José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* De cómo Álvaro Obregón se lucía con el método de la memoria que confiscó al Mochacho
Un guerrero poeta
El muchacho del que estamos hablando, mis niños chismosones, fue secretario nada menos que de mi general Álvaro Obregón, el héroe de Ojitos, de San Joaquín y Santa Rosa. Secretario particularísimo del general Obregón en una de sus mejores épocas y cuando gozaba del mejor de sus humores…
El jovenzazo tenía fama de honrado, de bragado y de que no le gustaba hacer pie firme en ningún lugar, pero pues en ese tiempo de guerras, miserias, robos y hasta pestes, ¿quién no era así? Por ahora lo importante de contar es que el chamaco providencialmente conocía al dedillo la vida farandulesca de la ciudad y gracias a él en unos días el general ya conocía los mejores teatros y antros y a las flores hermosas y perversas que los frecuentan. El muchacho tenía amistad con cada una de las floristas, y esa gente también le hace falta a la revolución. Como no redactaba mal y no discernía regular… el general Obregón le firmó su nombramiento como secretario privado en una hoja de papel en blanco, e hizo que le extendieran un permiso para circular por la ciudad –repleta de soldados villistas, zapatistas y federales- a cualquier hora de la noche y –si le quedaba tiempo– del día.
Si yo mintiera, ¡la Historia me desmentiría!… Claro que el general Obregón no necesitaba quien pensara por él, pero pues ¿manco?!… ¿Se acuerdan ustedes que quedó manco porque una granada le estalló a bocajarro? Necesitaba quien escribiera por la mano que le faltaba, eso que ni qué!
Así fue como el muchacho se hizo su secretario personal. Secre-tario ¿de quién? ¡De mi general Álvaro Obregón! ¡Nada menos!…
¿Y qué hacía el muchacho? Bueno, lo que hace cualquier secretario, desde recibir a personas –y atender su problema o solicitud, de ser posible— hasta abrir cartas, fueran oficiales o privadas, el general le había dado atribuciones para contestarlas todas a su nombre. Con él asistía a todo tipo de reuniones, en las que tomaba nota o simplemente escuchaba, con toda la atención que Obregón no podía o se negaba a poner, ya porque estuviera pensando en la falta de cariño que a cada rato le dedicaba Villa o en los latidos de tambora que de repente le podían entrar a Zapata, ya porque acababa de entrarle en el alma un aire melancólico o porque ya tuviera dos días bilioso dedicándose a inventar chismes rimados para que los declamaran las floristas semidesnudas en los teatros.
Cierta tarde, el general lo invitó a tomarse con él unos jereces, “los tres de rigor”, mis chiquillos, imagínense al general Obregón, vencedor de Santa María, de Orendain y de otras mil cuatrocientas batallas, un verdadero ídolo popular con más de doscientos veinticinco galardones militares en el pecho -¡y los que faltaban!- invitando a un muchachillo a tomarse con él unos jereces, nomás porque necesitaba una oreja.
–¿No era una mano, don Sil?
–¡Eso es aparte! Ahora le urgía que alguien escuchara “una poesía muy querida por mí…, nacida de mi propia vena”. ¡Caray, caray, caray!…
–¿Y luego, don Sil?
–Una poesía escrita con mi propia mano, cuando la tenía, como me explicó riéndose mi general Obregón.
Después del primer jerez, Obregón dijo:
–A ver qué le parece.
Colocó el antebrazo sobre los muslos, todo él de caqui, inclinó un poco la cabeza, se quedó unos segundos en silencio… como rielando cuerda, y empezó a recitar.
Don Sil juntó las palmas de las manos y fue entrelazando los dedos, como preparándose para una oración. Luego las separó y con el índice y el pulgar de la mano derecha se enroscó la punta de su bigote imaginario. ¡Hasta infló ligeramente los cachetes, como el general Obregón! Como el general, la voz de don Sil aguantaba aire en una parrafada cadenciosa y, cuando parecía languidecer, se enronquecía e iba dejando caer las sílabas en suspenso, aquél, con voz timbrada unas veces languideciendo y sin soltar todo el aire ante una parrafada cadenciosa, otras enronquecía desmedidamente como si estuviera en una cabina radiofónica…, hasta que terminó de declamar su poema.
