Silvestre Pacheco León
Milagros, promesas y anécdotas del santo patrón
En Quechultenango los tiempos de sequía sirven para reafirmar la fe y la creencia en los milagros.
Desalentados por la falta de lluvia, en estos días los campesinos disimulan su tristeza yendo y viniendo de sus parcelas bajo el rayo del sol, como para acompañar el sufrimiento de sus milpas.
Si no llueve y la siembra se malogra los campesinos pierden doble porque se quedan con la deuda del abono químico y ni cómo recuperar la inversión de su trabajo.
Por eso cuando ven que la lluvia se detiene todos piensan en un milagro del Santiago, el santo patrón más afamado de la comarca, aunque la petición es poco usual porque para ello pasean su imagen por el llano, para que vea las condiciones de la siembra.
Va el santo por delante sufriendo los rayos inclementes del sol como la fila de gente que lo sigue con su garganta reseca de tanto ruego para que interceda por ellos y Dios haga llover.
Ya han pasado los días desde el último paseo de Santiago por los campos de Quechultenango y en vez de llover, el sol escuece más el suelo.
Las matas de maíz parecen de cebolla porque con la sed las hojas se enrollan. Eso me comenta Oniver cuando nos encontramos rumbo a su parcela.
En broma le digo que va a llover, que las milpas se salvarán porque la lluvia vendrá en cualquier momento. Entonces voltea al cielo y mira que ninguna nube lo empaña.
Es por la tarde cuando un viento suave y fresco del Este recorre la cañada, cosa inusual para el movimiento de las nubes que siempre vienen del sentido contrario.
El caso es que en la madrugada del viernes comienzan a caer las gotas de lluvia, sin ningún aviso previo, no hay truenos ni rayos. Es una llovizna tenue, de gotas menudas que no hacen correr el agua en el suelo pero que lo humedecen y lo penetran.
El día amanece y la llovizna no cesa. Hasta los pájaros parecen estupefactos por la lluvia y no muy se animan a cantar.
El milagro parece haberse realizado, Quechultenango se alegra y la fe se renueva.
Doña Josefina Corona
Desde que tienen memoria, las personas más viejas del pueblo recuerdan que la tía Jose, como cariñosamente le decían a doña Josefina Corona, ya era la madrina de la imagen de Santiago que permanece en el altar mayor del templo católico de Quechultenango.
Por esa calidad que la señora tenía, cada año la danza de las Cueras, que es exclusiva del Santiago, bailaba frente a su casa, en la calle principal, durante la festividad religiosa del santo patrón.
Cuando enviudó, doña Josefina se dedicó al servicio de los demás. Su casa fue la más popular durante años en la cabecera municipal, no sólo porque tenía la tienda más grande y surtida, sino porque además de piadosa ella era el aval moral de sus habitantes.
El médico, la maestra, el cura, el vendedor, recién llegados, buscaban el aval de tan importante señora quien llegó a estar en gracia con todos.
Buena parte de su vida se la pasaba en el templo cuidando de su limpieza y de que no faltaran nunca las flores frescas en el altar, pues había dejado en manos de su nuera el manejo de la tienda de abarrotes que era el sostén familiar.
La tía Jose era pues una mujer que gozaba del amplio reconocimiento popular.
Tan devota era del santo patrón de Quechultenango que a la gente le caía de raro no verla bailando el ocoxúchitl en la octava del 25 de julio, fecha que se reconoce como la más importante de la festividad del santo patrón.
Cuando alguien le preguntaba la razón de su ausencia en esa fiesta del fin de semana, siempre respondía que ella se reservaba el baile del ocoxúchitl para el día lunes.
Y aunque todo mundo sabía que la música del baile tocaba exclusivamente sábado y domingo, nadie cuestionaba ni veía como excentricidad la costumbre de la tía Jose.
Cuando llegaba el día lunes, la santa señora salía de su casa y cruzaba la plaza municipal con sendos ramos de ocoxúchitl para cumplir con su manda en solitario, a la hora en que la iglesia se encontraba desierta.
