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Eduardo Pérez Haro

Economía y democracia IV

Para José Juárez

México hizo la tarea de retracción del Estado en la economía, se aplicó por décadas en la austeridad del gasto y hoy tiene lo que se llama finanzas públicas sanas, estabilidad macroeconómica y blindaje frente a la crisis. Ello es bueno pero no suficiente. No sustituye una verdadera ingeniería del desarrollo.
La fortaleza radicada en la estabilidad macroeconómica se inició a partir de la crisis de 1982 pero en los 90 el Consenso de Washington concluyó y planteó que la mejor manera de estimular el desarrollo de las empresas basadas en las nuevas tecnologías era el de retraer al Estado de las actividades económicas para que el capital privado se hiciera cargo y se expandiera. Este fue el núclo del modelo neoliberal.
En todo caso el Estado podría contribuir difundiendo la idea a la vez que acompañar con celosa austeridad del gasto público, y encargarse de controlar la inflación para favorecer los costos de producción y ganar un tipo de cambio equilibrado y estable acaso fuerte para abaratar las importaciones y junto con ello las bases de transportación principalmente, la tasa de interés en consonancia con un crédito que no disparase la inflación a la vez que permitiera dinamizar el mercado de compra en estímulo a la dinámica económica, aspectos que al lado de las libertades comerciales traerían crecimiento económico y detrás de ello, desarrollo.
En apretada expresión, diré que la experiencia de México en los diversos procesos económico-productivos, el desarrollo propiamente dicho, no se ha dado como tal. Se ha registrado un crecimiento de bajo perfil en el agregado nacional y se ha vivido el descalabro de las crisis de 2004 y 2009, con la particularidad de que efectivamente ha habido crecimiento económico muy elevado y dinámico pero altamente centralizado por las grandes empresas nacionales y extranjeras. En síntesis, crecimiento de unos, estancamiento de muchos y pobreza para los más.
Así de simple, el esquema de política económica recomendado por el Consenso de Washington ha servido pero no para el país sino para las grandes empresas. La pequeña y mediana empresas no despegan, no se consolidan, no crecen, quiebran y mueren en el intento; el trabajo formal crece en un estrato poco calificado y muy mal pagado, en grado tal que la población prefiere el espacio del trabajo informal que crece más y más rápido a pesar de su inestabilidad, riesgo y ausencia de prestaciones. El desempleo crece, la pobreza urbana y rural crecen.
La macro en ausencia de estrategias y políticas de fomento productivo en áreas estratégicas del territorio y de la economía, no le sirve al desarrollo de la planta productiva ni a la generación de empleo, es del gran capital y no de todos cuando ha lugar a la construcción de monopolios que son los que al final suelen quedar como los beneficiarios preferentes por no decir exclusivos. La macro sin dirección, la macro con libertad sin compromisos sociales ni nacionales de producción, se traduce en inversiones especulativas dentro del sistema financiero y comercial con bajo impacto en el empleo y por tanto en la distribución del ingreso, y lo que es peor sin echar cimientos de nuevas y mayores capacidades para la competencia.
Ello no impide reconocer que empresas ricas en una nación donde las desigualdades se ensanchan con finanzas públicas sanas, arrojan una circunstancia menos mala que la que ahora viven los países desarrollados dónde además, los acreedores y dueños de las principales empresas, esto es, los beneficiarios del modelo, también se exponen al impago de deudas y a la reducción del consumo con riesgos de pérdidas elevadas y la eventualidad de la quiebra.
No hay duda, México es mejor frente a la situación que atraviesan hoy los países tradicionalmente ricos como Japón, Estados Unidos y buena parte de la Unión Europea que padecen fuertes desequilibrios fiscales y financieros. Aunque aun así no dejan de tener mejores cimientos de capital fijo en componentes estructurales para resortear en una perspectiva eminentemente productiva. Mas no nos vanagloriemos; aceptemos que ahora están mal y en ello nosotros estamos en mejor situación, sin embargo, “no hagamos leña del árbol caído”, más bien digamos que “cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar”.
De ahí que nosotros decimos que el discurso del blindaje no puede ser colocado como sinónimo de inmunidad ante la presente situación de crisis en la economía internacional, pues ciertamente otorga una capacidad de maniobra mas no resiste un embate con armas de alto poder como el que podría sobrevenir en el caso de que la recesión, que ya acusan varios países de Europa y Japón, se escale al nivel de una recesión sistémica de carácter global, que no es nada descabellado decirlo ni una ocurrencia alejada de la realidad, pues aún no se ha despejado del horizonte de posibilidades.
Ya se asoman los picos inflacionarios y el riesgo de una cancelación de los esquemas de ayuda financiera y monetaria a los países en crisis con la consecuente alza en las tasas de interés y eso puede traer no ya una desaceleración sino una condición recesiva, la cual podría volver humo a los indicadores macroeconómicos alcanzados, y así, el blindaje. Pero, en cualquier caso, con o sin recesión global, el blindaje no puede ser sugerido en relevo de la capacidad productiva que no se tiene para subirse a la restructuración geoeconómica mundial que se libra a través de la tensa competencia entre las potencias tradicionales y los países emergentes.
Digámoslo de esta manera, los países en ascenso y con perspectiva de futuro, lo son no por mera estabilidad macroeconómica sino por su efectiva capacidad de producción y comercio en condiciones de la más alta competitividad y, entre estos, está sin duda China y la India, pero también se perfilan otros países cuya lista comprende a los tigres asiáticos, y alcanza a Turquía, Sudáfrica, Indonesia o Brasil, etc., pues a pesar de la desaceleración que acusan sobre todo este último lo hacen con cimientos que no les anulan en el mediano plazo, como podría sucederle a nuestro país.
México no puede titubear con la esgrima del discurso. O se dirige a resolver las grandes insuficiencias en 1) la infraestructura, 2) la tecnología, 3) la capacitación de la fuerza de trabajo, 4) la organización productiva, 5) el financiamiento y 6) la vinculación diversificada de mercados, o no vivirá la oportunidad que le representa la ventaja relativa de la estabilidad macroeconómica. En estos factores estructurales están nuestras debilidades y nuestras diferencias con los países avanzados y competidores, así como, las bases para hacer parte de la restructuración mundial en curso.

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