Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Eduardo Pérez Haro

Los tiempos difíciles ya están aquí (II)

Para Gloria Haro Ceja.

Primero Grecia (julio-agosto) y luego China (agosto-septiembre) han sido el escenario de dos momentos que han cimbrado las economías financieras de las principales naciones del mundo y por ende de todos los países del planeta literalmente hablando.
Está por demás insistir en que la globalización no sólo hace referencia a la maravillosa interconexión, que en tiempo real, ahora practicamos con el celular o en el encendido de las pantallas de nuestra moderna televisión doméstica, sino a la interrelación económico-financiera y hasta de la misma cultura y la política.
Ello implica que cuando sucede algo en algún punto de la economía global su repercusión llega a todos los rincones del orbe, y no es literatura o fantasía, simplemente así funciona el mundo actual y a sus ventajas y consecuencias habremos de ajustarnos.
La deuda de Grecia y las condiciones de su desahogo no es un asunto que se circunscriba a las dificultades que habrá de afrontar en las próximos años, tal vez décadas, el pueblo helénico, como tampoco los problemas de la economía China quedan en los límites fronterizos de esa, la nación más poblada del planeta, y por ello nuestro especial interés en advertir sobre las características y repercusiones de lo que ahí se viene expresando.
Endeudamiento, desaceleración del crecimiento económico, disminución de las oportunidades de empleo, devaluación de las monedas nacionales y encarecimiento de divisas, inflación o los riesgos del estancamiento con deflación, sentidos y contrasentidos del mainstream monetario-financiero proveniente de la maniobrabilidad de las políticas económicas que se tornan contradictorias frente a la indisposición de los dueños del capital a asumir los cambios estructurales de la economía de la producción y el comercio, y las consecuencias financieras y geoeconómicas que ello representa.
Los países, así como las empresas y las personas, se han endeudado para transitar, salir adelante, por los estrechos pasadizos de la industria manufacturera basada en los combustibles fósiles (hidrocarburos, gas y petróleo fundamentalmente), y el sistema financiero (internacional) se ha sobrepuesto como animador de ese afán terminando como principal beneficiario del compromiso de pago a la vez que socio-dueño de esa industria y los servicios en que se apalanca la deuda.
Esta historia del capitalismo contemporáneo procesada en el curso del siglo pasado arroja un mundo en el que pocos países concentran la riqueza y el poder político-militar al tiempo que las principales fuentes institucionales de financiamiento se erigen en grado de emitir formas valoradas o dinero para auxiliar las actividades productivas o simplemente favorecerse del financiamiento al consumo o los réditos y rezagos en el pago de deuda. Prestar de la nada y ganar sin trabajar, ecuación que los técnicos hacen llamar pomposamente riesgo financiero.
Sin embargo, puedo entender que por crudo que sea, parece ser una verdad conocida y asumida, que los adinerados o simplemente empoderados ganen mucho no es noticia, pero la singularidad del hecho no está en la concentración de la riqueza y el saldo de la desigualdad que ello representa sino que se trata de que el endeudamiento, frente al sistema financiero internacional, no es precisamente de los países y las personas pobres, como uno lo podría suponer, sino de los mismos países desarrollados y de los llamados países en vías de desarrollo y sus respectivas poblaciones, incluidos los mexicanos aunque seamos más un país atrasado que un país en vías de desarrollo.
Mas el hecho de que el problema se haya extendido hasta el territorio y los pueblos de los países con mayores recursos no es motivo de consuelo alguno sino preocupación especial, porque ello ha metido en un letargo a la economía mundial y sobre esa base se fragua un problema de incapacidad de pago que podría derivar en una crisis de dimensiones mayores de la que ninguna nación podría escapar, incluido México.
China devalúa su moneda por su desaceleración en la tasa de crecimiento económico que, como todo mundo ya sabe, en lo que corre del último quinquenio viene de 13 puntos porcentuales a 7, su moneda representa menos mercancías y servicios y por tanto el ajuste es obligado máxime para salir al mundo exterior de los intercambios, y frente a este hecho todo mundo se asusta, y con debida razón, pues los negocios occidentales de producir y vender venían siendo animados por las capacidades provenientes del vertiginoso crecimiento del mundo oriental no sólo chino pero sí fundamentalmente, y cuando este se desinfla pues los demás se asustan, se retraen, se cuidan de alguna manera y compran dólares que se soportan por la capacidad potencial (deuda) de la economía norteamericana.