Sin embargo, siempre había personas a quienes intrigaba sobremanera esa costumbre que se salía del ritual con el que todos los fieles cumplían.
Una de esas personas fue precisamente su hija Rufina, también apegada a la iglesia, de las que cada año llegaban al pueblo para participar en la festividad del santo patrón.
Ese día lunes en cuanto la tía Jose anunció que iba a la iglesia a cumplir con su manda, su hija Rufina la siguió a distancia.
La tía Jose entró a la iglesia como de costumbre, se hincó, se persignó, y en seguida inició el baile prehispánico del ocoxúchitl mientras se dirigía al santo como si éste la esperara para iniciar un diálogo con ella.
La voz de la señora se escuchaba clara y fuerte, sin dejar de bailar manteniendo el pegajoso ritmo que marca el teponaxtle.
Su hija Rufina, curiosa, se asomó desde la puerta para ver a su mamá que bailaba con devoción en franca plática con el santo. Eso no le pareció raro porque muchos fieles lo hacen, pero lo que la dejó pasmada fue oír la música que se escuchaba con tal estridencia dentro de la iglesia como si el baile del ocoxúchitl estuviera en su apogeo.
Asustada y emocionada por lo que había presenciado, la hija se retiró hasta su casa donde hizo partícipe a toda la familia del milagro vivido, pues en ésa época no se conocían las grabadoras para pensar que la música que había escuchado fuera una grabación.
El hecho acrecentó la fama de la tía Jose quien para muchos alcanzaba el título de santa.
¡Ése es el señor, mamá!
Mi hijo iba y venía corriendo en la iglesia aquella tarde que la visitamos, y alegre casi gritaba: ¡es él mamá, es el señor que miré allá en el hospital!
Mi hijo Eurípides señalaba la imagen de Santiago quien montado en su caballo blanco parecía reírse con nosotros desde el altar.
Vivíamos en la ciudad de México y Eurípides tendría unos seis años de edad cuando se enfermó feo de tifoidea.
Llevaba varios días enfermo y la fiebre no se le quitaba, por eso me vi obligada a llevarlo al hospital de la Raza, allá por Indios Verdes donde está la clínica de Infectología.
Me estuve toda la mañana esperando turno hasta que por fin recibieron a mi hijo y lo internaron.
Mientras esperábamos la atención yo no dejaba de rezar pidiéndole a Santiago que curara a mi hijo con la promesa de que lo vestiría de macehual para que bailara en la danza de las Cueras en cuanto estuviera sano.
Ocho días estuvo mi hijo hospitalizado y yo pendiente de su recuperación sin dejar de pedir el milagro de que sanara como devota de nuestro santo patrón.
Cuando fui a recibir a mi hijo venía él muy contento y recuperado, hasta con ganas de platicar.
Íbamos en el taxi cuando me dijo si me acordaba del señor que nos vio en el hospital. ¿Cual señor?, le pregunté.
¿No lo viste?
¿Cómo era?, le volví a preguntar.
Tenía un traje rojo, me dijo. Estaba parado en la puerta de enfrente donde nosotros nos sentamos. Lo curioso es que el señor estaba montado en un caballo y tenía un machete en la mano.
–¿No lo viste, mamá?
–No lo vi, pero lo conozco –le dije–, y luego le pregunté qué hizo ése señor.
–Nomás nos veía sonriendo. Estuvo un rato parado en la puerta, pero luego desapareció cuando la enfermera entró cargando una charola.
–¿Quién es ése señor, sí lo conoces, mamá?
Te voy a llevar a su casa en las próximas vacaciones para que lo veas otra vez, le dije a mi hijo.
Cuando llegaron las vacaciones nos venimos al pueblo y en cuanto dejamos las maletas en la casa de mi suegra nos fuimos a la iglesia.
En cuanto íbamos llegando al altar y vimos la imagen de Santiago mi hijo gritó con regocijo: ¡Ése es el señor que vi en el hospital!




