José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* El garrobo arrecho
Después de mucho tiempo, el poeta acapulqueño Alberto Álvarez (1957) regresa a Chilpancingo. Arma bulla y esboza poemas en La Cobacha, como en los tiempos de oro y alcohol en que no se separaba de una libreta de taquigrafía en la que, entre copa y copa, escribía pensamientos y versos que enseguida pasaba a leer en voz alta. Tarde o temprano te hacía un poema a ti mismo, siempre en buena onda, le cuento a un abogado que me pregunta por él. “Ya me lo escribió”, sonríe, y: “Me puso como alemán”, repone. “Por eso de la disciplina”, explica, y se refiere a la afición por el orden y el proyecto personal y profesional que supuestamente enarbola un abogado exitoso.
Alberto es todo-un-personaje y el recuerdo de sus puntadas y sus poemas nos refocila. Yo sonrío también porque hace mucho que no saludo a Alberto y me da gusto encontrarlo y saber que sigue tan feliz y campante. En Jojutla edita la revista ¡Aray!, un conjunto de breves y platicadas opiniones políticas, sociales (jojutlenses) y deportivas, intuitiva y certeramente distribuidas en 24 páginas tamaño media carta en blanco y negro. Como ninguno de los textos de marras lleva firma de autor, y como ahí no hay la firma de nadie y nadie se responsabiliza de nada, ya es más que una sospecha que Alberto es el autor de todo. Cuando advertimos que sólo una página de ¡Aray! no incluye publicidad pagada, podemos preguntar ¿no que no trabajaba el angelito?
Asimilado a la abstemiedad que lo hizo olvidar las fantásticas libretas de taquigrafía donde escribía versos a sus zapatos viejos, a Culito, a Tus nalgas y a la Virgen de la panocha, sin contar las odas dedicadas a sus tompiates y a su pito, Alberto perdió kilos de gracia personal y en algún momento sus amigos dijimos: el tigre se está domesticando. Reaparece, y, con la ebullicencia que lo caracteriza, es dichoso impresionando a los sorprendidos cafeteros con eso de que nunca ha trabajado, que es un acapulqueño de cepa que de niño cargó canastas en el mercado del puerto, que Jojutla, donde vende libros, conoce a toda la gente y tiene a sus mejores amigos, es un paraíso encantado que no cambiaría por nada. Al otro día me encontré a Alberto y me pidió copia de lo que dije en la presentación chilpancingueña de su segundo poemario, titulado El garrobo arrecho. Le dije: se perdió en alguna de las computadoras que he tronado, pero debo tener una versión impresa. Le aseguré que iba a buscarla y también que, en caso de encontrarla, para no correr el riesgo de que se extraviara por última vez, se la iba enviar con un pozole verde.
De Venus montaraces
Hablamos, desde luego, de los pelos hirsutos de la diosa romana del amor, la belleza y la fertilidad. Así se titula el primer cuaderno de poemas de Alberto Álvarez Landeros, que presentamos en 1993 en una cantina de Chilpancingo. Ahí, Guillermo Mañón Cerrillo, venido de Morelos, contó anécdotas y detalles de su cuatacho del alma y le echó una ofrenda de flores negras a su poesía. En el prefacio del poemario persiste parte de su elogiosa, desmadrosa y provocativa participación personal: “Estos versos de tormenta –empieza–, acrisolada del placer, la esperanza, el sueño y el dolor que impulsan, tensan y hacen vibrar a quienes tenemos el atrevimiento de vivir… Los ordenados, los cautelosos, los que temen a Dios porque lo confunden con el diablo, al que sí adoran, viven seguros en sus catacumbas, en el averno donde el amor se compra con dinero, en estricto apego a la legalidad humana. Son de los que en su vida ‘no tienen nada de qué avergonzarse’”…
“Pero esa falta de vergüenzas ocasiona otras carencias, carecen de piedad, de aceptación y tolerancia que son la formas elementales del amor para quienes afortunadamente somos mayoría: los atrevidos, procaces, pelados e indecentes”.
