Aurelio Peláez
El Acapulco de Garibay (2)
Contemporáneo y compañero de Vicente Leñero y Julio Scherer, dos personajes que fueron parteaguas del periodismo nacional, Ricardo Garibay logra en Acapulco (1979, Grijalbo), un referente de la escuela del reportaje y la crónica en México.
Aunque a partir de entonces la fama de Scherer, director de Excelsior y fundador de la revista Proceso (1976), y de Leñero, un novelista propiamente consagrado, quien sin embargo, consigue con Asesinato (1985), una obra magna en cuanto al reportaje en el país se refiere, Garibay no deja de competir a la par de sus compañeros de generación.
Porque es vanidoso, soberbio, autosuficiente, seguro de que su fama como escritor lo trascenderá, convencido de que es un referente en la literatura mexicana con su obra, pero en paralelo, tiene una ética laxa en su actividad como periodista. Lo refiere el periodista Víctor Roura en cierto libro. Un día, llega a las oficinas de un gobernante de la ciudad de México, por los setentas. Aporrea la puerta, el escritorio, y le dice:
–¿Cómo es posible que el mejor escritor del país tenga que ir a entregar sus escritos semanales al periódico en camión?
El gobernante le regala un auto.
Semanas después vuelve a aporrear ese mismo escritorio.
–¿Cómo es posible que la esposa del mejor escritor del país tenga que ir al mercado en camión?
Le regalan otro auto.
En Cómo gana la vida (Joaquín Mortiz, 1992), una deliciosa autobiografía, Garibay cuenta que luego de una azarosa y complicada vida como escritor y periodista, ya en la madurez, cierta noche un desconocido llega a su casa y le entrega una maleta de dinero. Eso resuelve sus desventuras.
En Acapulco, un gran reportaje que se planea desde la Redacción del periódico Excélsior, y se organiza a las maneras del periodismo gringo, bien financiado por el medio y todo eso, Garibay aplica esa misma moral displicente, tanto que acepta que el mismo gobierno del estado, que presidía Rubén Figueroa Figueroa, le financie sus gastos de hotel, comida, desplazamiento y seguridad por los tres o cuatro meses que tarda su trabajo. No obstante, el resultado de la encomienda es absolutamente honesto en cuanto a lo que vio y lo que escuchó. Nada oculta de sus cien y una noches de aventuras y desventuras. Esas de las que fueron parte mis colegas y amigos Anituy Rebolledo y Jorge Laurel.
Impetuoso, agudo. Inquisitivo, observador. De una prosa degustante de adjetivos, de imágenes. De un oído al que nada escapa, que todo registra, apenas sin apuntar, pero en donde todos saben que quien está al frente de ellos es un periodista, el más sinceramente cínico, el más odiosamente honesto: Ricardo Garibay.
Garibay registra los tiempos de la posguerrilla, del saqueo, de las discotecas, de los personajes que llegaron con esto. También, su convivio con los personajes propiamente locales, los de a pie, como Hilario Martínez, Perro Largo.
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A continuación, algunos apuntes y subrayados de ese Acapulco que conoció Garibay en 1978, donde se habla de lugares, de personajes y del retrato de esa ciudad tan violentamente íntima, cercana, inevitable.
Lo que pensaba el entonces gobernador Rubén Figueroa sobre el dirigente universitario Pablo Sandoval:
“Este hijo de la chingada anda dando guerra en la universidad, ¡pero deja que lo agarre, que le tengo pisada la cola….”.
Lo que era el servicio turístico:
“¡Cristo, cuánto rastacuerismo y qué discriminación tan meteca de los mexicanos! Hay ocasiones en que se siente uno en un país extraño”.
Los hoteles:
“(Son) territorios al margen de la policía local, y en buena medida también ajenos a las autoridades federales”.
La historia de Acapulco:
“A fuerza, con engaños o por ingenuidad los ejidatarios fueron entregando sus tierras y remontándose. Quienes hacen memoria de esos abusos hablan de injusticias y violencias que no ignoraban el destierro ni la matanza. ¿Y quién no recuerda a propósito de nada, la historia de despojos?”.
Acapulco… De lo que opinaban religiosas y religiosos de la gente y su situación de entonces:
“No hay normas morales entre esta gente: alcoholismo, yerba y sexo sin ninguna traba, y hay que añadir la violencia, la forma del paganismo larvario…”.
“Dan la vida por un amigo, por un idea, pero entre tantísima miseria aprenden a darla por una botella…”.
“Dios está tan disgustado con Acapulco… como no tiene usted idea…”.
Lo que dice Garibay:
“Infame lugar donde la vida vale un gargajo y tanto puede durar siglos mordiéndose la cola de las miserias como puede interrumpirse para siempre de un momento a otro gracias a la abominable pasión por las pistolas…”.
“Casi todo Acapulco termina produciendo esa mezcla de violencia…. (habla de una convivencia)… bebiendo o fumando los acapulqueños hablan de su tema invariable (la violencia)… Y mató, mataron, lo mató, lo mataron, lo mató, lo mandó matar, ha matado a tantos, mata, matará, mataron y los matarán hasta quedar satisfechos. Qué río de muertes imbéciles…”.
“Ahora mismo en Acapulco alguien está matando a alguien, lo están matando, lo está matando, lo matan, los mata, ya lo mataron, ya mató….”.
El robo:
“Acaso no haya desde hace cuarenta años, ni siquiera un funcionario de consideración que no haya robado a los campesinos un pedazo de su Acapulco. Radas, playas y montes, taludes y colinas, cimas y hondonadas, toda porción de paraíso aquí guarda su porción de ladrones desde las filas del gobierno…. Acapulco, botín de gobernantes… los señalo y no doy nombres porque no los tengo todos y no sería justo dejar afuera alguno de las listas infames”.
Un cantante del puerto:
“Martinique, mozo de Las Brisas, de los que recogen los paracaídas, negrísimo y artista como pocas veces he escuchado, una voz estrangulada al modo de Sachmo pero más suave y dolida y plena de armónicos, una especie de cantarina ronquera en cada nota: Martinique por Dios, usted podría estar en el centro del mundo…
–Pus aquí etamos ya nel mihmo centro, pa qué le buco”.
Entrevista con el pistolero Aliman (El Animal, de Costa Grande):
“Gordo y fofo, casi dos metros, lento, de mano tibia y respiración porosa y párpados dormidos y flácidos cachetes y voz delicada y nadadora… New York Times le achacaba ciento setenta y cuatro muertes… (En la entrevista) No guardamos tanta compostura ni cuando estuvimos con el obispo o el gobernador. Ni con los presidentes de la República he cuidado tanto mis maneras, mis palabras, el tono de mi voz. En realidad nos estamos muriendo de miedo…. ¿Quién caramba me trajo a hacer aquí de idiota?”.
Entrevista con Acosta Chaparro (el jefe policiaco de Figueroa y protagonista de la guerra sucia:
“Su nombre se pronuncia en voz baja: (Dice Figueroa Alcocer) Yo creo que Acosta Chaparro no duerme y no abandona un segundo la tarea, sólo así me explico su eficiencia y su prontitud…”.
Acapulco en los apuntes del escritor:
“Íntimo planeta del insomnio… corazón hinchado de hermosuras y putrefacciones, violencias y deliquios… Acapulco es el hampón y el pescador, el humanista y el cuchillero, la oración y la mariguana… Pueblo servidumbre y picardía… Acapulco, la luz y la mugre encantadora… Acapulco, una mugre escupidora de broncas…”.