La economía China no está en crisis aguda, no se colapsa, no está en recesión pero no hace falta para que la economía mundial resienta en escala ampliada los efectos de su desaceleración. China se reordena y más que eso se dirige a un proceso de desarrollo menos dependiente del sector externo por efecto de la atonía de la economía mundial; es decir, busca anclar su crecimiento en su mercado interno como todo mundo, México dice intentarlo también. Se trata de una retracción global y todo fuera como aguantar el remanso que no será cosa de tres días pues usted, amable lector, entenderá que después de “aprender y crecer vendiendo aguacates a Estado Unidos no puede al otro día empezar a vender nopales en el tianguis” y esperar la misma suerte, habrá que reorganizarse y poco a poco, esos son los verdaderos cambios estructurales de los que hablaremos después.
El asunto es que mientras se reordena y se reacomoda todo mundo, ¿qué va a pasar con las deudas y cómo se habrá de girar la infraestructura y la capacidad de producir y vender, si para ello el sistema financiero no le va a prestar, al menos hasta que no le pague primero? ¿Y que hará el sistema financiero si el tiempo de reordenamiento de sus capacidades y despliegues le implica un crecimiento exponencial de la deuda hasta convertirse en impagable, al menos en los plazos y los montos que se coloquen en cuestión durante ese lapso? (Léase Grecia pero en realidad el problema es de Japón, de China, o del propio Estados Unidos para no ir muy lejos). ¿Y qué será de la infraestructura industrial y los negocios comerciales de los que es codueño el propio dueño del sistema financiero?. ¿Y qué será de la industria y los negocios de la mediana y pequeña empresa que orbitan alrededor de los primeros? ¿Y el empleo, qué será del empleo?
La trampa del atraso está dejando de ser un problema de los países subdesarrollados para traspasar al escenario de los países desarrollados. Las élites del mundo se indisponen a funcionar con las reglas del capital que se funda en el trabajo y la reproducción ampliada de los medios de producción en una constante división del trabajo y la consecuente ampliación del mercado bajo el incesante incremento de la productividad. No exenta de contradicciones, esta espiral del desarrollo está llamada a ser regulada en sus tendencias centralizadoras (de la economía y del sistema financiero) so pena de socavar sus propias bases de sustentación y amén de la segregación social que conlleva. Pero es precisamente esta regulación la que no hacen ni se disponen a hacer los dueños del capital en la esfera de sus elites internacionales, creyendo que siempre será otro el que pague las consecuencias.
La crisis de los créditos subprime 2007-2008, le ha significado a Estados Unidos una asistencia financiera o ayuda monetaria mediante la emisión y compra de bonos gubernamentales que le han significado millones de millones de dólares como incentivo para fondear al sistema financiero y desde ahí a la economía sin que a la fecha se obtenga la recuperación y expansión del crecimiento económico otrora conocido en tasas superiores al 5 por ciento. Lo mismo ha sucedido en Europa y Japón, y en China, pero lo que sí ha sucedido es el incremento de la deuda que de ello se deriva amén de estar poniendo en circulación grandes cantidades de dinero sin contraparte equivalente en la circulación de bienes y servicios.
Aquí es cuando los ciclos de reproducción de la economía real (de bienes y servicios) se desfasa de la dinámica de circulación y de crecimiento del dinero y más aún de la deuda (economía ficticia) de manera que se crea una burbuja de dinero (con presiones devaluatorias) y una burbuja de endeudamiento con riesgos de impago que podría implicar un colapso es decir una desvalorización, descapitalización como la que se anuncia cuando los mercados accionarios pierden valor (ver. gr. pérdidas de las bolsas de valores) pero que no se detiene ahí sino que puede llevar a la quiebra de la banca y por ende del sistema financiero en general provocándose una crisis sistémica de las economías a la manera de una recesión general en principio.
¿Qué tan cerca o tan lejos se está de precipitar una condición de esas características y orden de magnitud? Es impreciso porque no sólo se trata de cantidades sino de capacidades determinadas por las relaciones de confianza y la fuerza y estabilidad de las instituciones siempre sujetas al acoplamiento de intereses y voluntades entrecruzadas, ahora incluso por la misma geopolítica de la diversidad de partes integrantes de las élites globales, Estados nacionales, alianzas y bloques multinacionales de distinta localización y tamaño, pero de una cosa debemos estar seguros y es que la circunstancia actual del capitalismo mundial atraviesa por un proceso que lleva estas características y eso no se enfrenta con informes y discursos simples.
Se precisa de pertrechos cuya contenido fundamental ni siquiera radica en municiones convencionales o en grandes reservas de divisas (no hay dinero que alcance a parar una debacle financiera global) sino en las sociedades de base que pueden acompañar tiempos difíciles con trabajo y respaldo político o negarse a hacerlo y, por el contrario, proponer cambios en las líneas de mando y la organización institucional. No es cosa de días, nada sucede de la noche a la mañana pero este asunto lleva configurándose años. (Continuaremos sobre “los estrechos pasadizos de la economía y el cambio institucional”).

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