Mañón habla de la hipocresía social y del “origen único, divino y terrenal de las múltiples formas de vida en el planeta, de la vida humana que en su expresión excelsa no resulta más que una sublime, iluminada, cómica, dramática, augusta y nunca bien amada sucesión de reverencias y puras pendejadas”.
Y entra en materia: “En la clasificación que a la llamada poesía corresponde me honra cometer por ineludible deber de amistad o más bien entrañable fraternidad en vicios y virtudes, el delito confeso por evidente, de presentar a ustedes las pendejadas poéticas de Alberto Álvarez”.
Nos aclara que el apelativo de pendejadas no desmerece el de poéticas, ya que ambas pueden serlo rigurosamente y al mismo tiempo, como han hecho reputados vates y toda vez que Alberto “sí sabe lo que es una metáfora, como figura de construcción literaria y como cosa vívida y parida con dolor y alegría en un papel”.
Casi al último destaca “la tendencia erótica” de la poesía de Alberto, “pero sin triunfalismos de viejo fauno satisfecho, más bien –ataja– resultan balidos de sátiro ternerón destetado a las primeras mamadas”. Finaliza recomendando a los lectores que “si no le cuadran estas poesías a pesar de su encuerada y profunda belleza”, las manden “junto con su autor mucho rumbo” a la letra.
En 1999 el gobierno de Ángel Aguirre Rivero publicó Ríos interiores / Poesía guerrerense contemporánea, en la que incluí un poema de Álvarez, Hechicera. Aquí, como en otros poemas, Alberto es directo: De negro la mirada / negra la inmensidad de tus abismos / tienes clavado a Alberto / cual esclavo liberto / bebiendo en tu entrepierna // Azabache los pelos / de Venus montaraces / rebeldes cimarrones / son negros tus calzones. Como le valen gorro los lugares comunes es capaz de rescribir metáforas más o menos tradicionales junto a descubrimientos dichosos, como ese de
Cabeza de paloma
en la noche cerrada
anarco alucinada
en tus senos arde Jerusalén y Roma
El garrobo arrecho
El segundo poemario de Alberto, El garrobo arrecho, lo presentamos en 2005. En sus primeras páginas vuelve a brillar el latigueante ingenio de Guillermo Mañón, que en esta ocasión advierte a los lectores sobre la necesidad de buscar, “por su cuenta y riesgo, un camino para andar entre las palabras y las intenciones de estos versos”, pues asegura que al fin de cuentas Alberto se refiere “al juego atávico que realizamos en los límites, a la orilla del cuerpo; donde empieza el territorio de lo que se dice que está prohibido, pero se hace”.
También me tocó participar en la presentación de El garrobo. Como el presentador estrella de los poemas de Alberto ya había cubierto un 99.9 por ciento de los alrededores poéticos del tan mentado garrobo acapulqueño avecindado en Jojutla, tras recordar mi amistad con el poeta y no sin ponderar su humanismo atrevido y vital y la autenticidad cruda y derecha de sus versos, no me quedó más que leer las rimas que había escrito para la ocasión. Son versos vaciladores. De esos que los antiguos, más correctos, dedicaban a la quinceañera, a los recién casados, entre familia y cuates. Su onda es humorística, aunque en este caso a un gallo calentano le resultaron ofensivos y, como dijo, “chingativos”. Para mí que no van por ahí. Locas, exageradas, absurdas si se quiere, pero pos así son las rimas vaciladoras, por eso el que va a decirlas acude a la frase esa de: “abusando de la amistad”… Salen rápido –o no salen–, con anécdotas de más, con versos torpes y mal medidos obstinados en no seguir más orden que la del relajo y la feliz convivialidad. El Mario que sale al final es el investigador Mario Martínez Rescalvo, propietario del café-librería donde el 27 de abril de 2005 se presentó El garrobo arrecho, del cual resultó, también, generoso editor. Pa qué más explicaciones, ahí van las rimas vaciladoras que vengo diciendo y que siguen llamándose: ¡Ahí viene el garrobo arrecho!:
Mi querido amigo Alberto
que viene de cuando en cuando,
hoy llegó hecho un libro abierto,
un sabadito despierto,
una guitarra cantando;
en una mano la letra
de su lírico Garrobo
…y los tres pelos del diablo
en la palma de la otra
Ya tiene que este muchacho
cuenta sus alegres cuitas
con emoción y donaire,
y, si las topa en la calle,
lo hace con tanto detalle
que espanta a las señoritas
e inclusive a los borrachos
Ya tiene el acapulqueño
años que tiró el sostén,
el trago, chamba y milicia,
y se metió a todo tren
a hablar de sus impudicias
y del fondo de los sueños
eróticos que hoy publica…
Si te encuentras a este bato
en la plaza o el café
y no le escribe una rima
a tu tía o a tu sobrina,
es que te salió barato
o simplemente no es él…
En su poemario hay recuerdos,
melancolías de a de veras
y alegrías hasta el pescuezo;
lo demás, manzanas, peras,
incestos, pepas y besos,
estos cuernotes que veis,
las barbas que vos tenéis
y lo que se le unta al queso
Y es que si escribe de sexo
este vagastrán prosaico,
le pone hígado y sesos,
¡pelos, cebolla y recaudos!…
Lo que este profano obseso
escribe sobre la mesa,
esbozando una sonrisa
y atornillado en el banco,
es tan místico y total
que más que un rito vulgar
se diría que escribe misa
Ora sí que uno no sabe
si su pasión, que revuela
y se clava en lo que ve
con egoísmo goloso,
es un canto a la belleza,
la puñalada en el oso
…u otra cartita a Manuela
Tanto presume el profeta
erótico su arrebato,
que se rumora que vive
con su riata en amasiato
Cierta tarde, Eros aleve
advirtió a Beberto: bebes
una copa más, y así hables
en tan rimadita jerga
ya te tengo sentenciado
que vas a morir ahorcado…
¡pero por tu propia jerga!
Así que al que diga: el hígado,
uretra, vejiga o viento,
pues no hay que echarlo de lado,
aunque sepamos que es cuento
Al último, lo que importa
es que este pachuco altivo
sigue al pie de la corneta,
deletreando sus sentidos
como si abriera una puerta
En su erotismo suicida
este abstemio del demoño
canta al amor y a la vida,
–pero más bonito al coño
Por eso extraña que Alberto,
el talentoso garrobo,
en un desmoder incierto
¡le haga una onda a su rabo!
No se atolondre compadre,
enfoque la vaca a modo,
no vaya a ser que en la noche
¡termine ordeñando al toro!
No faltará otro galán
que le ofrezca al gavilán
su silla, entre los presentes:
No hay problema, ¡para nada!…
El pájaro más decente,
amigo, es el que se para…
sólo ¡pa que usté se siente!…
A ver si no ocurre luego
que, tras leer El Garrobo,
a las más friolentas damas
les recosquillén las trompas
y se les salten las lonjas
y tanto apriételes todo
que se le pare la cola
y al rato ya sin control
anden como las iguanas
que no calienta ni el sol
Bueno que la tamalera
de esta obra sentimental
vaya a hacer su cabecera
y el fuego de su comal,
y por calentarse tanto
con distracciones tan finas
se muera de sobresalto
porque de aquí a la cocina…
ya se le quemó el tamal
Ora sí que este poeta
es de esa raza adivina
que les busca y les encuentra
chiches hasta a las gallinas
A ver si al lector idílico
no le gustan al principio
los versos de este gañán
que se hace llamar poeta,
y antes de cerrar el libro
termina tras el zaguán
haciéndose una chaqueta
Por el momento aconsejo
a quien se le ponga enfrente
estos versos cachondones,
que agarre la onda con gracia
y en vez de ponerse anteojos
utilice dos condones…
o uno de esos repelentes
que venden en las farmacias
Si no hallan en inventario,
como el caso es judicial
le toca a la editorial:
¡que se los consiga Mario!
Para festejar el libro,
para que se venda un chingo,
y por la Pasión sin Fin,
un anochecer de abril
brincaron en Chilpancingo
estos versos copetones.
Con un abrazo a su amigo,
los perpetró:
José Gómez.