Así fue como el muchacho, que gustaba del jerez y de los versos, escuchó unas décimas a la muerte que, ya embriagado del humor con estilete del general que dijo que nadie era capaz de resistir un cañonazo de cincuenta mil pesos, le parecieron vigésimas,
-…porque han de saber, aquí entre nos, hijos, que mi general, aun con su emotividad y con tantas palabras que se le ocurrían, pues no era muy buen poeta que digamos…
–¿Se lo dijo usted, don Sil?
–¡Ni de chiste! –dijo don Sil, sin darse cuenta.
Cuando Obregón terminó su recital poético, agachó la cabeza y se quedó en silencio. El muchacho aplaudió despacito, con respeto sumo, con admiración verdadera -¡un guerrero poeta!- que no quiere hacer ruido. No en balde conocía bien a políticos y militares. Había estado a dos metros de Carranza, en los camerinos del Teatro Colón; al general Pablo González tuvo oportunidad de saludarlo en diversas ocasiones en que acompañó a Obregón a la comandancia militar, cuando ya villistas y zapatistas habían salido de la ciudad y la jefatura de la ciudad estaba a cargo de González.
…-Lo felicito, mi general –dijo el muchacho agarrando su copa con delicadeza-. La suya es una excelente poesía. No le conocía esa virtud.
–Ni falta hace –dijo el general, con una sonrisa muy rala, contagiado por la melancolía de sus versos o sólo en uno de los trances entripados de su humor.
El muchacho dijo que algunas partes de su poema le recordaban pasajes de un poeta mexicano apellidado Othón, otras, añadió, tenían los claroscuros de las noches del alma de Leopoldo Lugones.
Y citó –platicó- partecitas de los versos que había recitado el general.
–Con todo respeto, mi general, en una de sus décimas, creo que en la… en la quinta, usted me suena al gran López Velarde: lo digo por eso de “si la muerte con su hostia viperina … alimenta el placer…”
Dijo, aquí, los diez versos de la estrofa que acababa de escuchar, haciendo que el general apretara la trompa y abriera bien los ojos.
-Y a poco recuerda usted otra décima –dijo Obregón al fin, francamente intrigado, sirviendo otra copa de jerez, la cuarta, la que casi se tomaba con cualquiera.
–Puede que sí, mi general.
–¡Pues ya lo estoy oyendo, mochacho!
–Bueno, mi general… –dijo con tranquilidad el muchacho. Y se echó de refilón y casi con el mismo tono del ilustre manco de Huatabampo los diez renglones de las diez décimas, uno por uno, hasta decir salud, mi general, ¡no cabe duda de que estamos ante un gran poeta!
–¡Que por añadidura sea un enorme guerrero y potencialmente un estadista, ya es otra cosa!… –puntualizó, para que no quedara duda.
–Qué de cosas tiene la vida, mochacho! –exclamó el general a mitad de su risa, volviendo una O grandota la u de muchacho y arracimando en ella el resto de la palabra con un francote revuelo de campanas enronquecidas por el jerez y la emoción poética.
–Condenado Mochacho –se atusó una de las dos puntas del acento circunflejo que traía de bigote, y restirando también la sonrisa de zorro entre los zorros, informó:
–En su honor, desde este momento que no será registrado por su pluma ni por ningún periódico de la capital, su memoria particular y los métodos que utilice para hacerla tan chingona queda conculcada y al servicio de la más justa causa de la revolución mexicana. Así que vaya sirviendo las otras, porque apenas vamos a empezar.
Y así fue como cuando la segunda botella quedó vacía el Mochacho ya le había enseñado al general Álvaro Obregón el método que había inventado para aprenderse de memoria hasta veinticinco cuartillas de versos, escritas o declamadas, de un solo fregadazo de vista u oído.
–Si los dichosos versos llevaban rima o acentos en segunda y penúltima sílaba, pues mucho más fácil resultaba aprendérselos –se ufanaba don Sil, sin darse cuenta.
