A tres años sigue el fervor hacia la tumba de Raulito, en el panteón San Francisco
Mariana Labastida
Pelotas, carritos, muñecos, entre otros juguetes, así como ropa, es lo que recibe desde hace tres años la tumba de Raúl, un niño que falleció a los 10 meses de edad en 1933 y cuya tumba en el panteón San Francisco es visitada por cientos de creyentes que le piden por la salud de sus enfermos, trabajo y hasta para recuperar terrenos.
Susana Curiel García, administradora del panteón San Francisco desde hace 17 años, relata como fue que empezó la creencia en Raulito: “venía con el acta de defunción que le habían dado para que llegara el pueblo a enterrarla”, le contó quien por primera vez le pidió un milagro al niño sepultado en la tumba ubicada a unos metros de la entrada principal del cementerio y olvidada por sus familiares.
La encargada del panteón indicó que hace tres años llegó una señora con su niña de 4 años en brazos, “venía del hospital donde la menor ya había tenido dos infartos y la dieron de alta porque estaba propensa a un tercero y su esperanza de vida era nula, pero otra persona le dijo que le pidiera a un niño muerto por la salud de su hija y así fue como llegó al cementerio en busca de una tumba abandonada para orar en ella”.
“A los cuatro meses regresó la mujer con su hija viva y me dijo que el médico le había informado que la niña se encontraba saludable, por lo que regresó a agradecer el milagro que Raulito le había hecho, también pidió ayuda para difundir lo que había pasado y fue la primera vez que se dio a conocer en algunos programas de televisión el favor del niño sepultado”, agregó.
Curiel García indicó que así fueron llegando más personas a dejar juguetes a la tumba de Raúl, quien nació el 2 de abril de 1932 y murió el 2 febrero de 1933; “luego un policía vial, entonces tránsito, al quedarse sin frenos y perder el control de su patrulla recordó el reportaje que había visto del niño milagroso y se encomendó con él”.
La mayoría de las personas que visitan la tumba del niño se han enterado por algún medio de información y así llegó Perla Edith Merlino Martínez a rogar por su esposo que tenía problemas de drogadicción.
La administradora recordó que fue a la tumba porque sus hijos soñaron que su papá fallecía y que al llegar los comenzaron a jugar, “lo cual es señal de que eran especiales y que se les concedería lo que pedían y a la fecha su pareja tiene casi un año sin consumir ninguna droga”.
Estela Barrera Mayo le llevó un una cadena y en su visita anterior le llevó un carro; ella fue a pedir por su hijo que se encuentra en Estados Unidos y que esta en trámite de un permiso para poder venir a México.
Susana Curiel agregó que Raulito está sepultado junto con su hermano Eliber, “y quienes los visitan también han llevado juguetes a otra tumbas de niños como Manuelito, Socorrito y María Elena. En sueños me han dicho que les lleven juguetes para que puedan jugar todos”.
La tumba de Rauilito se encuentra rodeada de juguetes de todo tipo, desde pequeños carritos de plástico, algunos de pilas y control remoto, también movibles, muñecos de peluche, figuras de acción, caricaturas e incluso animales, caballos, vacas y perros, pelotas de diferentes colores y tamaños y balones. Todos cuelgan del techo de lámina que se construyó para proteger del sol el sepulcro.
Alrededor también hay tres estantes llenos de juguetes, donde también se observa ropa para bebé, rosarios e incluso muñecas que han dejado los visitantes.
La encargada señaló que muchos juguetes han sido robados por quienes entran al panteón de noche, por eso deja encargados los juguetes más grandes en un local cercano y por las mañanas vuelve a acomodarlos.
Entre las tumbas que se encuentran en el panteón San Francisco también está un monumento en honor a 26 madres que fueron sepultadas tras morir en un accidente automovilístico, caso por el que el panteón, clausurado en 1958, fue reabierto en 1960.
También hay una tumba que por dos años seguidos ha sido visitada en estos días por una gaviota, lo cual –suponen los encargados– es el alma del hijo de la señora Jovita, sepultada en ese lugar y que falleció hace dos años siendo el último familiar que le quedaba con vida y que la visitaba.
En el cementerio San Francisco, ubicado en el inicio de la calzada Pie de la Cuesta, hay dos mil 400 tumbas, de las cuales sólo eciben visita mil 800 y de abril a noviembre son los meses que está abierto de manera permanente de 9 a 6 de la tarde.




