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Tomás Tenorio Galindo

OTRO PAÍS

* López Obrador, el PRD y el nuevo partido

La renuncia de Andrés Manuel López Obrador al PRD y su decisión de crear un nuevo partido a partir de la estructura del Movimiento de Regeneración Nacional sí implica una ruptura, aunque el ex candidato presidencial se haya esforzado ayer por suavizar el efecto de su determinación. López Obrador rompe con el PRD controlado por la familia política de Los Chuchos, Jesús Ortega y Jesús Zambrano, cuya fama y prácticas los han convertido en emblema de oportunismo, transa y corrupción, habilidades que por desgracia están tan extendidas que han dado lugar a una epidemia entre las dirigencias de ese partido.
Desde hace por lo menos cuatro años, cuando Los Chuchos llegaron a la presidencia nacional del PRD, han sostenido una campaña de descrédito contra el liderazgo de López Obrador, con el mismo encono y casi idéntica a la que impulsa la derecha. No es por otra razón que Jesús Ortega dejó mostrar antier el júbilo que le produce la salida del tabasqueño, lo que según su interpretación pondrá fin a la “esquizofrenia” que aquejaba al PRD. Aunque desde otro punto de vista lo que alegra a Los Chuchos es que, sin la sombra de López Obrador, ahora sí podrán hacer lo que quieran sin freno y sin disimulo, como ofrecer al PRI su amplia carta de servicios.
Por otra parte, no parece que López Obrador haya tomado solo la decisión de renunciar al PRD y optar por una nueva organización de izquierda, pues es inevitable recordar que hace ocho días Cuauhtémoc Cárdenas acusó públicamente a los dirigentes del PRD de haber abandonado al candidato presidencial y de haber antepuesto en la campaña sus intereses personales. Cárdenas no se mostró precisamente satisfecho de pertenecer al partido encabezado por Los Chuchos, pues dijo que “se componen y recomponen en función sólo de los intereses personales de los dirigentes o, en el mejor de los casos, de los particulares intereses de los grupos. Ni país ni partido han contado en estos casos. El partido de tribus y cuotas, de sectarismos y oportunismos, de clientelas y no de militancias libres y conscientes, está destinado al achicamiento y a los fracasos”. Estas fuertes críticas no las hizo Cárdenas en declaraciones a la prensa, sino en un artículo titulado “¿Qué sigue para la izquierda?”, publicado en su blog personal y retomado por los medios. Es decir, fue una toma de posición exactamente en la misma dirección que dio a conocer ayer López Obrador, y Cárdenas dijo lo que por cortesía López Obrador no podía expresar.
La corriente de Zambrano y Ortega es la que mayor capital obtuvo en las elecciones del 1 de julio, y hoy es mayoría en las fracciones perredistas en la Cámara de Diputados y el Senado, pero ese capital es efímero y tiene su origen principal en la influencia decisiva que aportó López Obrador como candidato presidencial. Es claramente incierto, por no decir imposible, que Nueva Izquierda repita ese éxito en los próximos comicios federales sin la figura de López Obrador. Pues el PRD sin el liderazgo lopezobradorista (y eventualmente sin Cuauhtémoc Cárdenas) es una carcasa sin contenido ni fuerza, excepto por el trasiego de votos que Los Chuchos orquesten en el Congreso. El ejemplo más nítido de ello es Guerrero, donde el perredismo en realidad es lopezobradorismo, y con el nuevo partido es previsible que las siglas del PRD se vacíen de militantes, por más corporativistas que se comporten los jefes de las corrientes para retener a sus bases. La realidad es que los votos que el 1 de julio catapultaron al PRD a la posición de segunda fuerza política y electoral son los de López Obrador.
En ese contexto, la ruptura de López Obrador con el PRD pone a este partido no en riesgo de “achicamiento” como advirtió Cárdenas, sino al borde del colapso. La paulatina pérdida de sustancia, de imagen y de credibilidad del PRD se acrecentó de forma drástica con la llegada de Jesús Ortega y Jesús Zambrano a la dirección partidista, hasta convertirse en el problema irreversible que ve en este momento Cuauhtémoc Cárdenas. Efectivamente, el PRD ya no es un partido que represente a la izquierda, sino una estructura de intereses personales de sus dirigentes, que la usan como plataforma de negocios políticos. En esas condiciones, adquiere coherencia y sentido la opción del nuevo partido propuesto por López Obrador.
López Obrador propone reorganizar a la izquierda y dotarla de un partido como el que en su origen se quería que fuera el PRD. Es un nuevo comienzo, además en una situación similar a la que existía en 1989, de inconformidad social y endurecimiento del sistema político, de persecución y estigmatización de la izquierda. Como entonces Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador es hoy (lo es desde el 2004) el político más atacado por los centros de poder. Según voces curtidas en la defensa de las posturas oficiales, López Obrador es responsable de la falta de crecimiento económico en el país, de infligir un daño profundo a la democracia y de fomentar el encono que a su vez es la causa de la parálisis nacional. Aunque no gobierna, es acusado de ser culpable de los amargos tiempos por los que transita el país.
“Tengo en el PRD muchos amigos, que en todo momento me dieron su confianza y respaldo y, en correspondencia, considero que les di lo mejor de mí y los representé con entrega y dignidad. Estamos a mano y en paz”, dijo ayer López Obrador guardándose cualquier reproche. Continuó: “Agradezco a los cerca de 16 millones de mexicanos que expresaron con su voto su firme decisión de abolir el actual régimen de corrupción, injusticias y privilegios. Estoy seguro que, aun con los resultados oficiales, están satisfechos por haber actuado con dignidad y decoro, y no formar parte del mundo de la sumisión y del conservadurismo”. De acuerdo con una encuesta del diario Reforma publicada ayer, tiene razón, pues 50 por ciento de la población considera justificadas las protestas contra el fallo del Tribunal Electoral que validó la elección de Enrique Peña Nieto, y 71 por ciento cree que sí hubo compra de votos en la elección. Aunque al mismo tiempo 55 por ciento considere correcta la resolución del Trife y 36 por ciento incorrecta. Es decir: el malestar social existe y reclama un cauce. Ahí se encuentra la oportunidad del nuevo partido de López Obrador.

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