Contrasta la actuación de Kravitz y Maná en el arranque de Rock in Río
DPA
Madrid
Dos formas muy diferentes de hacer rock: ése es el sabor de boca que dejaron en la noche del sábado el neoyorquino Lenny Kravitz y los mexicanos Maná, platos fuertes de la jornada de inauguración de la tercera edición del festival Rock in Rio que acoge Madrid.
El ritmo sin tregua de su inconfundible rock-funk, la música contestataria y rebelde y la imponente presencia sobre el escenario Mundo de un Kravitz que ha hecho de la denuncia contra el racismo en la era post Obama el tema central de su último disco Black and white America, contrastó con el lado más romántico del pop-rock latino que mostró Maná, a un ritmo pausado, con signos de cansancio y echando mano de un repertorio trasnochado con escasas novedades.
Hasta 42 mil personas, según los organizadores, acudieron a la ciudad del rock en el arranque del festival, que calentó con la música de cuatro grupos españoles: El Pescao, Maldita Nerea, La Oreja de Van Gogh y Macaco, en espera de la llegada de la primera de las estrellas.
El cantante, compositor y multiinstrumentalista estadunidense Kravitz no defraudó con un directo impecable y un look imponente que resiste el paso de los años, pese a sus 48: pantalones oscuros estampados, los hombros al aire, pañuelo al cuello y sus imprescindibles gafas de sol.
Y aunque parecía que en un primer momento los asistentes estaban ahí más bien para ver a Maná, Kravitz supo conectar y seducir con su porte, sus movimientos y su música, en la que combinó temas de su nuevo disco con los clásicos que le lanzaron a la fama.
El espectáculo arrancó con la fuerza de Come on Get In de su último álbum, que encadenó enseguida con hits como American Woman, Always on the run o My mama said, para interpretar después Black and white America. La puesta en escena del tema, que da nombre a su último trabajo, grabado entre Bahamas y París, se vio aderezada con proyecciones sobre el escenario de fotografías de familias mixtas estadunidenses de mediados del siglo pasado, acaso también de la suya.
En ocasiones tímido ante un público en cuyo idioma apenas se atrevió a decir más que un “hola”, Kravitz lanzó un mensaje de agradecimiento a todos a quienes apoyan la música –”gracias por dar un propósito a lo que hacemos”– y no se olvidó tampoco de la final de la Eurocopa de fútbol, en la que estuvieron ayer puestas todas las miradas en España, que se jugó el título contra Italia.
“¿Puedo preguntarles algo?”, gritó el músico el sábado en la noche. “¿Quién va a ganar mañana el partido?”, preguntó y recibió un gran grito por respuesta que sirvió para continuar el espectáculo con más clásicos como Always on the run, Fly away o Are you gonna go my way.
Y para terminar de encender el ánimo, Kravitz, en medio de un Let love rule final, se dio un baño de multitudes a las orillas del escenario y paseando por un corredor abierto entre el público, saludando y dejándose tocar y abrazar por sus fans, antes de marcharse para volver poco después, para terminar el espectáculo con sorpresa: dejando al descubierto sus ojos.
Pero si Kravitz logró invertir la tibieza inicial de los asistentes, más bien fue inversa la progresión de la actuación de los mexicanos Maná, para cuyo concierto el público parecía haberse multiplicado por dos… y también la media de edad.
Tras un inicio con Oye mi amor –apto para despertar el recuerdo de esos temas que tanto sonaron en los bares a finales de los años 90 bajo el movimiento rock en tu idioma–, seguido de un Déjame entrar con algo más de ritmo, el vocalista Fher Olvera interpretó algunos de los temas de su último álbum Drama y luz, como Lluvia al corazón o El dragón, con una puesta en escena poco acertada.
También hubo lugar para las llamadas de hermanamiento al pueblo español y latinoamericano, plasmadas en el tema Latinoamérica de su último álbum y acompañado con la proyección de banderas de países del continente que terminaban en la yuxtaposición de los colores de México y España.
Tras gritos de ánimo –“Madrid, la vamos a pasar de puta madre”–, guiños al evento deportivo de la jornada del domingo –se bebió un largo trago de tequila a salud de la selección española para desearle la victoria– o intentos de conectar con el público tumbándose en el escenario y envolviéndose con una bandera de España a la que plantó un beso, Olvera dejó dos temas al batería Alex González y a los guitarristas de la banda, en lo que parecía más bien la pausa forzada de un vocalista que no puede esconder el cansancio y el paso de los años.




