Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Fernando Lasso Echeverría

“Las tres hermanas” y el movimiento escuderista

A fines de la segunda década del siglo XX, ocurre en las costas de Guerrero un movimiento social llamado Escuderista, por el apellido de su líder: Juan R. Escudero. Esta corriente regional socialista fue motivada por el dominio absoluto –tanto económico como político– de tres compañías españolas asentadas en Acapulco desde fines del siglo XIX: la B. Fernández y Cía.; la J. Uruñuela Cía. (“La Ciudad de Oviedo”), y la Sucs. y Alzuyeta y Cía., que ejercían un verdadero gobierno paralelo no solamente en Acapulco, sino en ambas costas. Los débiles gobiernos estatales eran prácticamente ajenos a estas zonas del estado, a menos que hicieran alianzas con estas empresas familiares, como lo hizo Silvestre G. Mariscal por ejemplo; ligas que comprensiblemente favorecían a estos señores feudales, que –mediante diversos mecanismos bien planeados– eran los “dueños” de las costas. Desde la primera década del siglo pasado, el dominio español en estas regiones de Guerrero era tan completo como el que ejercían los peninsulares y sus descendientes criollos en todo el país… cuando éste era colonial.
Este triunvirato de empresas familiares de origen español, controlaba férreamente la economía regional, y consecuentemente el poder político. Los españoles eran dueños de las tierras, de la producción agrícola, del comercio, de las fábricas (de jabón y de hilados y tejidos), de las comunicaciones, y del crédito; por la buena o por la mala, no había capricho que no se les cumpliera, incluyendo por supuesto, su gusto por aquellas jóvenes modestas de buen porte que generalmente no escapaban a los varones de estas familias; Acapulco y ambas costas vivían en pleno siglo XVI.
El secreto de su dominio era la incomunicación existente, y lucharon con todo por varias décadas para mantenerla, amenazando, asesinando y sobornando. Todos los enviados del gobierno federal, comisionados para estudiar las posibilidades de abrir una carretera que comunicara al puerto con la capital de la República, regresaban ricos al Distrito Federal, y con una opinión adversa a la construcción de la carretera en su portafolio; habría que preguntarse también cuanto influyó este poderío económico/político regional de estos señores de “horca y cuchillo” en el hecho de que el ferrocarril no hubiese llegado hasta Acapulco durante el periodo porfirista, y el tendido de vías sólo haya llegado hasta Balsas –un poco delante de Iguala– cumpliendo con el deseo de estas empresas españolas de no comunicar el puerto directamente con la ciudad de México; durante la revolución, no hubo intentos serios para ello, y Acapulco llegó a los años 20 prácticamente incomunicado. Las tres casas españolas tenían una flotilla de barcos que navegaban con carga y pasaje entre Acapulco y Manzanillo Colima, hacia el norte, y a Salina Cruz, Oaxaca, hacia el sur, travesía que tenían que hacer aquellos interesados en viajar por tren (de cualquiera de estas poblaciones) a la capital de la República. Esto se complementaba –además– con las lanchas, que hacían el servicio de carga y descarga desde los barcos hasta la costa, pues en Acapulco no había muelles.
El tráfico por los caminos de herradura estaban también bajo su control: los grandes atajos de semovientes con carga que cruzaban las montañas sureñas, estaban al cuidado de sus agentes: Félix Terán en Acapulco; Rosendo Cárdenas, en Coyuca de Benítez; Zeferino Torreblanca, en San Jerónimo; Mauro Guerrero en San Marcos y Josefa Guillén Vda. de Pamplona en Ometepec. Estas personas eran al mismo tiempo agentes de compras y acaparadoras de la producción agrícola, que operaban con capital de las compañías españolas ubicadas en Acapulco. Los campesinos, desamparados totalmente, se veían en la necesidad de entregar sus cosechas al precio fijado por los acaparadores, y a veces –en trueques muy disparejos– cambiarla por mercancía necesaria para su subsistencia y la de su familia, al estilo de las tiendas de raya, muy comunes en esa época… en Guerrero. En Pie de la Cuesta las tres casas españolas poseían grandes bodegas destinadas a guardar las cosechas compradas, en donde las almacenaban con fines de especulación y “regulación” del mercado.
