ESTRICTAMENTE PERSONAL
Tango caribeño
Raymundo Riva Palacio
Estruendoso. Esta es la palabra con la que se podría caracterizar el modo en que los medios de comunicación abordaron la ruptura del diálogo político entre México y Cuba decretada por el gobierno de Vicente Fox mediante el retiro de su embajadora en La Habana, y la petición de salida de su homólogo en la ciudad de México. Desde el domingo, varios importantes comunicadores manejaron el incidente como un rompimiento de las relaciones diplomáticas, lo cual era, por supuesto, engañoso y mentiroso. Tampoco significa que sea un asunto menor. Es el momento más álgido en las relaciones bilaterales desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y, bajo otras condiciones, entre otros países, podría ser la antesala de una ruptura definitiva. Este no es, toda la lógica política lo indica, el caso.
Las relaciones bilaterales no se encuentran, hablando en términos del fondo, en un momento por el cual no hayan atravesado en años anteriores. De hecho, la relación de México con Cuba comenzó a cambiar desde el gobierno de Miguel de la Madrid, cuando se empezó a cobrar la factura petrolera del Pacto de San José –diseñado en la administración de José López Portillo. En el gobierno de Carlos Salinas se mantuvo la política de cobro, a lo que se añadió un esquema para recuperar préstamos que México había dado a Cuba y fue, por primera vez, cuando funcionarios mexicanos comenzaron a dialogar con figuras de la oposición. En el de Ernesto Zedillo se profundizó ese tipo de enfoque, y en una visita presidencial a La Habana, la entonces secretaria de Relaciones Exteriores, Rosario Green, tuvo un encuentro en la embajada mexicana con la disidencia cubana. Zedillo fue más allá, y votó contra Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra.
Fox, menos ideológico que Zedillo y De la Madrid, más entusiasta que Salinas, fue a Cuba como gobernador de Guanajuato, donde aplaudió a Fidel Castro, y expresó su deseo de importar algunos de sus programas sociales. En la Presidencia, Fox se comportó diferente. El expulsado embajador cubano, Jorge Bolaños, acusó al ex canciller Jorge Castañeda de haber envenenado la relación con Cuba. Castañeda, en términos formales, no fue un canciller diferente a sus antecesores y mantuvo la misma política hacia Cuba: no condonar deudas y criticar violaciones a los derechos humanos. Igual que en el zedillismo, hubo contactos con la disidencia y votos contra Cuba. Visto lo anterior, ¿cómo explicar el pozo en el cual se encuentran las relaciones bilaterales?
Cuba aceptó los cambios en la política mexicana hacia el régimen de Castro porque todavía, como desde los albores de la Revolución, México fue su puerta hacia occidente y un canal diplomático extraoficial con Estados Unidos. Más allá de la política, al derrumbe de la Unión Soviética, México se convirtió en un país clave para su economía. La utilidad estratégica de México para Cuba no podía cuantificarse salvo en la medida que cubanos y estadunidenses fueran allanando los caminos de su comunicación, como en la última década. A México le interesaba mantener una estrecha cercanía con Cuba, pues por encima de las diferencias ideológicas con el régimen de Castro, al ser uno de los países más influyentes en la isla podría acompañar y, posiblemente influir, en la sucesión del comandante y los primeros pasos de Cuba hacia la transición democrática.
¿Qué sucedió? El colapso de las relaciones políticas debe ser visto desde la óptica de las relaciones personales. Bolaños tiene razón. El responsable de esto no es Fox, sino Castañeda, un intelectual ideológicamente oportunista que fue coqueteando y traicionando a sus amigos y a Cuba. Utilizó al Premio Nobel Gabriel García Márquez para que Castro autorizara la apertura de sus archivos para que escribiera su libro sobre la izquierda latinoamericana, cuyo tono y manejo de la información fue tomado por García Márquez como un abuso, y por cubanos como una traición. Luego negoció con el entonces canciller José Ángel Gurría que dejaba de criticar la política exterior mexicana a cambio de que le ayudara a que Cuba le abriera sus archivos para su biografía sobre Ernesto Che Guevara. La forma como trató a Castro en el libro, fue tomado por los cubanos como una nueva traición.
A Castañeda le tenían aprecio heredado por el respeto a su padre, don Jorge Castañeda, canciller de López Portillo y un hombre consecuente. El joven Castañeda, inclusive, prestó sus servicios al gobierno cubano cuando, según los propios cubanos, les aportaba información en la época en que fue becario en Washington en los 80. También ha sido señalado como una persona que buscó fondos para la campaña presidencial de 2000 en la comunidad cubana en Miami, y que hizo viable la candidatura foxista en Washington a través de compromisos sobre la política exterior, que tuvo su mejor expresión en la confrontación pública con La Habana. Su proclividad hacia Estados Unidos pasó sobre los huesos de Cuba. Los provocó desde Miami, los hostigó retóricamente en foros internacionales, y arrinconó a Fox, ingenuo en la materia, para acorralar a Castro en la Cumbre de Monterrey y satisfacer los deseos del presidente George Bush, que no quería toparse con él y condicionó su presencia a la ausencia del cubano.
La reacción de Castro fue brutal. Al no lograr que Fox removiera a Castañeda, divulgó una conversación telefónica entre los dos donde lo deja en ridículo. El discurso cubano fue subiendo de tono en la crítica hacia el gobierno foxista, y cuando se relevó al canciller, parecía que habría un reencuentro. Pero la postura mexicana no cambió, y lo atribuían a la influencia de Castañeda sobre Fox. La crítica a la violación de derechos humanos en Cuba se mantuvo, al igual que el voto contra el régimen de Castro. No hubo cambios de fondo, pero la piel estaba totalmente irritada. Ninguno de los dos gobiernos lo entendió y continuó frotándose alcohol. Castro estiró demasiado la liga ante un Fox todavía lastimado por haber sido su bufón, y finalmente reaccionó ante los propios agravios. No hay mucha razón en este episodio, sino mucha pasión. Las cosas del estómago, ciertamente, son las más difíciles de resolver. Pero no se trata de hermanos o amigos, sino de gobiernos y políticos. A los dos les conviene reconstruir el diálogo político y regresar las relaciones cuando menos al punto donde se encontraban. Castro no es el único que pierde; también Fox. Pero sobretodo los pueblos, con relaciones imbricadas por más de 100 años y muchos intereses y preocupaciones comunes. Finalmente los políticos son los que se van y los pueblos los que perduran.




