Tomás Tenorio Galindo
OTRO PAÍS
* Las dos izquierdas en torno a López Obrador
El veneno de la división que viene de fuera es hoy la mayor debilidad de la izquierda, y puede destruir al PRD. La actitud asumida por Miguel Angel Mancera es el más claro ejemplo de esa nueva moda que hace estragos en el campo perredista. “Yo no puedo comprometer lo que es la actuación institucional… Mi actuación como jefe de Gobierno debe estar siempre en apego a lo que marca la ley”, dijo el jueves pasado Mancera. Con esa posición, el próximo titular del gobierno de la ciudad de México dejó establecida su distancia de Andrés Manuel López Obrador y dio la espalda al movimiento emprendido por el candidato presidencial de la izquierda en busca de la invalidación de la elección presidencial y ahora también en busca de la designación de un presidente interino.
Pero que se sepa, nadie le había pedido a Mancera hacer a un lado la ley para respaldar al candidato presidencial de la misma coalición que lo postuló en el Distrito Federal. Más aún, es infundada la creencia de que apoyar a López Obrador o compartir la demanda de investigar y castigar la compra de votos practicada por el PRI en la elección presidencial implica apartarse de la legalidad. Ese falso supuesto ha sido difundido ampliamente por el PRI y sus medios afines para satanizar una vez más a López Obrador y sus “delirios mesiánicos”. Lo notable del caso es que esa estrategia ha sido adoptada también por algunos candidatos ganadores del PRD y de la coalición Movimiento Progresista. Graco Ramírez en Morelos y Mancera en la ciudad de México cayeron dócil y complacientemente en ese garlito y contribuyen a carcomer desde adentro la impugnación interpuesta por López Obrador ante el Trife por la compra de votos realizada en la campaña del priísta Enrique Peña Nieto. Aquí, el próximo alcalde de Acapulco, Luis Walton Aburto, resulta una excepción a esa tendencia, pero como siempre, el gobernador Ángel Aguirre dio una muestra de cuáles son en verdad sus lealtades al revelar y defender la conversación telefónica que sostuvo con Peña Nieto, lo que en los hechos significa que le otorgó su reconocimiento.
Políticos como Mancera, Graco Ramírez o Aguirre Rivero intentan disfrazar su pusilanimidad y su servilismo hacia Peña Nieto con la coartada de la “institucionalidad”. Pusilanimidad porque indudablemente temen alguna clase de represalia de Peña Nieto una vez en el poder y no quieren correr ningún riesgo. Y servilismo, porque es evidente que han hecho pública esa postura con el objetivo de hacérselo notar al candidato del PRI y generar de esa forma una especie de factura a cobrar. O peor, quizás su comportamiento se deriva de un acuerdo con el candidato priista. El caso de Aguirre Rivero refleja con nitidez esos extremos, pues aunque es del dominio público su vieja amistad con Peña Nieto desde que éste era gobernador del estado de México, y se sabía que durante las campañas operó bajo la mesa para apoyarlo a través de políticos como el priista-perredista-priista Jorge Salgado Parra, le resultaba imperioso difundir que había dialogado con Peña Nieto, pues para el candidato presidencial del PRI la utilidad de la llamada telefónica radicaba justamente en su difusión. De ahí que el gobernador la sacara a la luz pública y enfrentara con una sonrisa las críticas del lopezobradorismo estatal, pero no del PRD, partido al cual le parece conveniente la cercanía de Aguirre Rivero con Peña Nieto.
El hecho de que estas manifestaciones de sumisión al PRI se realicen mientras la coalición Movimiento Progresista se esmera por documentar y probar sus acusaciones de gasto excesivo y compra masiva de votos para Peña Nieto, no deslegitima pero vulnera la inconformidad de la izquierda y lleva implícito el abandono de su candidato presidencial, en torno del cual debieran estar sumados al menos aquellos que en estas elecciones deben mucho de su triunfo a la popularidad de López Obrador. Ese pequeño contingente no sólo lava la estrategia del PRI y las operaciones encubiertas e ilegales que condujeron al triunfo de Peña Nieto, sino que golpea a los partidos que los hicieron ganar y al futuro de la izquierda al dar por buena la falacia de que el país requiere una “izquierda moderna”, como se afanan en decretar los intelectuales del poder. Es decir, una izquierda desnatada, sumisa, despojada del carburante del cambio y del espíritu de combatividad.
Como lo hace Marcelo Ebrard, Mancera también se ha dejado arrullar por los cantos de los poderes que medran con el statu quo y consienten a los políticos que garantizan su bienestar. Se vislumbra en el próximo jefe del gobierno de la ciudad de México la arrogancia de creer que nada le debe a la izquierda, como sucede también en Guerrero con Aguirre Rivero, síntoma que suelen compartir los candidatos externos a los que ha recurrido el PRD. La oferta tácita detrás de la pasividad que exhiben Ebrard y Mancera es que disponen del perfil requerido para la contienda presidencial del 2018, suprimiendo en la práctica cualquier alineamiento ideológico con la izquierda: exactamente la actitud que desarrolló Peña Nieto ante los padrinazgos que lo encumbraron. Por eso les causa repulsión acompañar a López Obrador y se justifican con su “apego a la ley”, como si el tabasqueño los llamara a cometer actos delictuosos. El efecto de todo lo anterior es que traspuesto el trago amargo de la resolución del Trife sobre la elección presidencial, se definirán en la izquierda dos campos: los que defenderán el modelo de una “izquierda moderna”, y los que reconocerán en López Obrador al líder que mejor representa los grandes objetivos de la izquierda del país en el combate a la pobreza y la desigualdad social.