Para consolidar su dominio, los españoles adquirieron grandes extensiones de tierras en ambas costas, y después las arrendaban a los campesinos que las habían vendido, o a otros que las trabajaban como “medieros”, sembrando precisamente los productos agrícolas que convenían a las compañías españolas; por ejemplo, cuando éstas instalaron sus fábricas de hilados y tejidos en Coyuca de Benítez y Atoyac (El Ticui), exigieron a los campesinos que sembraran algodón, el cual compraban a precios fijados por ellos. Así mismo, para aprovechar las cosechas de copra, que dada su abundancia natural adquirían a precios ridículos, levantaron una fábrica de jabón –La Especial– cerca del Acapulco de aquel entonces. Y a quienes se oponían se les aprehendía por medio de “levas” para enrolarlos en el ejército, y enviados a otras zonas del país.
El pequeño comercio de la región ejercido por los mexicanos dependía igualmente de las tres casas comerciales españolas, pues éstas proporcionaban las mercancías a crédito y en condiciones tan onerosas, que el deudor siempre estaba a merced del acreedor. Por otro lado, impedían la entrada –o bien provocaban su quiebra, si lograban meterse al mercado– a los competidores peligrosos para ellos, como lo hicieron con grupos de comerciantes árabes que lo intentaron. Los agentes viajeros de grandes compañías del extranjero o del país que llegaban al puerto y se atrevían a ofrecer sus mercancías a los mexicanos, eran boicoteados por los españoles, y siendo éstos sus mejores clientes no había representante que se atreviera a disgustarlos. Para librarse de esa asfixiante contención, algunos comerciantes nativos, conjugaron sus fuerzas para adquirir barcos, en las cuales transportarían sus mercancías. Los españoles entonces sobornaron a los capitanes para inducirlos a naufragar sus naves, situación que ocurrió con El Progreso de 9 toneladas y La Otilia de 5, que bajo el pretexto de alguna tormenta, fueron arrojados contra los arrecifes.
Esa “economía dirigida” implantada por los españoles para su propio beneficio, tenía que apoyarse en el control político, y a esta supremacía económica-política se le agregaba, además, el factor religioso. La situación era la siguiente: “las tres hermanas” ejercían el poder a través de funcionarios peleles, generalmente nativos de clase media, que eran designados por los españoles, y que representaban “oficialmente” a las autoridades municipales y estatales; es de recordarse entre otros a Cecilio Cárdenas, a Simón Funes y a Antonio Pintos, que se turnaban en la Presidencia Municipal. Supuestamente, sus cargos eran honorarios, pero ningún sueldo podía igualar las ventajas y los privilegios que obtenían por estar a las órdenes de los españoles.
A la influencia corruptora de “las tres hermanas” no escapaban las autoridades federales, y así, administradores de aduana, jueces, celadores, jefes de la guarnición militar de la plaza, estaban a las órdenes de estos empresarios, y eran ellos quienes pagaban a la policía del puerto, la que por supuesto, era un verdadero cuerpo de guardias blancas que hacía lo que los españoles les ordenaban. La prensa local, representada por El Suriano, propiedad de José O. Muñúzuri, estaba totalmente financiada por las compañías españolas. El colmo lo era que Juan Rodríguez, el cónsul español ubicado en Acapulco por su país, era también administrador de la hacienda Aguas Blancas, propiedad de Fernández y Cía. Y aunque los españoles nunca se preocuparon por crear instituciones de servicio social como un hospital o un asilo, para complementar el dominio anímico de la gente con poder económico, fundaron en el puerto el Colegio Guadalupano que dirigía la profesora Nicolasa Vizcarra, bajo el control del clero, en donde se impartía una educación confesional, y los maestros se esforzaban por arrancar a la niñez inscrita en él, el respeto y el amor a la patria. En dicho plantel educativo no se tocaba o cantaba el himno nacional, sino la Marcha Real Española, y ese intento de desnacionalización, se realizaba en todo el puerto; las fiestas patrias no se celebraban, y en cambio, el 8 de septiembre –aniversario de la batalla de Covadonga– se festejaba con gran pompa, con tedeums, procesiones religiosas encabezadas por autoridades eclesiásticas y militares, con atuendos de la época del Imperio de Iturbide; en esa fecha, la Marcha Real Española se escuchaba día y noche.
Esta era la terrible situación que vivía la población guerrerense radicada en Acapulco y en ambas costas, y que el grupo encabezado por Juan Ranulfo Escudero, intentó resolver fundando el Partido Obrero de Acapulco, y mediante el cual logró asumir el cargo de presidente municipal de Acapulco, en contra de los deseos de toda la oligarquía española, que no consiguió parar el triunfo popular de Escudero, a pesar de las múltiples artimañas que esgrimieron.
