Federico Vite
Los hombres piden espacio; las mujeres, tiempo
Arthur Miller publicó el cuento The Misfits en la revista Esquire, en 1956. Tres años después, esas 18 páginas tuvieron que convertirse en un guión narrativo de 220, titulado Vidas rebeldes (traducción de Victoria Alonso Blanco. Tusquets, 2015.). Este libro, como bien lo señala Miller a manera de prefacio, es una obra inhabitual: “No es teatro ni un guión técnico de cine. La peculiaridad de este relato difícilmente podría transmitirse por medio de la naturaleza telegráfica y diagramática de un guión, puesto que su sentido depende tanto de los matices de los personajes y del lugar donde se desarrolla la acción como de su trama […]. Había que suscitar por medio de las palabras las emociones, que la película, una vez concluida, debía poseer. Era como si la película ya existiera y el escritor estuviera recreado todos sus efectos a través del lenguaje”.
Vidas rebeldes es una historia concebida para el séptimo arte (la película se estrenó en 1960, dirigida por John Huston, y tuvo una segunda tanda de proyecciones en febrero de 1961, después de la muerte de Clark Gable), pero tiene todo el rostro de una novela.
The Misfits posee gran intensidad emotiva, como es debido en las narraciones en corto; es una reflexión conmovedora sobre la masculinidad. Al final del texto base, que cambia mucho en Vidas rebeldes, Miller sondea la desesperación de un vaquero que se sabe atrapado por la vejez y por una mujer. En la versión larga se distiende la trama para que Marilyn Monroe, quien personifica a Roslyn, tuviera una participación mucho más extensa que en el texto breve, donde sólo se evoca a esa mujer y se dibuja en soledad la influencia que ella ejerce sobre el protagonista de la historia, Gay Langland, un vaquero que se gana la vida atrapando y vendiendo caballos salvajes, visita los rodeos, se embriaga, practica el ocio, la contemplación esencial, mal llamada güeva por muchos. Gay, en compañía de sus socios, Perce y Guido, se adentra en parajes desérticos y en las montañas para cubrir su cuota de hombría confrontándose con los habitantes de esas regiones. Miller poetiza sobre las pulsiones salvajes de personas que no se interesan por tener un empleo fijo, un salario estable. No quieren ser jornaleros. A ellos les anima la cercanía con las bestias.
Pero, el pero del poder cinematográfico en este caso, el cuento exigía una transformación para que el filme durara más o menos 124 minutos. De narrar una cacería de caballos salvajes, Arthur pasó a relatarnos con gran técnica la vida de Roslyn (Marilyn Monroe), una mujer que se acaba de divorciar. Conoce a dos amigos, Guido (Eli Wallach) y Gay (Clark Gable), con quienes pasa unos días en la casa de Guido, en el campo. Los dos hombres se enamoran de ella y, compitiendo por la bella, muestran los rasgos negativos de sus personalidades. Después de un tiempo aparece otro vaquero, Perce (Montgomery Clift); Roslyn se interesa por él. La historia se dirime cuando los cuatro personajes van a cazar caballos salvajes.
Como vemos, se trata de una empresa exhaustiva en la que el escritor desarrolló subtramas, mostró con ahínco e incluso obsesión el paisaje y especialmente perfiló los motivos de cada uno de los personajes principales, así como la entrada y salida, en el enramaje del relato, de personajes secundarios. Tomó como base las 18 páginas para decantar una historia de amor que se ve amenazada por dos aspectos esenciales: la inestabilidad emocional de Roslyn y el egoísmo de Gay. Sobre esos dos ejes, que se sugieren elegantemente en el cuento, Miller pone en marcha su gran oficio para decantar escenas memorables, lograr descripciones poéticas sobre el desierto y construir diálogos que contagian el dolor de algunos personajes; le saca jugo a todos y cada uno de los recursos que tiene el escritor para consumar su único objetivo: conmovernos.
Lejos de abuchear a Miller por venderse a Hollywood, sobre todo comparando la grandeza de ese cuento con la versión larga de la historia, noto la fortaleza de una indagación estética que se revela como perogrullo: los hombres piden espacio y las mujeres tiempo.
No son grandiosos el ritual del cortejo ni la consumación amorosa en Vidas rebeldes, pero la forma de mostrar las heridas del alma, de cada uno de los personajes, es plausible.
Miller logra unir dos voluntades (Roslyn y Gay) que luchan por engrandecer sus fracasos sentimentales mediante escenas dotadas de gran intimidad, páginas en las cuales uno se involucra totalmente; por ejemplo, Roslyn confiesa que en un tiempo trabajó como bailarina exótica y agradece que Gay la haya aceptado con esa mancha en su pasado; cuando Gay intenta cazar a un potro, él dice: “Esto que hago puede ser inhumano, atrapar caballos pequeños para venderlos como alimento, pero esta es mi forma de bailar y desnudarme ante los otros. ¿Puedes aceptarme?”
Vidas rebeldes culmina con una revelación mayor para Gay: él quiere ser domado como esos equinos que persigue. Roslyn anhela ser amada, casi de la misma manera en la que un padre quiere a una hija.
Si la literatura consiste en dar cuenta de la transformación de un personaje que acaba de padecer un evento trágico, Miller encaminó muy bien el replanteamiento The Misfits, modificó la perspectiva de su cuento y creó, aunque con algo de paja, una perspectiva optimista del mundo: la soledad puede ser domada por un vaquero. Que tengan buen martes.




