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Saúl Escobar Toledo

La suerte del Dragón

En diciembre de 2012, el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos, la oficina de análisis geopolítico y económico de la CIA (Agencia Central de Inteligencia), concluía un estudio titulado Tendencias globales 2030: mundos alternativos. Desde hace más de dos décadas, cada cuatro años, al inicio de un nuevo mandato, el Consejo entrega un estudio similar al Presidente electo, mismo que pocos meses después se hace público (actualmente se pude consultar en www.dni.gov y ya se anuncia que se entregará en diciembre de 2016 al próximo o a la próxima ocupante de la Casa Blanca, un estudio sobre las tendencias globales 2035). Hace tres años, el documento del Consejo afirmaba que “estamos en un momento coyuntural crítico en la historia de la humanidad que pude llevarnos a futuros muy diferentes”. Una de las megatendencias detectadas por el estudio afirmaba que “no habrá un solo poder hegemónico… El poder se trasladará a diferentes redes y coaliciones en un mundo multipolar… Hacia 2030 ningún país – ya sea Estados Unidos, China o cualquier otro– será un poder hegemónico”.
En esta perspectiva, uno de los asuntos que más les preocupaban era si la volatilidad y los desequilibrios económicos llevarían a un colapso mundial o a un nuevo orden global. Señalaba que, en los próximos años, la economía internacional seguiría moviéndose en diferentes velocidades, una tendencia que se fortaleció desde la crisis financiera de 2008. De un lado los países desarrollados (Estados Unidos, Europa y Japón) a un ritmo lento o recesivo, y de otro los países emergentes con China a la cabeza, creciendo a tasas muy superiores.
Ignacio Ramonet en las páginas de Le Monde Diplomatique consideró que la principal conclusión que se desprendía del estudio era “el declive de Occidente… por primera vez desde el siglo XV los países occidentales están perdiendo poder frente a las naciones emergentes… empieza la fase final de un ciclo de cinco siglos de dominación occidental del mundo… Aunque Estados Unidos seguirá siendo una de las principales potencias planetarias, perderá su hegemonía económica en favor de China.”
El declive de la hegemonía norteamericana y el surgimiento de un nuevo orden económico y político mundial ha sido materia de distintos estudios pero lo que parece un consenso es que vivimos una etapa de transición, quién sabe si de la magnitud de la que habla Ramonet o de una escala menor, en la que Estados Unidos pierde poder en un mundo multipolar, pero no es desplazado como la potencia dominante.
La caída mundial de las bolsas de valores la semana pasada, motivada por el desplome de Shanghai el lunes 24 de agosto produjo una pérdida de alrededor de 3 y medio billones de dólares en unos cuantos días y volvió a desatar la polémica. Ahora la duda es si se podrá controlar la desaceleración del gigante asiático. El esperado aterrizaje de la economía china, después de varios años de un éxito económico vertiginoso, se estaba produciendo al fin, y la incógnita es si se trata de una caída en picada o de un movimiento más suave y manejable. Hay que recordar, sin embargo, que estamos hablando de una reducción del crecimiento de más del 10% anual en las tres décadas anteriores, al 7% en los años recientes, todavía una tasa muy relevante, tres veces mayor a la de Estados Unidos.
Desde julio de este año, los mercados financieros de China vienen cayendo aceleradamente. En esos días, la bolsa perdió 30% de su valor. Con el desplome de la semana pasada y una pérdida acumulada del 40%, se acrecentaron las dudas sobre un posible colapso de la economía china. Por su parte, como ha señalado Jorge Eduardo Navarrete, el gobierno ha reconocido que el país vive un “nueva normalidad” caracterizada por el crecimiento moderado y menores expectativas para el futuro. El Estado chino intenta realizar un cambio de modelo que, por su magnitud y complejidad, tomará varios años en completarse. El patrón de crecimiento basado en las exportaciones parece agotado. Los salarios han venido aumentando (lo que supuestamente le resta competitividad a los productos manufacturados) y los costos al medio ambiente han sido demasiado altos tanto para los chinos como para el mundo.
Cambiar el modelo para sostenerlo ahora en el consumo interno no será rápido, pues actualmente éste representa apenas el 38% del PIB. Por lo pronto, el gobierno chino seguirá siendo muy keynesiano pues tratará de sostener la economía con inversiones del Estado. Esta política es cuestionada en Occidente porque ha aumentado verticalmente la deuda china. Según algunos cálculos, no totalmente confirmados por las autoridades locales, la deuda total (que incluye gobiernos, bancos, empresas y hogares) ya alcanza el 280% del PIB.
Además de inversiones, el gobierno chino está tomando otras medidas inmediatas, entre las más importantes, la devaluación del yuan o renminbi y la reducción de la tasas de interés dictadas por el Banco Central.
A mediano plazo, según algunos analistas, China saldrá bien librada. Las medidas tomadas por el gobierno no son un signo de desesperación: el aterrizaje está todavía bajo control. A diferencia de lo que sucede en Estados Unidos y Europa, el Estado chino tiene mejores condiciones para evitar un colapso financiero como el que sufrieron los países occidentales en 2008. La razón es que China tiene un margen de maniobra mayor por no estar sujeta a los procesos de desregulación y privatización de los países desarrollados.
Para otros analistas, en cambio, los problemas económicos de China (a los que agregan dificultades de orden político y social) ponen en duda el futuro liderazgo del Dragón en la economía mundial. No se cuestiona su enorme influencia, pero se considera que sus dificultades actuales confirmarían que Estados Unidos seguirá siendo la principal potencia económica y continuará dominando al mundo en los próximos años.
La suerte de la economía china, su futuro inmediato y a largo plazo, es sin duda un asunto de gran importancia para todos los países. Hay que recordar que se trata de la segunda economía del planeta y uno de los grandes motores de la economía global que aporta el 15% del PIB mundial. Su desaceleración ya ha causado estragos en otras economías, por ejemplo en Brasil, y sus turbulencias actuales aumentan la incertidumbre en todo el orbe.
Para México, hasta ahora, estas tempestades han causado efectos relativamente menores pues nuestra economía se mueve más bien al ritmo de la norteamericana. Han tenido más impacto la caída de los precios internacionales del petróleo y las decisiones de la Fed (el Sistema de Reserva Federal que actúa como Banco Central en Estados Unidos). Así, por ejemplo, el gobierno y las empresas mexicanas ven en el cuándo y el cómo se tome la decisión de aumentar las tasas de interés en aquella nación, el momento crucial para la definición nuestro destino económico en los próximos años.
Sin embargo, la suerte del Dragón puede ser de mayores consecuencias para nuestro país si su economía tiene un aterrizaje más accidentado, pues sus efectos pueden ser muy severos para la economía mundial. Eso posiblemente no sucederá, según la mayoría de los analistas consultados, pero nadie puede asegurar en cuánto tiempo y a qué ritmo se producirán los ajustes de la economía china, y si el cambio de modelo tendrá éxito.
Las turbulencias chinas son una expresión de la transición que vive el mundo. Pero México no parece preparado para este escenario. Nuestra casa no está en orden y la única alternativa del gobierno y las élites económicas a la vista es la que decidieron hace más de 20 años: la integración a Estados Unidos. Bajo esta dirección, el papel de México en la transición mundial será casi de espectador, sin ninguna influencia, resignándose a cumplir un papel de socio menor de Norteamérica. Sería interesante discutir si puede haber otro escenario, pero ese es otro cuento…

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