Obregón en escena
Los diarios lo destacaban en primera plana, con pase a la sección de Sociales, en recuadro especial y acompañado por una o dos fotografías festivas: el general Álvaro Obregón no solamente era un verdadero caballo de guerra, ni un promotor de las causas obreras del país, ni nadamás el hombre de gran corazón y el ingenioso socarrón que todos conocían, sino que también era poseedor de un gran talento y de una gracia que a nadie dejaba de sorprender, consignaba la nota periodística, que pasaba a explicar:
En más de una reunión, el general ha dejado boquiabierto a su auditorio de militares y civiles distinguidos, no se diga a ese grupo de fanáticas incondicionales que constituyen las damas de sociedad (con quienes el general suele mostrarse comedido y cordial sin reservas), al repetir de memoria todo un poema que acaba de escuchar por vez primera. Sí, amables y dilectos lectores, apenas ayer por la tarde el general Álvaro Obregón volvió a realizar la hazaña de repetir el poema que acababa de oír, palabra por palabra y sílaba por sílaba, sin equivocarse en absoluto y con el mejor estilo del autor de la obra que estaba ahí presente y que resulta ser nada menos que nuestro joven pero ya entrañable bardo José Rubén Romero –cuyo rostro, por cierto, tuvo que pasar por distintos colores, ya que en unos cuantos momentos apechugó muy diferentes y fuertes emociones.
–¡Excelente poesía, don José Rubén! Muy bien dicha por usted, además –dijo puntilloso y jacarandoso Obregón, aplaudiendo con los demás la declamación que acaba de escuchar-. Con todo respeto, yo también la sé decir, pero usted se lleva las palmas.
–¡Pero si es la primera vez que la digo, mi general! –se sorprendió el cantor de la provincia michoacana y de las tradiciones y las cosas bonitas de todo México.
–¡Lo mismo dijo el verdadero autor cuando se la escuché! –respondió, punzante, el general.
Colorado se puso don José Rubén, distinguidos lectores. El general de por sí era chapeado como una langosta, pero ahora tenía levantada la cejilla del frente de batalla. En la mira tenía el corazón de aquel buen hombre y magnífico escritor.
–¡Es más! –disparó sin piedad–, al escuchársela al autor esa poesía me gustó tanto que también me la aprendí. ¡Si quiere se la digo!…
–Discúlpeme usted mi general –titubeó el vate, cuyo rostro pasaba de un color a otro—, pero eso que usted dice no puede ser, este poema está recién salido del horno, ¡lo terminé de escribir ayer por la noche!…
Pero Obregón ya había empezado a declamar el primer verso, en medio de un suspenso militar. Entró al segundo cuarteto con tal modulación y un énfasis en la voz que cualquiera de los ahí presentes hubiéramos podido asegurar que cada verso y cada palabra que fatigaba fuera naciendo de su propio sentimiento glorificado por la creatividad que lo caracteriza. Por su pura apostura y no se diga graduación, se llevó de calle los aplausos. Se los rete llevó.
–¡Caramba… mi general!, no sé cómo lo hizo, ¡pero mire nomás qué quemadota me está dando!, parecía balbucear don José Rubén, que de a tiro no encontraba la rima para salir de su pasmo, hasta que Obregón se apiadó de él:
–No se apene, José Rubén, ¡ni sea alburero!… –Obregón se echó una carcajada corta, pero con un gesto de estadista en Palacio Nacional atajó las que se disponían a festejar sus chistosadas de palabras: -No… ¡Discúlpeme usted, mi poeta nacional, mi narrador de polendas universales favorito, de quien presumo su amistad!…
Y feliz como nunca, le explicó:
–La verdad es que el poema me lo aprendí hace un instante, al escuchárselo a usted. Y le suplico que no me lo tome a mal, porque antes que por hacerle pasar un mal rato, fue por mera y pura admiración a su persona. Pero bueno, no lo engañé. ¿No es cierto que el que escribió los versos, o sea usted, ya los había dicho una vez, hacía menos de un ratito, a todos los que estamos aquí? Y ¿no también le dije que cuando los oí por primera vez me gustaron tanto que me lo aprendí?
–Sí, general –suspiró, agradecido, don José Rubén.
–También así fue, mis traviesos, pero atentos, simpáticos… y chismosos… ¡querubines!, almitas de Dios más allá del bien y del mal y de esas cosas, así fue… como el muchacho, el Mochacho, dejó de aplicar y presumir su método de la memoria para siempre jamás, por instrucciones superiores y por convicción propia, para no hacerle sombra a mi general y no arriesgarme a ser pasado por las armas por decreto constitucional.
–¡Zas! ¿Qué no de eso ya nos platicó, don Sil?
–¿En serio? ¿No les digo, mis niños, que desde entonces ya no me acuerdo de nada?…




