Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Margarito Ledesma y el buen humor

Y ni modo, llegó la hora de platicar sobre don Margarito Ledesma, el poeta de Chamacuero de Comonfort, el humorista involuntario, autor de divertidas poesías. La poesía es la revelación, el género literario, y el poema su realización, pero qué le vamos a hacer con don Margarito, que, al modo decimónico, no se anduvo con vueltas y decidió ponerle a su libro el título de Poesías.
En la edición de 1976, que es la tengo enfrente, se repite la “Explicación” que el Lic. Leobino Zavala escribió en 1920 para la primera edición. En ella dice que en 1911 recibió un borrador de los versos y una carta de un tal Margarito Ledesma. En la carta –cuenta– don Margarito “me suplicaba encarecidamente que procediera a corregirlos y publicarlos por mi exclusiva cuenta, pues él carecía de recursos para hacerlo, y sus compadres y amigos, que tan espontáneamente se ofrecieron a ayudarle”, le habían quedado mal.  Lo único que pedía don Margarito era “que, al publicarlo, lo protegiera con algunos ejemplares, para tener el gusto de refregárselos en la cara a los envidiosos de su pueblo”.
Tras calificarse de “incurable admirador de los sentimentales, de los soñadores, de aquellos que, en aras de un ideal que ellos estiman meritorio y noble, sacrifican sus energías, sus bienes y, en ocasiones, hasta la vida misma”, el Lic. Leobino Zavala dice que Margarito Ledesma, a su modo, “con su escasísima cultura y llegando a veces hasta los lindes de lo grotesco y lo ridículo, es un sentimental, un soñador y, en consecuencia, es digno para mí de admiración y de respeto”.
Agrega que “aunque de talento natural, tiene muy poca instrucción, y el confinamiento en su tierra natal a que, voluntariamente y por exceso de cariño hacia ella, se ha condenado durante toda su existencia, le ha hecho formarse un concepto tan raro y especial de la vida y una idea tan extraña de las cosas, que la lectura de sus versos llega a causar un indefinible sentimiento de asombro e incredulidad…”
El caso es que, con el tiempo, se supo que el legendario Margarito Ledesma, el poeta de Chamacuero (“antiguo nombre de un municipio guanajuatense de Comonfort”) no era otro que el mismo Lic. Leobino Zavala, nacido en Uriangato, Guanajuato, el 28 de junio de 1887 y fallecido en San Miguel Allende en 1974. Fue notario público en San Miguel Allende y diputado. También escribió Tradiciones y leyendas sanmiguelenses.  El chiste es que, si con la escritura de sus Poesías el licenciado se divirtió de lo lindo, con la invención de un pseudónimo nos hizo doblemente patos. “Al final de cuentas –dice José de la Colina–, además de satisfacer su demonio o su ángel lírico-humorístico, había creado un personaje con un propio modo de ser, de ver el mundo y de ejercer, mediante la métrica y la rima, una inocencia que, involutariamente por su parte, pero voluntariamente desde su creador, es decir el licenciado Zavala, se caricaturizaba en un modo de ver el mundo concentrado en la (digamos) maqueta de Chamacuero, un pequeño lugar en la vasta geografía mexicana… Pero ¿pequeño, dije? No. Cuídense de lo que Jules Renard decía en su Journal: “Mi pueblito es el centro del mundo, porque el centro del mundo está en cualquier lugar”.
Pero ya es tiempo de leer una “poesía” de don Margarito. Aquí una de las más conocidas: “Como Julieta y Romero”:
El corazón humano
de la gente
es cual una vejiga
que se llena.
Echándole más aire
que el prudente,
se va infle y infle y
infle hasta que truena.

Y como el mío también
es de cristiano,
se ve muy atraído y
sumergido,
pues si siguen cargándole
la mano,
el día menos pensado
da el tronido.

Ya lo ves, tus papás
no se convencen
y no me dejan platicar
contigo.
Está muy bien, yo no
los contradigo;
pero siempre está bueno
que se piensen.

Pues no pueden
hallarse muchas veces
personas como yo,
que sean honradas,
que sepan aguantar
sus pesadeces
y que no anden con chismes
ni asonadas.

Yo procuro granjiarlos
cuanto puedo
y les doy la banqueta y
los saludo;
pero nomás se quedan
como un mudo
y me echan unos ojos
que da miedo.

Y aunque vean que uno
sufre y que se afana,
parece que les tiene sin
cuidado.
Ya ves, ya remacharon
la ventana
y al zaguán le metieron
un candado.

Y de arrimarme a tu balcón
no hay modos,
ni pisando quedito y
sin botines,
pues sale tu mamá y
avienta orines
y grita cosas para que
oigan todos.

La verdad que ya yo me
desespero,
y si siguen así estos asuntos,
no hay más remedio
que enyerbarnos juntos,
como lo hizo Julieta
con Romero.

Este poema, como muchos otros, trae una nota aclaratoria, pero… muy larga. Cuenta Alonso Núñez en internet que empezó a hojear el libro “y noté que estaba lleno, qué digo lleno, plagado de notas al pie de página, impresas en letra pulguita”, lo que hizo a su padre advertirle: “lo mejor del libro son las notas”.
“No necesité más explicaciones –sigue– para empezar a devorar esas poesías, así ‘descubrí’ uno de los libros más felices, coloridos y desparpajados que he leído. Un libro de cantos rurales que nada tienen de bucólicos. Un libro de entonación pueblerina pero trama universal: en él abundan los desengaños, las envidias, los pleitos, las miradas atravesadas, los chismes, las parrandas a balazos, los compadrazgos alegres, las reconciliaciones a medias”…  En las Poesías de don Margarito también encontramos un encendido ánimo cívico. Un ejemplo es “Mejoras materiales”:

Si las hormigas chancharras
perjudican el jardín,
que les pongan unos tubos
soldados con pergamín;
y en caso que no escarmienten
y sigan perjudicando,
entonces que las revienten
y ya no anden molestando.

