Lleva la Caravana por la Paz a la sede de la DEA el clamor por desapariciones
Diego Enrique Osorno / Agencia Reforma
El Paso
En la Caravana por la Paz en Estados Unidos viajan algunos hombres y mujeres a los que les desaparecieron en México a un hermano, o a una hija. Al único al que le desaparecieron a una familia completa es a Carlos Castro.
El 6 de enero de 2011, un grupo armado entró a su casa en Xalapa, Veracruz, y desde entonces no sabe nada de su esposa, Josefina Campillo, ni de sus hijas Johana y Karla, así como de Araceli Ultrera, una joven que trabajaba haciendo la limpieza de su hogar.
A partir de ese momento, Carlos Castro inició la búsqueda de su familia y ha visitado más oficinas públicas de las que debería: visitó las de la procuraduría de justicia de su estado, las de la Agencia veracruzana de Investigación, los despachos de diversos peritos, las instalaciones centrales de la Procuraduría General de la República, los pasillos de la secretaría de Gobernación y hasta el Castillo de Chapultepec, a donde fue a hablar con el presidente Felipe Calderón y con los candidatos de las pasadas elecciones presidenciales.
Pero no ha sido suficiente.
Ayer, Castro, como parte de su peregrinar por espacios gubernamentales, visitó la sede de la DEA y del FBI en esta ciudad, para protestar por la política antidrogas estadounidense.
Y como parte de su peregrinar, ahora por Estados Unidos, Castro conocerá otras sedes de poder norteamericanos, como las instalaciones donde fueron preparados dictadores militares sudamericanos de los setenta y algunos de los oficiales elite mexicanos que después fundaron Los Zetas: la Escuela de las Américas, ubicadas dentro de la base militar de Fort Bening, a donde también llegará a protestar, en unas semanas, la Caravana por la Paz, como parte de su recorrido hasta Washington.
Junto al resto de los integrantes de la Caravana por la Paz, Castro se acomodó ayer frente a la entrada del 660 de la avenida Mesa Hills Drive, al lado de Rubén García y Óscar Chacón, dirigentes de organizaciones estadounidenses que apoyan la Caravana por la Paz, así como del líder del movimiento, Javier Sicilia.
Primero habló García, rodeado de cartulinas y mantas variopintas, en las que se referían asesinatos concretos, desapariciones puntuales, se explicaban abusos de autoridad y se relataban desdenes oficiales.
Después lo hizo Chacón, quien explicó que, históricamente, en Estados Unidos, el tema de las drogas ha sido el pretexto para un encarcelamiento masivo de los habitantes afroamericanos, pero que en los años recientes, éste mismo fenómeno represivo se ha hecho más común también entre los latinos que viven aquí.
En ese momento, cuando apenas arrancaba la protesta, apareció una patrulla de Homeland Security, de la cual descendió el oficial Martínez, quien exigió a los manifestantes que quitaran dos mantas que habían sido colocadas en el piso, ya que obstruían el tránsito vehicular por el área del estacionamiento.
Una de las mantas denunciaba una serie de desapariciones a las que da seguimiento el Centro de Derechos Humanos Paso del Norte y la otra preguntaba: “¿Dónde está mi hijo? Los delincuentes no tienen madre”.
Ambas fueron retiradas, pero el agente estadounidense de la supercorporación policial creada para combatir al terrorismo luego de los atentados del 11 de septiembre de 2011, mantuvo su patrulla encendida a unos metros del mitin.
El director de Serapaz, Miguel Álvarez, experto en mediaciones de diversas escalas, se acercó con el oficial Martínez y no hubo mayor problema.
Otro agente de Homeland Security que llevaba una placa con el apellido López, llegó en apoyo de su compañero Martínez. Mientras la protesta frente a la sede local de la DEA y el FBI continuaba, con un impecable acento español, el agente López preguntaba sobre la situación en México.
Decía que tenía familiares en la vecina Ciudad Juárez, pero desde 2007, por cuestiones de seguridad, no había cruzado el puente para visitarlos.
El oficial López dijo que estaba sorprendido por lo que estaba viendo: no tenía idea de quién era Javier Sicilia y afirmó que nunca había venido alguien a protestar en estas instalaciones. “Nadie piensa en venir a protestar aquí”, explicó. “Qué extraño es esto”.
Cuando al fin llegó su turno de hablar frente a las instalaciones de la DEA y el FBI, Castro dijo muy pocas palabras. Sobre todo contó que tenía mucha esperanza de encontrar a su familia desaparecida y que no quería que a nadie le pasara lo mismo que a él.




