Eduardo Pérez Haro
La crisis mundial avanza y las medidas de fondo siguen pendientes
Para Fer y Beto
En Davos, Suiza, cerró la reunión de los hombres más poderosos del planeta, sin que desprendamos señales de cambios esenciales en el complicado horizonte del 2012. Ciertamente, no se advierte el fin del mundo pero tampoco se despeja la ruta de tratamiento de la crisis que se agrava con el desempleo, los altos precios de los alimentos y la astringencia crediticia.
Resulta muy importante que lo entendamos para que podamos enfrentarlo con medidas acordes a la naturaleza y tamaño del problema. No estamos ante una dificultad menor que se pueda superar echándole ganas o sólo atinando nuestra elección al mejor listado de objetivos que nos ofrecen los contendientes por la Presidencia. Se precisa de estrategia cierta y capacidad efectiva.
El periodo actual es de una crisis tan amplia como el mundo entero y tan profunda que convoca a cambios estructurales a nivel global, sin duda, uno muy principal es el que se refiere a la regulación del sistema financiero que impida el crecimiento artificioso de las ganancias especulativas y lo adecue para que éste sirva a la producción de bienes y servicios.
Esta es lección obligada que se desprende de la crisis y se deriva de reconocer las vías de desarrollo asumidas, de un lado, por los países ricos Japón, Estados Unidos y la Unión Europea que se concedieron excesivas libertades financieras y que ahora están en crisis y, del otro lado, los países emergentes, como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (los BRICS), que desde hace tres décadas han venido articulando novedosas estructuras productivas y se colocan en vías de fortalecerlas.
Amoldar la estructura financiera bajo la preminencia de la estructura productiva, resulta asunto nada simple que exige elevada ingeniería política y de desarrollo pues a a los primeros que no les convence la idea son precisamente a los dueños del dinero y del sistema financiero acostumbrados a estar por encima de todo y de todos, con ganancias rápidas y extraordinarias. Los esquemas de tratamiento de la crisis no tienen consenso, son parte de una discusión en las más altas esferas de poder y de la confronta misma entre los gobiernos y los ciudadanos.
Hasta ahora, los hombres del sistema financiero se vienen imponiendo con las llamadas medidas megaprudenciales entre los países endeudados que no son otra cosa que el aumento en los impuestos, la disminución del gasto público y la restricción del crédito con el consecuente abatimiento de las actividades económicas, el crecimiento del desempleo y la caída del ingreso.
En el contexto de esta crisis y el debate sobre las vías del tratamiento más recomendable, volvamos a decir dónde estamos y qué nos toca hacer a nosotros en México. No resulta difícil entender que al caer la actividad y el ingreso de los países ricos que representan más de la mitad de la producción y el ingreso mundiales, los demás resultaremos afectados de manera inevitable. Ciertamente unos más que otros según sean las condiciones económicas y financieras, de producción, de comercio de los diferentes países. Los hay especialmente fuertes, se trata de los llamados países emergentes.
Por el alto nivel y sostenibilidad de su crecimiento, así como por su tamaño y por tanto su proporción en la riqueza mundial, destacan los llamados BRICS arriba citados, existen otros de menor tamaño pero de relevancia singular por su dinámica y estabilidad de crecimiento entre los que se puede mencionar a Corea del Sur, Taiwán, Vietnam, Nueva Zelanda, Turquía, Chile y otros.
México no pertenece a esas listas aunque se le considera un país emergente, pues forma parte de las 20 economías más importantes del mundo en atención al tamaño de su Producto Interno Bruto, con especial consideración por tratarse de una economía estable en lo que se refiere a sus indicadores macroeconómicos, producto de la disciplina fiscal.
Se dice que bajo este cuadro de condiciones México está blindado ante la crisis internacional, y sin desestimar esta positiva circunstancia, hay que decir que no es suficiente ni para superar los problemas e insuficiencias que padecemos, que son muy grandes, ni tampoco alcanza para evitar su agravamiento frente al contexto de crisis.
Esa es la cuestión de fondo. México es un país con grandes asimetrías, desequilibrios y desigualdades sociales, regionales y productivas. Su corrección no implica sólo corregir déficits sino construcción de cimientos, cambios de fondo. En otras palabras, el perfil de México es el de un país que no ha establecido las condiciones de infraestructura, tecnología, organización de la producción, calificación de la mano de obra, eficiencia financiera y vinculaciones de mercado, y de eso se trata.
Estas son las reformas estructurales que se deben de procesar gradualmente en los años que llevará el reordenamiento internacional y la superación de la crisis, pongamos un horizonte de dos a tres décadas. Una tarea de esta dimensión presupone un acuerdo fundamental entre las fuerzas políticas y sobre todo la participación de la gente. De esto tendrían que decirnos algo los candidatos a la Presidencia.
El proyecto industrial es elemento vertebral de una estrategia de crecimiento basada en la producción pero precisa de todo el andamiaje que ha sido referido sobre los diversos factores de la producción que se colocan en el plano de las reformas estructurales.
En ese contexto, la reforma estructural del campo es muy importante, porque ahí se concentran los mayores rezagos y desequilibrios, pero especialmente porque ahí es dónde, paradójicamente, la crisis nos ofrece una oportunidad por los altos precios de los alimentos, y de otros recursos como los minerales, los energéticos y los ambientales.
El campo vuelve a estar en condiciones de reubicarse como una palanca importante en una estrategia de industrialización que no repita los errores que tuvo en los años 60 cuando dejó de ver los cambios en la producción y la demanda mundiales y se desentendió de la formación del capital fijo y la gran industria.
Cuál es la estrategia y cuáles los instrumentos de los que el Estado puede echar mano para lograrlo es una cuestión que hay que poner sobre la mesa de la discusión y aproximar las decisiones más recomendables, de ello hablaremos en nuestra próxima entrega.




