Tomás Tenorio Galindo
OTRO PAIS
* Granados Chapa
A lo largo de su vida profesional, el periodista Miguel Angel Granados Chapa enfrentó la reacción intolerante y en numerosos casos colérica de políticos, gobernantes o empresarios reacios a la transparencia y a la rendición de cuentas. Con el propósito de entorpecer su trabajo, algunos se declararon afectados en su fama pública y en un exceso de autoestima hasta interpusieron en su contra demandas que carecían de fundamento. Pero esos ataques, que en realidad tenían como fin obstruir la libertad de expresión, no intimidaban al autor de Plaza Pública y acentuaban el enorme aprecio que la columna suscitaba entre sus lectores.
Uno de tantos amagos contra Granados Chapa se produjo en los últimos días de julio de 2010 y provino del entonces gobernador de Guerrero, el empresario Zeferino Torreblanca Galindo, un personaje de firmes tendencias autoritarias y derechistas, que sin embargo logró ser llevado al poder por un partido formalmente de izquierda, el PRD. Sin el menor sentido de la moderación, Torreblanca mandó publicar en el periódico Reforma un desplegado en el que prácticamente amenazó a Granados Chapa con presentarlo por la fuerza ante el ministerio público de Guerrero. Días atrás el periodista había abordado en su columna la sucesión política que se aproximaba en Guerrero y había descrito el aspecto sangriento que había tomado en el PRD el proceso para seleccionar a su candidato a gobernador, pues un año antes había sido asesinado el diputado Armando Chavarría Barrera, que era el aspirante más fuerte y ya considerado candidato natural de la izquierda. Pero Chavarría era muy mal visto por Torreblanca, quien se empeñaba en imponer a Armando Ríos Piter, recién llegado al PRD desde las filas del priísmo y del panismo y ostensiblemente el favorito del gobernador al grado de que le facilitó el uso clientelar del cargo que tenía en su gobierno para promover sus aspiraciones.
Hoy sigue viva la suspicacia sobre el papel que jugaron en la trama del homicidio de Chavarría tanto Zeferino Torreblanca como el mismo Ríos Piter. Sin ocultar su carga de cinismo, el desplegado mismo tuvo la intención de defender a Ríos Piter como posible candidato. Días más tarde Ríos Piter consiguió ser recibido por Granados Chapa en la cafetería de Radio UNAM, en la colonia Del Valle de la ciudad de México, donde el periodista prácticamente despachaba al terminar su programa que tenía el mismo nombre que su columna. El hoy senador del PRD pretendía quizás que su sola presencia haría cambiar la pésima opinión que de él y de Zeferino Torreblanca tenía el columnista, pero el resultado de su visita fue contraproducente, pues su petulancia no pasó desapercibida para Granados Chapa, quien con desagrado confirmó ahí y acentuó aquella mala impresión.
Como se recordará, a finales de diciembre de 2009 el director de El Sur, Juan Angulo, había sido detenido ilegalmente en Chilpancingo por órdenes de Zeferino Torreblanca y llevado por la fuerza a declarar ante el ministerio público después de haber publicado un artículo sobre el asesinato de Chavarría. Según el insidioso desplegado, el contador Torreblanca acarició la idea de hacer lo mismo con Granados Chapa.
Ni el cáncer que lo consumía impidió al columnista dar a propósito de ese episodio una muestra de su integridad y valentía profesional. Ya la viuda de Chavarría, Martha Obeso Cázares, quien se había reunido con Granados Chapa y había recibido de éste apoyo y toda su consideración, lo había invitado a intervenir en un foro que, para conmemorar el primer aniversario del homicidio del diputado perredista, se realizaría en Chilpancingo el 19 de agosto, pero aún no había confirmado su asistencia. Lo hizo inmediatamente después de la publicación del desplegado del gobierno guerrerense. “Ahora tengo que ir a Chilpancingo”, dijo a sus amigos. Más todavía, en la misma Plaza Pública anticipó que estaría en la capital de Guerrero “por si los agentes ministeriales quieren hacer efectiva esa invitación”.
Con sus dolencias a flor de piel, Granados Chapa fue a Chilpancingo la tarde de aquel 19 de agosto de 2010. Su visita y su participación en el foro, donde leyó el contenido de la Plaza Pública del día siguiente, transcurrieron en calma, con una nutrida audiencia que al terminar se arremolinó en torno suyo. El gobernador Zeferino Torreblanca tuvo que tragarse sus palabras, pues no se atrevió a consumar su amenaza.
Periodismo, violencia, abusos de poder
La autocensura y el repliegue ante la violencia que sacude al país conducen al debilitamiento del periodismo, solía decir Granados Chapa. Pero no censuraba a los periodistas ni a los medios que, presionados por la delincuencia, optan por el repliegue para no correr riesgos, “porque a nadie se le puede pedir que asuma un riesgo que puede ser mortal”. Decía que los periodistas deben encarar la inseguridad “justamente”, sin envalentonamientos y con la conciencia de que “si no se le hace cara al narcotráfico, (el periodismo) se debilita”. (Reforma, 1 de septiembre de 2009).
