Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Jorge Camacho Peñaloza

Indignación

*Y dentro de mí fue creciendo la indignación, no sabía bien contra qué, aunque en buena parte lo era contra mí mismo. Mario Levrero

Según la revista Nexos el 4% de mexicanos lee noticias en internet, el 35.8% de hogares tiene acceso a internet, existe un 95% de cobertura de la televisión abierta, lo que permite que la realidad pueda llegar en un instante a la gente sea a través de la televisión, pero más mediante sus teléfonos celulares.
A través de las redes sociales somos testigos de una seria y profunda etapa de descomposición como sociedad en la que la indiferencia a los temas de interés nacional es la constante, el país está sumergido en una de las más oscuras etapas de su historia, en donde los índices de inseguridad cada día van a la alza, los índices de desempleo a la par, los indicadores económicos no crecen y al contrario, van a la baja.
Vemos cómo se privilegian los dineros del presupuesto a áreas administrativas específicas consentidas y sin sentido, y cómo temas tan vulnerables y trascendentales para el país, como la educación, se ven seriamente reducidos, y esto sólo como mero ejemplo de la incongruente repartición de la riqueza en el país, y me pregunto si la sociedad se siente realmente indignada por todas y cada una de las dolencias o, es el volátil flujo de la inmensa información que circula día a día en la red mundial que no nos permite digerir una “mala noticia”, cuando ya hay dos o tres en puerta o, la mayoría de los mexicanos sólo se informa a través de la televisión abierta y como todos sabemos, nos informan o desinforman de acuerdo con un guión.
Somos testigos pues de una dinámica mundial, nacional y estatal llena de situaciones de injusticia, inequidad, maldad, cinismo, codicia, mezquindad, violencia, homicidios, corrupción e ingobernabilidad, que pareciera que pasa por alto para la mayoría de las personas quienes están más ocupadas en sus necesidades y preocupaciones vitales inmediatas.
La información sobre esas situaciones es extremadamente volátil, en tiempo real se dice, una tras otra, una sustituyendo a otra, otra opacando a la primera, la siguiente surgiendo casi en nuestras manos, en nuestros teléfonos celulares, smartphones, equipos inteligentes, los cuales pareciera que nos están robando eso, la inteligencia, quedándosela atrapadas literalmente en las redes del WhatSapp, Facebook, Instagram, YouTube, etc. indignándonos sólo por un segundo en lo que deslizamos nuestro dedo para pasar al siguiente muro o la siguiente cuenta, quedando al final, igual que al principio, indiferentes, inconscientes, perdiendo nuestra capacidad de indignación, tendencia generalizada en la sociedad, que aumenta en función de las actividades cotidianas que lleva a cabo cada mexicano o mexicana.
La indignación es un sentimiento de desagrado, insatisfacción e impotencia que sufre una persona cuando considera que su dignidad humana, o la de otros, ha sido avasallada en forma injusta; la dignidad es el derecho de toda persona a ser respetada y valorada como ser individual y social, la cual día a día es violentada con aquella dinámica llena de destrucción, mientras que la indignación día con día se va viendo disminuida por la volatilidad y cantidad de información que acabamos consumiendo gracias a las redes sociales.
Ahí están la niña torturada y asesinada por su padrastro en una alberca en Morelia, el asesinato de la reportera y camarógrafo en Estados Unidos, el asesinatos de periodistas, las aberrantes posturas antimexicanas de Donald Thrump, la devaluación del peso frente al dólar, la misma fuga del Chapo, los diarios asesinatos en Chilpancingo y Acapulco, y en todo el estado, que las han hecho dos de las ciudades más violentas del país y menos propicias para vivir, la misma desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, los escándalos por la corrupción en el gobierno, todo frente a lo cual puede generar indignación que se acaba en el momento en que cerramos la pantalla de nuestro smartphone.
La indignación es el motor de la acción contra la injusticia, contra  los abusos de los individuos contra sus semejantes y la sociedad, sean delincuentes o gobernantes, empresarios o maestros iracundos, masas irracionales y manipuladas, iglesias y sectas que profesan en público pero que pecan en privado, contra la violencia, la mentira y la falsedad; contra los medios que encubren la corrupción y simulación, la ignorancia y la pobreza de la población, el hambre y frente a ella la codicia.
Hay motivos para la indignación, pero también distractores que la anulan y desestimulan que nos hacen caer en la inacción, dando paso a la normalidad y costumbre de la inmoralidad, a la pérdida de nuestra capacidad para asombrarnos e indignarnos, bien se dice que la cosas cambiaran cuando se lleve la indignación a la calle, pero no para violar la dignidad de nuestros semejantes, de los derechos de terceros.
Lo más grave de la pérdida de la capacidad de indignarse es que se ha convertido en una característica en muchos políticos y gobernantes que no ven los problemas frente a sus narices, que no sienten las injusticias y los abusos porque muchos de ellos son los que los cometen, andan por ahí bailando y sonriendo permanentemente y casi sin razón; dicen que el poder y el dinero vuelve loca a la gente.
Para empezar a cambiar las cosas en el país y en el estado debemos empezar pues por recobrar nuestra capacidad de indignarnos ante las injusticias y los abusos, sobre todo entre los políticos y gobernantes, esa que la volatilidad de la información, el tiempo real, los equipos inteligentes y las redes sociales al parecer nos están quitando, cuando debería ser al revés, es decir, deberían ser un incentivo para la indignación y la acción racional, justa y transformadora.
Vuela vuela palomita y ve y dile: A quien quiera escuchar, que más que cambios en el equipo, lo que nos va llevar al éxito es una nueva estrategia y dirección, no me refiero a los cambios en el gabinete sino en la selección.

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