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Eduardo Pérez Haro

Economía y democracia (II)

 

 Para Fernando Pérez Aguilar

 

Del cambio en la correlación de las fuerzas decisorias surgirán nuevos acuerdos, nuevas reglas, nuevas instituciones, que den cabida a esquemas –por su propio origen– incluyentes, con empleo como principal vehículo en la distribución de la riqueza y con libertades y derechos en esquemas de gestión democrática que superen las deficiencias y limitaciones del voto aislado y efímero, por la vía de la participación organizada de la ciudadanía en los espacios horizontales y verticales de la vida educativa, productiva y territorial de convivencia.

La paradoja de la economía es que invirtiendo lo que decía John Maynard Keynes, en el corto plazo todos estaremos muertos. Será en el mediano plazo. Y será la sociedad de base, los colectivos y movimientos sociales, los que en su dinámica y expansión frenen la esquizofrenia excluyente y falsamente eficiente y modernizadora de las burocracias –privadas y públicas– en turno, los que pauten forma y contenido de nuevos esquemas de pensamiento y de desarrollo. Serán el sustrato y el fiscalizador. Los técnicos y científicos, así como los directivos y gerentes, jugarán su papel técnico y profesional de una sociedad informada y formada, politizada y actuante dentro de un Estado fuerte y no sólo representativo sino fuertemente mediado por la participación social, cuya estabilidad estará dada por los resultados en economías crecientes y en continua expansión, a las que tocará enfrentar nuevas contradicciones.

La ONU, el FMI, el BM, el BCE, la OTAN, propias de la institucionalidad occidental derivada de la posguerra y la primera fase de la globalización serán reemplazadas y las leyes y normas de los países serán reemplazadas, al igual que sucederá con su versión en el Medio Oriente y Asía. Los picos de la alta concentración de la riqueza y la pobreza extrema serán regulados no por la lógica de la competencia libre, sino por la primacía del desarrollo incluyente y sostenible; la propaganda será sustituida por la promoción de calidades y precios; el fetichismo del valor intrínseco de la mercancía será relevado por el valor real de intercambio frente a la oferta y demanda recuperados en la sustanciación del precio. El progreso se medirá con el PIB per cápita real de los diferentes segmentos de las sociedades nacionales y mundial no como indicador virtual tal como ahora se usa y de manera concomitante con los indicadores de calidad de vida otorgados por la alimentación, educación, la salud, la vivienda, el transporte y la cultura. La sociedad privilegiará la compensación y solidaridad como estímulos e impulso del desarrollo en lugar de la marginación y la exclusión.

Cuánto tiempo y cómo daremos organicidad a esta sociedad alterna de la cual ya están los ejemplos en curso desde Nueva Zelanda hasta Sudáfrica, desde Rusia hasta Brasil, desde Suecia hasta Turquía, desde China a Suiza, ninguno configura un paradigma acabado pero sin duda apuntan esquemas que se diferencian de las potencias desarrolladas hoy por hoy en serias dificultades con impactos negativos a nivel mundial y atrapadas en esquemas de solución que no dan señales de solución –sin que por ello descalifique a sus sociedades y por ende a los países mismos en el debate teórico y práctico sobre las vías de la reconstitución, el desarrollo y el reordenamiento mundial.

El tiempo no es el de la linealidad por etapas. Los países que le han dado o le están dando la vuelta al atraso no han transitado ni se han visto obligados a ser primero como Estados Unidos para después ser mejores. No, de ninguna manera, han sido procesos que han llevado tiempo y esfuerzos extraordinarios, pero también han sido de grandes saltos cualitativos y cuantitativos, con nuevos esquemas de políticas y sin pasar por un alineamiento ortodoxo a los organismos multilaterales de occidente; tampoco son mágicos ni producto de un milagro. Lo han hecho y lo vienen haciendo apoyados en grandes cambios aparejados a las nuevas tecnologías, a la instalación de infraestructuras de la producción y el comercio, a la preparación de la fuerza de trabajo, apoyados en el desarrollo científico y nuevos patrones de organicidad social y de la producción, con estrategias de apalancamiento financiero y con base en los mercados internos y el comercio exterior, pero insisto sin la doctrina neoliberal que ha solapado la concentración y centralización oligopólica de las finanzas y las economías, de los medios de comunicación e incluso de la política.

Frente a la crisis multidimensional que incluye la de las instituciones y sus instrumentos tradicionales en razón de un mundo que se ha modificado y que lanza sus teorías de amparo y su socorrido pragmatismo al lugar de las obsolescencias, las tecnocracias y los políticos antiguos resultan igualmente anacrónicos y las democracias se tornan cavernosas y sepulcrales. Las reformas electorales, con las que recurrentemente se parchan las accidentadas elecciones, se tornan insuficientes en su lógica de filtros y candados, siempre vulnerables porque no descansan en la participación social como gestión política continua de los colectivos y la sociedad. La democracia que inmoviliza en la “movilidad” de la jornada electoral y la elección, de representantes que no son líderes sino personajes externos e inducidos por no decir impuestos, que no responden a las exigencias de cambio que demanda la nueva etapa del desarrollo capitalista en el presente siglo.

Es tiempo de remover no el modelo neoliberal por uno más humano y social, eso suena a formulas ya quemadas del “capitalismo con rostro humano”, “libre mercado con sentido social”, “socialismo de mercado” etc. etc. membresías sin compromisos de transformación que no abaten desequilibrios y desigualdades, entre regiones o países, entre clases sociales, ni en derechos y privilegios, ni entre representantes y representados, que asumen gobiernos pero no las tareas propias de la ecuación del Estado democrático. No es hora de simulaciones ni acomodos sino de irrupción política que es tarea inmediata. La partidocracia está agotando sus posibilidades y antes de que fenezca habrá que hacer surgir el despliegue progresivo de la sociedad que puede tomar la delantera y apuntalar los cambios primero en frentes amplios articulados en tres o cuatro acuerdos de orientación y acción fundamentales, admitiendo la diversidad y las diferencias, pero con decisión política e ingeniería del desarrollo en las que nos reconozcamos todos porque se nos concede un lugar en respuesta a nuestras carencias, necesidades y demandas, y un papel activo sin postergación.

La idea filosófica es la de la liberación y el progreso de todos; la idea económica es la de la producción sustentable y la participación de la riqueza en donde se incluya a todos; la idea política es la democracia en un entramado diverso y plural pero que responda sin desapego al precepto filosófico y económico; la idea social es con el disfrute de derechos exigibles y el respeto a las libertades; la idea jurídica es que se dé con una regulación que le de garantía a la orientación y estrategia de esta nueva etapa del desarrollo no exenta de contradicciones pero más dúctil en la cultura del cambio sin violencia, del progreso con equidad.

 

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