Si de noche los coyotes
quieren meterse a las huertas,
hay que cerrar bien las puertas
o tener buenos garrotes;
y si el remedio no basta
y quieren cenar gallinas,
que les pongan una pasta
compuesta con estrictinas.

Si en la calle los borrachos
siguen con sus orinadas,
que paguen unos muchachos
que les avienten pedradas;
y si ni así se moderan
y obligarlos es preciso,
entonces, ¿para qué
hay cárcel?
Yo creo que para algo se hizo.

Y si los presos se saltan
por las bardas del corral,
llevándose el nixtamal
y muchas cosas que faltan;
que al meterlos al encierro,
en vez de darles petates,
los amarren con mecates
y les pongan allí un perro.

Si los gendarmes se
embriagan
con mezcales y aguardientes
y los faroles se apagan
y se testerean las gentes;
un remedio convendría
que da muy buen resultado:
¡que presen la policía
y quiten el alumbrado!
Si del kiosco de la plaza
se cain los músicos luego,
mejor que les prendan fuego
y se vayan a su casa;
pero si en los festivales
quieren música de aliento,
pues póngale unos puntales
cuatrapiados con cemento.

Hay otra muchas mejoras
que pide la población
y que, por poca atención,
hasta hoy sólo han sido
pioras,
y que, según he sabido,
aunque alguien haga
espamentos,
sólo por puro descuido
no hacen los Ayuntamientos.

¿Otro ejemplo? Pos aquí
van “Las elecciones”:

Yo no había visto elecciones
como las nuevas de ayer:
Gritos, palos, mojicones
y piedrazos a más ver.

Las urnas de votaciones
no eran urnas ni eran nada,
pues eran unos cajones
con la tapa desclavada.

Y los que estaban sentados
en la mesa, de respeto,
puros descuacharrangados,
casi sin ningún objeto.

A todos los que votaban
en contra del candidato
mucho que los carniciaban,
pasando así muy mal rato.

Y todo fue para nada
porque, echando maldiciones,
llegó al fin una parvada
y se robó los cajones.

Pues llegaron los malditos
nomás de golpe y porrazo,
echando pedradas, gritos
y hasta uno que otro balazo.

Y de esos modos tan tristes
se acabaló la función.
La verdad, para esos chistes,
mejor que no haya elección.

La verdad es que dediqué este Pozole Verde a don Margarito por dos cosas. La primera, para recordarle al arquitecto y amigo Antonio Ayala que aún tengo su libro, las Poesías de don Margarito, que en cierta desvelada ocasión me ofreció “mientras” encontraba el ejemplar que, según dijo, me iba a obsequiar. Se me hace que el arquitecto no encontró “mi” libro, quizá en otra desvelada ocasión se lo obsequió a otra persona, pero estoy seguro de que todavía se acuerda de su libro y de que el que lo debe tener es él, ya que este ejemplar fue hojeado y leído por un grupo de sus amigos la tarde del 13 de junio de 1978, en un lugar de Chilpancingo. En la primera página del libro viene escrita una leyenda que más o menos dice: “Que Margarito y nosotros seamos capaces de transmitir lo hermoso que es estar vivo y no ser un vegetal”. Y siguen unas firmas. Le hablo por teléfono a José Antonio y me explica que el dichoso libro se lo regalaron el día de su santo y que las firmas corresponden al ingeniero Francisco Valdez Medrano, a Manuel Flores y Cuitzemain Corona –arquitectos-; a Nabor Ojeda Aguayo (padre del Nabor Ojeda que dirige Capach) y al compositor chilapeño Pancho Padilla. Enseguida de su firma, éste escribe: “Felicidades”. Le repetimos las felicitaciones a José Antonio, aunque no sea su santo.
La segunda razón que tuve para este Pozole Verde tiene que ver con una plática pozolera. Alguien se acordó de unos versos groserillos, dijo una parte, la final, y se los atribuyó “al poeta de Chamacuero”. Su servilleta dijo no, esos versos son de un tal Pichorra, que no se parece a don Margarito porque, para empezar, no es un poeta inocente, sino, al contrario, se trata de un versificador totalmente malicioso, alburero y peladillo. Tanto, que de él hablaremos después.
El lector interesado podrá encontrar los versos de don Margarito en internet. No está en antologías de poesía mexicana convencionales, pero Gabriel Zaíd compendió dos de sus creaciones en Ómnibus de la poesía mexicana (1971), en el apartado de Poesía burlesca, junto a las calaveras editadas por Antonio Vanegas Arroyo, José Juan Tablada (Como homeópata, al triunfar –le dice a Madero–,/ tampoco tu ciencia pudo,/ pues hay pruebas que ni a un crudo / lograste nunca curar”), Renato Leduc (Falleció el funcionario de un maligno tumor, / de un tumor canceroso en su ancho nalgatorio / contraído en diez lustros de trabajo creador / culi-atornillado detrás de su escritorio) y Salvador Novo.
Está al principio de sus Poesías y por eso se titula “Portada”, aunque al final parezca leyenda de epitafio. Sólo un fragmento:

…Y aunque vea que
el destino traicionero
trata de agarrarme
en una emboscada,
yo seguiré sin
importarme nada
y llevando a media cabeza
mi sombrero.

Pues sólo ambiciono
el galardón bendito
de que al cair hasta adentro
de la nada,
pueda decir toda la gente
honrada:
“Aquí yace
El poeta Margarito”.

468 ad