Abelardo Martín M.
Los padrinos de Ayotzinapa
Uno de los vínculos más sólido, indestructible a pesar de todo, es el apadrinamiento. El acto cuando padres y padrinos o su equivalente, se comprometen con la formación de una o varias personas. En la religión católica existe la tradición de que “cuando faltan los padres, están los padrinos”. En la mafia, por lo menos en la tradición cinematográfica, el padrino representa la autoridad, la justicia, la influencia y la garantía de ayuda o auxilio incondicional. La raíz etimológica latina del término lo clasifica como patrinus, de pater, patris. Es el “hombre que presenta y acompaña a otro que recibe algún honor, grado, etcétera”. También es el hombre (o la mujer) que tiene, presenta o asiste a otra persona que recibe el sacramento del bautismo, de la confirmación, del matrimonio o del orden si es varón, o que profesa, si se trata de una religiosa.
El fin de semana, la normal de Ayotzinapa fue el escenario de un hecho histórico desde más de un punto de vista, no como el lugar adonde acudieron los 43 jóvenes que hace casi un año desaparecieron, sino en donde un grupo de intelectuales y artistas de gran prestigio acudieron para apadrinar a la generación “Sangre, Resistencia y Esperanza”. El testimonio de El Sur, fue contundente: “Los normalistas son como el aire, no se vendan”, parafrasea Juan Villoro a Pablo Neruda. Elena Poniatowska los llama a “seguir de pie” buscando a sus compañeros como Rosario Ibarra sigue buscando a su hijo y dijo que México no les ha dado a los normalistas “lo que merecen”. Pueden acudir a cualquiera de los padrinos para lo que necesiten, ofrece Marta Lamas.
El apadrinamiento, en esencia, obliga a la “protección, favor que alguien dispensa a otra persona”. La nota publicada relató: “Los periodistas y escritores Elena Poniatowska Amor, Juan Villoro, Armando Bartra, Luis Hernández Navarro, Marta Lamas y Gabriel Retes, el actor Héctor Bonilla, el caricaturista Rafael Barajas, El Fisgón, y el escritor Paco Ignacio Taibo II, fueron padrinos de la generación 2011-2015, Sangre, resistencia y esperanza, de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Se notó la ausencia de los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos por policías la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre… Villoro Ruiz, recitó la Oda al aire de Pablo Neruda, con la cuál llamó a los normalistas a “no venderse”; y Poniatowska les dijo que “seguramente muchos de ustedes darían su vida con tal de poder abrazar a los que nos faltan, pero justamente porque ellos nos faltan tienen ustedes que seguir de pie, al igual que siguió doña Rosario Ibarra de Piedra, por ejemplo, que hoy cuenta con ochenta y ocho años y que a partir del año 1975 no dejó de buscar un solo día a su hijo, Jesús Piedra Ibarra, desaparecido a los 21 años”. El ex presidente de Uruguay, José Mujica, también fue invitado a ser padrino de la generación, sin embargo, debido a “causas de fuerza mayor”, no acudió al acto, en la explanada de la institución, rodeada de 43 pinturas, en diferentes estilos y tonalidades, con los rostros de los normalistas desaparecidos el 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala.
Fueron 117 egresados quienes acudieron a la ceremonia vestidos con el traje que les dio el gobierno del estado. Cuatro normalistas rechazaron el atuendo y vistieron camisas en color lila con el escudo de la Normal Rural y un moño negro en el hombro izquierdo, en honor a sus compañeros asesinados.
Elena Poniatowska declaró que los egresados además de enseñar a leer deben también exigir, denunciar y defenderse. “Un país que sabe leer puede reclamar porque conoce sus derechos”. Juan Villoro dijo que la generación está cargada de ausencias y que durante los últimos cuatro años, “Ayotzinapa ha llevado al país a un estado de indignación”, y a la demanda de justicia ante los crímenes de Estado. El nombre de la generación, Sangre, resistencia y esperanza, es un resumen de los violentos hechos a los que se enfrentaron los normalistas, pero también, “me atrevo a decir que es un proyecto de actividad”. Los normalistas son como el aire Y, les pidió que no vendan su ideología: “monarca o camarada, hilo, corola o ave, no sé quién eres, pero una cosa te pido: no te vendas”.
Héctor Bonilla se refirió a Juan R. Escudero, que fue presidente municipal de Acapulco y luchó en contra de la corrupción hasta que fue asesinado por el Ejército, y recordó que sus últimas palabras fueron: “sigan adelante para que este sacrificio no sea en vano”. “Ojalá” esas palabras hicieran eco en los egresados para que todo lo que vivieron durante su periodo escolar, “lo enfrenten con valor”. Armando Bartra, pidió a los egresados que se dediquen a enseñar con alegría, sin ocultar la realidad, pero sin replicar en sus alumnos su dolor, coraje e indignación. El cineasta Retes Balzaretti dijo que Ayotzinapa desató muchas interrogantes, entre ellas, “¿cómo es posible que 43 estudiantes desaparezcan así como así? ¿cómo acabar con la corrupción, con la desigualdad social?”; manifestó que la labor de los maestros es de las más hermosas, por lo que tienen que llevarla a cabo de manera correcta.
Por su parte, Marta Lamas, agradeció la invitación de los normalistas, y señaló que los egresados pueden acudir a cualquiera de los padrinos para lo que necesiten. En su mensaje, Paco Ignacio Taibo II sentenció que “un país sin maestros es una mierda”; felicitó a los egresados por haber concluido sus estudios y les envió uno de sus libros como regalo de clausura.
Finalmente hizo alusión a los normalistas desaparecidos en Iguala en septiembre del año pasado, y declaró que a la ceremonia se acudió “a celebrar la memoria de los ausentes, creo que este es un acto contra el olvido, un acto de solidaridad y un acto de esperanza; creo que debemos revertir el dolor en algo constructivo y no actuar como los verdugos ni limitarnos sino ser diferentes y tratar de hacer una propuesta, y esa propuesta pasa por la educación, por la libertad porque eso es lo que representa la normal rural de Ayotzinapa”.
Cada uno, por sí sólo, sería un “padrino” en el más amplio y prestigioso sentido del término. Pero la profundidad y proyección de Villoro sobresale respecto de sus colegas en la distinción. No sólo se trata de “montarse” en un tema que constituye una de las vergüenzas como país, sino de asumir una responsabilidad del tamaño de la que estos intelectuales adquieren no sólo con sus apadrinados directos, sino en cuanto a su papel y trascendencia en la sociedad. No es un vínculo religioso, pero tampoco mafioso. Tiene la más alta responsabilidad respecto de un grupo, de una zona, de un estado y de un país en el que la desaparición de un numeroso grupo de estudiantes de la normal de Ayotzinapa, ha jugado en la historia reciente de México.
O sea, el apadrinamiento, no es cosa social, ni de juego. Así lo entendieron los padrinos de la generación 2011-2015 de la normal de Ayotzinapa.