Granados Chapa conocía en carne propia a qué se expone un reportero, pues en los años sesenta tuvo un bautizo brutal a manos de integrantes del ultraderechista MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación), que no toleraron que el entonces joven periodista hurgara en sus turbios secretos. Aquella golpiza no lo frenó, como tampoco lo hicieron nunca las amenazas ni las demandas interpuestas en su contra. Gracias a ese espíritu combativo, las enormes franjas abiertas para el ejercicio de la libertad de expresión en los últimos 30 años en el país deben mucho a la presencia cotidiana de la Plaza Pública. Pocos como Granados Chapa se levantaban cada mañana a barrenar el autoritarismo gubernamental. Empezó a dar muestra de ello cuando su oportuna denuncia impidió en 1981 que políticos enriquecidos y serviles del estado de México le regalaran un rancho al entonces presidente José López Portillo para hacer placentera su salida del poder. En ese memorable episodio Granados Chapa y la Plaza Pública se consagraron como un espacio periodístico al servicio de sus lectores y de la sociedad, no de facciones políticas o grupos de poder como se estila todavía en cierta prensa.
La fórmula que convirtió a Granados Chapa en el columnista de mayor relevancia se asentaba en una asombrosa simplicidad: honestidad personal e intelectual y un profundo sentido de la ética. Él mismo hizo notar que esas virtudes fueron enseñanza de su madre, doña Florinda Chapa, una humilde y querida maestra de Pachuca. Por el ejemplo materno Granados Chapa habría de desarrollar también similares aptitudes de maestro, no sólo en las aulas universitarias sino también en las redacciones de los diarios. De ahí el sustantivo con que muchos lo tratábamos: maestro.
El magisterio de Granados Chapa fue prolífico. Como buen maestro, mostraba un rechazo terminante a la indolencia y a la pereza. Pero también era noble y generoso con quienes lo rodeaban. Una demostración de las gratitudes que sembró es el homenaje que le tributaron sus alumnos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM en septiembre y octubre de 2008, que luego fue recogido en el libro Miguel Angel Granados Chapa: maestro y periodista (UNAM, 2008). Fue precisamente en esas sesiones donde con humildad, Vicente Leñero le pidió perdón a Granados Chapa por el trato “pérfido” que le dio en Los periodistas, el testimonio-novela sobre el golpe a Excélsior, publicado treinta años atrás.
Por todo lo anterior es que junto al abatimiento por su muerte, una sensación de orfandad se extendió entre sus lectores y amigos el 16 de octubre de 2011. Cuando tres años antes le fue diagnosticado el cáncer de colon, Granados Chapa no incorporó a su conducta personal una actitud quejumbrosa, ni siquiera con sus amigos más cercanos, sus allegados o sus colaboradoras diarias. Cuando el 7 de octubre de 2008 el Senado de la República le entregó la medalla Belisario Domínguez, fue notorio el gran deterioro que había sufrido su salud. Había perdido 20 kilos, pero estaba exultante. Los políticos lo suponían entonces al borde de la muerte, y lo estaba, pero a pesar de su debilidad ofreció desde la tribuna senatorial un gran discurso, sin concesión alguna al poder, en el que hizo una defensa vigorosa de las libertades y denunció las tendencias autoritarias del gobierno contra la lucha social y los derechos ciudadanos.
Los tres últimos años de su vida fueron para Granados Chapa una época de cosechar reconocimientos. A principio de 2008 fue designado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, y en agosto la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano-Cemex le entregó un premio por su trayectoria. Al año siguiente la Universidad Autónoma Metropolitana le otorgaría el doctorado honoris causa por su trayectoria académica y periodística. Para el 2009 había recuperado peso y mantenía bajo control el cáncer. Salvo periodos breves, no dejó de escribir la Plaza Pública ni dejó de acudir todos los días a Radio UNAM, donde a las nueve y media de la mañana, al terminar su programa, atendía visitas que hasta cola hacían. Volvió a ser el de siempre. En el 2010 retomó su viejo proyecto de escribir la biografía de Manuel Buendía, libro que por fortuna terminó días antes de morir y que ya está en las librerías.
Durante 34 años, Plaza Pública fue una presencia familiar e indispensable en el paisaje periodístico nacional, y en ese largo periodo creó una numerosa comunidad de lectores que suele distinguirse por su conciencia insumisa, crítica e independiente. Granados Chapa ofrecía una guía para la comprensión de la compleja realidad del país. Podía uno confiar en su rigor profesional, en su capacidad de perseguir el significado más escondido de los acontecimientos públicos, en su ética y en su honradez intelectual. También en su sentido del respeto, pues nunca cedió ante la estridencia o la vociferación, ante la tentación del insulto o la vulgaridad.
El ejercicio del poder presidencial era uno de sus temas recurrentes, y le satisfacía exhibir el comportamiento de los presidentes. “En un plano ético, el presidente de la República, y más aún el presidente de un país donde todavía no hay espacios que controlen y contrasten vigorosamente su poder, no puede ser un gladiador de sus propias causas”, escribió alguna vez. “En un plano jurídico, el presidente es un mandatario, posee un poder delegado, que no es suyo, y debe por lo tanto emplearlo en favor y no en contra de los gobernados. Por eso un presidente no debe ser enemigo de nadie”, advirtió a propósito de una iracunda reacción de Ernesto Zedillo por las críticas que se hacían a su gobierno.
Escribió Ernesto Sábato en sus memorias: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. Y agregaría: “El escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana”. Eso hizo Granados Chapa: no sólo supo repeler la fascinación y el veneno de la corrupción que emanan del poder, sino que tomó partido por los que sufren la historia, por los necesitados de voz y por las víctimas de la exclusión social. Su muerte, mañana hará un año, dejó un inmenso vacío en el periodismo nacional.




