Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Tomás Tenorio Galindo

OTRO PAÍS

*Paz y armonía en la Troya incendiada

Aparentemente su pasión por la mitología griega ha llevado a Rogelio Ortega Martínez al extremo de confundir la realidad en la que desempeña su función como gobernador, con la rica, vibrante y heroica vida homérica que su fecunda imaginación le infunde. Solamente así se explica que sin ruborizarse, el gobernador de esta Troya incendiada haya dicho que entregará a su sucesor Héctor Astudillo Flores “un estado en paz y armonía”. Si no es eso, entonces se trata de algo rupestre y el gobernador simplemente intenta sorprender y engañar con la argucia verbal ya conocida de sobra a la que recurren los gobernantes para esconder su incapacidad frente a los problemas.
Puede Rogelio Ortega decirlo mil veces, y publicar planas enteras con odas a sí mismo, pero no por ello la paz y la armonía se asentarán en Guerrero, pues los hechos desmienten al gobernador.
Hechos tan poco épicos como el secuestro y asesinato de los tres médicos y el abogado que desaparecieron la semana pasada en las inmediaciones de Xolapa cuando transitaban por la carretera a Acapulco, y cuyos cadáveres aparecieron más tarde en la sierra de Chilpancingo.
Hechos como los 105 cadáveres encontrados hasta ahora en fosas clandestinas excavadas en los cerros de Iguala, número que casi triplica al de los estudiantes normalistas desaparecidos en esa ciudad, y que se incrementa a razón de tres o cuatro nuevos cuerpos cada semana.
Hechos como la tasa de homicidios dolosos más alta del país que registra Guerrero, de 22.4 casos por cada cien mil habitantes, que cuadruplica la tasa promedio nacional de 5.5. O como las 802 ejecuciones ocurridas de enero a mayo.
Hechos como la extracción de diez cuerpos de siete fosas clandestinas localizadas en las cercanías del parque El Veladero, en Acapulco, o como las seis ejecuciones ocurridas en esa ciudad el mismo día: dieciséis cadáveres en una jornada.
Todo eso impide cualquier campanazo triunfalista, sobre todo si quien quiere hacerlo es el responsable de atacar tal escenario. Pero nada de eso parece importarle al gobernador, pues mientras lo anterior sucedía, Rogelio Ortega entraba en éxtasis al escribir artículos sobre sí mismo, como puede notarse:
En las horas de insomnio y reflexión, pienso en Ulises y en el bravío Mediterráneo, donde moraban esos seres mitológicos extraordinarios. Más cerca estaban, en el interior de las fronteras mexicanas, en algunas oficinas, en algunas redacciones y en algunos centros de poder aquellos cantos seductores. Y fueron cantos no melodiosos, sino gritos de guerra y represión. Voces que exigían reacciones autoritarias y de fuerza contra quienes se expresaban de manera distinta a la larga y cruel tradición caciquil y autoritaria.
Como Ulises –salvadas de nuevo todas las enormes distancias– preferí escucharlos, pero, a diferencia del héroe de Homero, no sufrí encantamiento. No fue necesario estar atado al mástil de barco alguno para resistir su seducción. Fue suficiente el fuerte mástil de mis principios y valores a los que siempre he estado anclado.
En otros episodios de su vida, Ulises, como señalé líneas atrás, dio prioridad al acuerdo, a la sensatez, la diplomacia y la paciencia. Y todo ello, que fue su guía para llegar a Ítaca, ha marcado –o así me gustaría que fuese– mi comportamiento para hacer frente a estos convulsos tiempos en que me ha tocado servir al público en Guerrero. En mi humilde opinión, el mayor servicio que puedo hacer es, llegado el momento, transmitirle al futuro gobernador una entidad en armonía y en paz, con sólidas bases para emprender la nueva gobernabilidad democrática. (Rogelio Ortega Martínez, “Guerrero en estos días. La ruta”, El Sur, 22 de junio de 2015).
Sin distinguir ya entre mito y realidad, cuatro días después de haber publicado ese artículo Rogelio Ortega convirtió su presunción sobre la paz y la armonía, en todo un mensaje de gobierno. La paz y la armonía no eran ya una aspiración sino una realidad obtenida gracias a su sensatez, a su diplomacia y a su paciencia para buscar acuerdos. Nada menos que como el Ulises de Homero. (“Entregará un estado en paz y armonía, asegura Ortega en plena ola de violencia”, El Sur, 27 de junio de 2015).
Resulta interesante que casi al mismo tiempo que el gobernador dijo que el estado está en paz y armonía, haya hablado también de las interminables ejecuciones en Acapulco –que Ortega Martínez atribuye a los policías municipales–, de la búsqueda de los médicos desaparecidos en Xolapa, que para ese día realizaban 170 efectivos estatales, y del pago de cien mil dólares mensuales que empresas mineras establecidas en el estado pagan al crimen organizado para que las dejen trabajar. ¡El mismo se desmentía!
Pero Rogelio Ortega no es el único confundido, o el único que pretende confundir, pues así como el gobernador en funciones ha empezado a decir que entregará un estado pacífico y armonioso, el gobernador electo, Héctor Astudillo Flores, puso en marcha un discurso que pone el acento en la necesidad de “reconciliar” al estado con paz, orden y concordia, palabras perfectas para evadir un compromiso genuino y de fondo con la insumisa realidad que demanda justicia y firmeza en el combate a la inseguridad pública tanto como a la impunidad y la corrupción. ¿Se pusieron de acuerdo los gobernadores para cantar la misma canción y en el mismo tono?

Jorge Camacho, astudillista

El 18 de junio Héctor Astudillo informó como de pasadita que invitará a formar parte de su gobierno a Jorge Camacho Peñaloza, el ex candidato del PAN a la gubernatura, quien se negó a declinar por la candidata del PRD como en el 2011 lo hizo Marcos Efrén Parra por Ángel Aguirre Rivero. Pasadas las elecciones el ex candidato panista se volvió un propagandista de la tesis de la “necesaria reconciliación” que postula Héctor Astudillo. Dos artículos de Camacho Peñaloza publicados en estas páginas el 12 y el 19 de junio llevan por títulos “La necesaria reconciliación” y “El difícil camino de la reconciliación”. Que nadie piense mal, seguramente es pura coincidencia.

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