Cumple 50 años la publicación de La muerte de Artemio Cruz de Fuentes
Karen López / Agencia Reforma
Monterrey
A 50 años de la publicación de La muerte de Artemio Cruz, una de las obras más emblemáticas del fallecido Carlos Fuentes, realiza una crítica narrativa, histórica, filosófica y estilística del mexicano contemporáneo.
La inquietud sobre el significado de la identidad mexicana persiguió a Carlos Fuentes a lo largo de su vida y su obra.
Nacido en Panamá en 1928, el autor pasó gran parte de su infancia y adolescencia en ciudades como Montevideo, Río de Janeiro, Washington, Santiago, Quito y Buenos Aires, debido a la profesión diplomática de su padre.
No fue sino hasta los 16 años que se estableció en México, país de sus padres, y, tras incursionar y hacer carrera en distintos periódicos y concursos literarios, su nombramiento como embajador de México en Francia y España lo llevaría lejos de su origen, una vez más.
Quizá, el hecho de que el autor de obras como Aura o La frontera de cristal, fallecido en mayo de este año, viviera fuera de México tanto tiempo acentúo su necesidad por dar respuesta a la eterna interrogante sobre qué significa ser mexicano.
Su origen histórico
“Durante el siglo XX, la generación de escritores como Arreola, Rulfo, Fuentes y Paz lograron una contribución importante al tema de la identidad”, comenta Nora Guzmán, catedrática en literatura mexicana.
“Ello debido a que criticaban, a través de sus obras, el ascenso del PRI y el espíritu aparentemente nacionalista que dominó el país después de la Revolución, pero sobre todo la corrupción de los ideales mexicanos”.
En La muerte de Artemio Cruz, así como en otras obras ensayísticas, Fuentes realiza una crítica narrativa, histórica, filosófica y estilística del mexicano contemporáneo, el hijo de la Revolución que perdió su patria e ideales y los vendió por ambición.
Esa crítica se logra por medio de Artemio, personaje marginal venido a más después de una serie de decisiones que coinciden con momentos históricos específicos revolucionarios y postrevolucionarios, a costa de su integridad moral y su identidad original, como mestizo, hijo de esclava y hacendado.
La vía literaria
Harold Bloom, polémico crítico literario norteamericano, desentrañó en 2006, en el prólogo del volumen de Modern critical interpretations dedicado a la obra de Fuentes, las razones por las que, a su juicio, La muerte de Artemio Cruz ha sido tan popular.
“Fuentes lamenta la traición que México se ha autoinflingido, personificando su perfidia en el agonizante Artemio Cruz, cuya conciencia se halla dividida en tres partes, por lo que habla en tres voces”.
Sin embargo, con expresa arrogancia, Bloom también señala que en la tan aclamada innovación narrativa de la novela de Fuentes prevalecían ecos deliberados de la obra de William Faulkner, Alejo Carpentier y el cineasta Orson Welles.
Identidad e identificación con el lector
Es cierto que desde la publicación de La muerte de Artemio Cruz, en 1962, muchos estudiosos se han concentrado en reconocer el discurso histórico-crítico de la mexicanidad que la obra propone, a través de una narrativa fragmentada y técnica estilística de vanguardia.
Por otro lado, el tema de la identidad y la identificación con el lector, que subyace periféricamente en momentos brevísimos del texto, no ha sido agotado o no ha tenido prioridad crítica.
La muerte de Artemio Cruz trata también de dar respuesta al cuestionamiento de la identidad mexicana, entregando al lector pedazos de un espejo roto que debe ser amalgamado con su propia interpretación.
Además, al lector le corresponderá ser testigo de la infancia de este personaje, momento narrativo ubicado al final de la trama, en la cual, la segunda persona, “tú”, reflexionará sobre la breve inocencia y si la condena del personaje fue autoimpuesta o estaba predestinada.
El lado mítico
“La novela es mito, lenguaje y escritura. Y al ser cada uno de estos términos es, simultáneamente, los otros dos”, describe el propio Fuentes.
De ahí, que cuando toda interpretación histórica y lingüística de La muerte de Artemio Cruz parezca dejar un mensaje claro y estático al lector, la fatalidad y el desencanto, la lectura de la obra como un mito, como un destino trágico, da pie a nuevas interpretaciones.
El final de la novela es, dentro de su estructura cíclica, el principio de la vida de Artemio, que al inicio de la obra yace convaleciente en el hospital, en su lecho de muerte.
La importancia de esa parte es que articula el principio de la historia del personaje con la historia mexicana, en un tono mítico y casi profético, previo a la corrupción.
En la obra se habla de cómo Artemio es producto de una violación, hijo de madre mulata y padre criollo, de su vida como hijo no reconocido dentro de la hacienda de su padre, y de la compañía de Lunero, hermano de su madre, quien fuera su mentor.
Aunque hay cierta inocencia de origen, el niño Artemio no posee una identidad cultural, pues está desprovisto de sus raíces indígenas, al morir la madre, y negado por sus parientes criollos.
La forma narrativa en segunda persona permite que el lector viaje a través del pasado simbólico del país, que viva a través del personaje, la historia y la estructura, la tragedia de la identidad mexicana para comprender su propia identidad.
La representación de un personaje terriblemente humano, a partir de sus orígenes, permite que se revalore lo que conforma la identidad mexicana y permite generar una identificación cultural con el lector.
“Hay una luz para el lector, el ‘tú’ narrativo es un pretexto para que éste observe dónde están las fallas”.
“Fuentes mismo decía que hay que construir e imaginar el futuro, sin aferrarnos al pasado, pero conociéndolo y no negándolo”, afirmó Guzmán.




