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Humberto Musacchio

Vallejo, el Díaz Ordaz michoacano

No acababa de entrar al Palacio de Gobierno de Michoacán cuando Fausto Vallejo lanzó a sus genízaros contra los estudiantes. Ahora, enfrentado a un nuevo conflicto juvenil, el pequeño sátrapa, incapaz de comprender a los muchachos, impedido genéticamente para actuar como ser humano, recurrió de nuevo a la violencia, su “argumento” favorito.
Las explicaciones que ofrece el “gobernador” son una retahíla de obviedades, verdades a medias y mentiras completas. Que la policía tuvo que actuar porque los muchachos habían atentado contra el orden, que secuestraron camiones, que destruyeron bienes de propiedad ajena y que “una cosa es la manifestación de las ideas” (como si él supiera de ideas) y que otra “es trasgredir la ley”.
La rebeldía de los normalistas michoacanos surgió porque sin consulta previa, sin intento alguno de recabar opiniones y conciliar intereses, un buen día se les anuncia que a los estudios magisteriales se les aumentará un año y que a los egresados no se les garantizará una plaza laboral. Igualmente, se les dice que deberán estudiar computación sin computadoras y que será obligatorio el inglés. Y no está mal que conozcan la lengua del imperio, pues carentes de empleo en México, el destino probable de todos esos jóvenes es la emigración, pero una vieja demanda de las normales rurales es que se impartan clases de lenguas autóctonas, lo que por respuesta sólo ha tenido el desprecio de las autoridades.
Ahora hay 176 estudiantes detenidos, muchos golpeados y vejados, pero como suele ocurrir, la brutalidad gubernamental lo único que ha logrado es avivar la rebeldía de los jóvenes, que siguen en las calles con su protesta. Los priistas michoacanos, herederos directos de Gustavo Díaz Ordaz, pretenden disculpar a su inepto “gobernador” agitando fantasmones del pasado. En su analfabetismo social, dicen que tras la insurrección cívica hay “intereses perversos” y buscan convertir a los militantes de izquierda en perros del mal contra los cuales se vale emplear todo recurso.
En auxilio de Fausto Vallejo ha acudido José Ángel Córdoba Villalobos, secretario de Educación Pública, quien tildó el movimiento estudiantil de “chantaje” y advirtió que “de ninguna manera” darán marcha atrás a “una reforma que es nacional y que es necesaria”, aunque no aclaró para quienes. La reforma de marras –precisó el titular de la SEP– fue negociada con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, de ahí que con la sensibilidad que caracteriza al calderonismo, se quiera imponer a sangre y fuego, incluso en entidades donde la fuerza mayoritaria del magisterio es la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.
Que el señor Córdoba Villalobos haga y declare cualquier cosa es entendible. No es hombre que conozca los problemas educativos pues, como se sabe, fue impuesto en su actual cargo cuando fracasó en su intento de obtener la candidatura panista al gobierno de Guanajuato. El doctor Córdoba está en la SEP de chiripa, sin calificación para el cargo, como ocurre con sus compañeros de gabinete.
Pero los panistas ya se van y vuelven los priistas, sin embargo, para sorpresa de todos, muestran que no han aprendido, que carecen de inteligencia para afrontar un movimiento popular, como ocurrió hace seis años en Atenco, estado de México, donde el entonces gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, aplastó a sangre y fuego la inconformidad popular. Sin diálogo, sin negociación, lo sucedido entonces en territorio mexiquense y ahora en Michoacán es un anticipo brutal de lo que le espera a la sociedad mexicana.

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