinó en ser presidente y regresó a las urnas ya sin discurso ni punch, de milagro el movimiento #YoSoy132, sin proponérselo, le dio vida artificial y lo aproximó, pero no conforme, se dio a la tarea de cambiar el movimiento por un Partido, tal vez porque así lo dicen los manuales de la democracia, pero no la política, y ahí lo tienen y le va a ir bien, pero eso no significa que le vaya bien a los movimientos sociales, ni que vaya a inhibir el ejercicio del Presidente y del PRI, ni que, por definición, vaya a convertirse en el Podemos de los mexicanos, podrá ser, quién sabe, al tiempo, pero por ahora no es ni el embrión, y las inconformidades y protestas por el cambio democrático tienen una mejor ocasión fuera de las elecciones que se acomodan para revivir al régimen que agotó sus posibilidades desde hace varios meses.




