ESTRICTAMENTE PERSONAL
Detrás del complot
Raymundo Riva Palacio
Desde que comenzaron los videoescándalos, el jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, ha mantenido que es víctima de un complot para descarrillar y aniquilar su proyecto político para el 2006. Aunque ha metido en esta embestida en su contra a varias instituciones federales –incluido a Los Pinos, pero sobretodo a la PGR– y a algunas estadunidenses, centra el diseño de la conspiración, sin embargo, en el ex presidente Carlos Salinas, utilizando para ello el testimonio de un ex escolta del empresario Carlos Ahumada, quien realizó los videos, que afirmó haber llevado varias veces al constructor a casas y oficinas de Salinas.
El sustento del dicho de López Obrador parece endeble, y aún si fuera totalmente cierto, no prueba nada ilegal. Si hubo la mancuerna Ahumada-Salinas para actuar en su contra, no hay delito, pues no atentaron, en todo caso, contra la seguridad del Estado. Sin embargo, entendiendo que la retórica de López Obrador como arma política, el jefe de gobierno tampoco se está tirando al vacío. Su insistencia en acusarlo del complot es que dispone de información mucho más detallada que le permite elaborar ese escenario. En su entorno cuentan con información altamente explosiva, no sólo porque aportaría evidencia concreta de la participación de Salinas, sino porque también salpicaría, por completo, al PRD. Parte de esa información se refiere a un viaje a Londres el año pasado de Ahumada y la ex líder del PRD, Rosario Robles, para entrevistarse con Salinas. Dicen que la entrevista tuvo como principal propósito pedirle ayuda para pagar una vieja deuda de spots publicitarios del PRD de varias campañas electorales en medios de comunicación. Afirman que Salinas los apoyó con recomendaciones a políticos en México que pudieran prestarles los fondos necesarios para pagar esa deuda que, hasta donde se sabe, efectivamente fue liquidada.
La pregunta es si, aún totalmente comprobada esa información, tampoco prueba delito alguno del ex presidente. En todo caso, habría ayudado indirectamente hasta a López Obrador a solucionar un problema de pago del partido y mantener sus líneas de crédito abiertas con medios de comunicación. La segunda pregunta es porqué ayudar a Robles, vía Ahumada, para saldar las deudas perredistas. Aquí empiezan los deslindes políticos. Ahumada, como lo declaró el año pasado a la revista Poder de Miami, era un abierto enemigo de López Obrador. Robles, asimismo, estaba siendo sistemáticamente atacada por los colaboradores de López Obrador, al grado en que dentro de la familia Cárdenas, que tenían dentro de su bando a la ex dirigente, sentían que los ataques en contra de ella tenían como destinatario real a Cuauhtémoc Cárdenas, acusando incluso de “traidor” a López Obrador. La ecuación parece simple: ayudando a Robles, golpeaba a López Obrador. Sin embargo, una duda salta. Durante el gobierno de Salinas, Cárdenas se convirtió en su obsesión, lanzando campañas de desprestigio en su contra y buscando eliminarlo por completo del escenario político, terminando de ignorar por completo al PRD durante su sexenio y cogobernando con el PAN. ¿Por qué, entonces, saltar al lado de Cárdenas? La hipótesis tiene una premisa: mayor obsesión que Cárdenas es la que tiene, adocenada con rencor, en contra del ex presidente Ernesto Zedillo.
En efecto, la única lógica política que permite incorporar a Salinas en una conspiración política contra López Obrador es que el destinatario final de su estrategia no sea el jefe de Gobierno sino su sucesor. Esta hipótesis no excluye la probabilidad de que otros actores señalados por el gobernante capitalino puedan estar conspirando en su contra por diferentes razones a las de Salinas, pero sí permitiría explicar algunas de sus acciones. Zedillo no es un actor que haya salido en todo este episodio de los videoescándalos, salvo por razones circunstanciales.
La más importante es que gracias a él López Obrador pudo competir por la gubernatura del Distrito Federal. Cuando lo nominó el PRD como su candidato, el PRI elaboró un grueso alegato jurídico donde probaba la inconstitucionalidad de su candidatura, comenzando porque carecía del tiempo de residencia necesario para serlo. El expediente fue entregado en la secretaría particular de Zedillo pero lo congelaron en Los Pinos. Nunca entendieron en el PRI las razones de Zedillo. La segunda más importante es Gustavo Ponce, quien era el secretario de Finanzas del gobierno de López Obrador. Es probable que a Ponce, quien tenía un viejo gusto por el juego de apuestas, le hayan tendido una trampa que terminó con su videograbación en un casino de Las Vegas, y cuya difusión comenzó la última fase de lo que el jefe de Gobierno llama “el complot”. Ponce no sólo era el operador financiero de López Obrador, sino tenía una deuda pendiente con Salinas.
Ponce fue protegido de Norma Samaniego, quien trabajó en su sexenio en la Comisión de Salarios Mínimos cuando Arsenio Farell, muy cercano al ex presidente, era el secretario del Trabajo. Cuando en el gobierno de Zedillo la señora Samaniego pasa a ser secretaria de la Contraloría, llevó a su leal subalterno Gustavo Ponce como subsecretario. Ponce fue el responsable de integrar una investigación por enriquecimiento inexplicable en contra del hermano del ex presidente, Raúl Salinas, que aunque al final fue desechada por carecer de pruebas, sirvió para crear un clima de linchamiento en contra de esa familia. Poco después de salir de la Contraloría, al irse su protectora y sentirse acosado por Farell, Ponce sugeriría, en su recorrido en busca de empleo con priístas, que había sido obligado a inventar la investigación.
La persecución de Zedillo contra los Salinas es algo irritante en la piel, comprobada por cualquiera que hable con sus cercanos, y que no perdonarán. Se quejan de que buena parte de que Raúl Salinas no ha podido salir de la cárcel, y probablemente no pueda hacerlo, es por la influencia de los ministros de la Suprema Corte que entraron cuando Zedillo la renovó casi por completo. Salinas no ha podido limpiar completamente su imagen en términos de opinión pública y echan a Zedillo la responsabilidad de haberle impedido convertirse, como lo dijo una vez en privado, en “el mejor presidente en la historia de México”, y de un acoso constante a través de sus cercanos. Salinas debe tener claro quién es su verdadero enemigo, que su ostracismo tendría una prolongación con López Obrador como presidente y que sus posibilidades de venganza política contra Zedillo se alejarían casi por completo.