Ya instalado en la Presidencia a partir del 1 de enero de 1921, Escudero trató de implantar un sistema de gobierno justo y legal, instalando un Ayuntamiento real y funcional en beneficio de la población. El Ayuntamiento se convirtió poco a poco en una auténtica casa del pueblo. Sin embargo, había que partir de cero, pues la comuna nunca había existido verdaderamente, y había sido hasta entonces un instrumento más de los españoles, que les servía de parapeto para dominar a la población. Escudero nombró funcionarios, les fijó un modesto sueldo, nombró policía pagada por el municipio, organizó milicias populares para sostenerlo; redujo los cobros que se hacían en el mercado; impuso la costumbre de que todos los ciudadanos con propiedad urbana barrieran diario frente a su casa; creó las juntas municipales en todos los pueblos bajo la jurisdicción acapulqueña, con la finalidad de facilitarle a los pobladores sus gestiones ante el municipio, sin viajar al puerto; etc. Esto se replicó posteriormente en San Jerónimo, en donde quedó como presidente municipal, un izquierdista recalcitrante: Jesús Zamora.
En la primera oportunidad que tuvo, Juan Ranulfo acudió a la ciudad de México para hablar con las autoridades competentes, e inició las gestiones necesarias para que se realizara la carretera México-Acapulco (inaugurada en 1928), que terminara la incomunicación de Acapulco con el Distrito Federal, base de la supremacía opresiva de las compañías españolas en Acapulco y ambas costas, proyecto por el cual mostró simpatía el presidente Álvaro Obregón. Por otro lado, el Partido Obrero de Acapulco iba controlando poco a poco otros municipios costeros. El sistema feudal español temblaba de ira y de temor ante el avance escuderista, pero continuaba manteniendo el control económico, con el apoyo del clero y de las corrompidas autoridades federales del puerto. Acapulco vivía un franco estado de guerra, que terminó con el sueño social de Escudero.
El proceso del declive del movimiento y muerte de su líder es tan extenso que requiere de un texto específico contarlo a plenitud, sin embargo, no puede omitirse que intervinieron en él, traiciones (cuatro regidores: Ismael Otero, Gregorio Salinas Abarca, Plácido Ríos y Emigdio García, le dieron la espalda a Juan, y se unieron a los españoles), compra de conciencias, y pago de grandes sumas de dinero al mayor Juan S. Flores –jefe de la zona militar del puerto– para terminar con la vida de Juan Ranulfo y sus hermanos. Fausto Morlet dirigió el asesinato de los Escudero, a cambio de 5 mil pesos oro y un ascenso militar
El fin de la lucha escuderista se vio favorecido por la revolución delahuertista, que debilitó momentáneamente a las fuerzas obregonistas locales de varias zonas del país, como lo eran Escudero y su grupo en Acapulco, quienes –sin el apoyo del gobierno federal ni del estatal– se vieron inermes ante los españoles, que, aprovechándose de que la milicia de Acapulco se había alineado con los simpatizantes de De la Huerta, provocaron hechos infamantes para quitarse de encima esta amenaza que se enfilaba a terminar con el régimen feudal implantado por ellos en Guerrero, varias décadas atrás. Lo mismo que sucedió con Felipe Carrillo Puerto, en Yucatán.
Sin embargo, merece recordarse que el fracaso de la aventura delahuertista no influyó para que esta oligarquía regional sufriera mella; “las tres hermanas” se acomodan a la situación, y con el apoyo del general Sánchez Tapia, nuevo jefe de operaciones militares, emprende por medio del terror, el restablecimiento de sus antiguas formas de dominación. Esta situación provoca que los hermanos Vidales asuman las banderas de Escudero, y mediante el Plan del Veladero dado a conocer en mayo de 1926, se extiende así una rebelión local que tenía como objetivo la expulsión de los españoles y la confiscación de sus propiedades, y que habría de durar tres años (hasta febrero de 1929), la cual se empata con la rebelión cristera, que se inicia en Buenavista de Cuéllar y Tlapa también en 1926. En ese entonces, (¿cómo siempre?) el estado de Guerrero se debatía en una grave anarquía e inseguridad, que le impedía a su gobierno mejorar su desarrollo.
* Presidente de Guerrero Cultural Siglo XXI AC.

468 ad