Anituy Rebolledo Ayerdi
Panteón de San Francisco
Sólo por hoy
Interrumpimos esta serie musical cuando entra en su capítulo vigésimo, sólo para dar paso a un tema obligado por la recordación anual de los muertos. La historia muy breve del panteón de San Francisco que ya cumple 152 años y donde reposan los grandes constructores de Acapulco de entre siglos. El jueves próximo continuaremos con música y poesía, por ésta:
El Convento
El cementerio de San Francisco de Acapulco es obra de la orden religiosa del mismo nombre asentada en el puerto a partir de 1602. Los franciscanos construirán cuatro años más tarde su propio convento, localizado en un promontorio conocido como El Teconchi (hoy ex palacio municipal del centro). Contaba con claustro y capilla dedicada a la advocación de la virgen de de la Guía, patrona de Manila, Filipinas. Un pozo perforado en su jardín interior abastecía de agua a los galeones de Manila. El barón Alejandro von Humboldt simplificaba el cargamento de estos navíos: “plata y frailes”.
En ese convento se preparaba a los jóvenes misioneros novohispanos destinados a propagar la fe en los nuevos mundos conquistados. Dos mártires entre ellos: el capitalino San Felipe de Jesús y el beato acapulqueño Bartolomé Díaz Laurel, ambos crucificados en tierras niponas. Felipillo regresaba al puerto para celebrar aquí su primera misa.
La Ley Juárez
La gente de la Colonia estaba convencida de que un sepulcro en el interior de los templos e incluso en sus atrios aseguraba la vida eterna. Los ricos benefactores de la iglesia, las familias linajudas y los altos dignatarios exigían reposar lo más cerca posible de los altares mayores. Ello significaba estar a un solo brinquito del cielo.
El presidente Juárez llegará para terminar con tan jugoso negocio. Lo hace secularizando los cementerios el 31 de julio de 1859. Una ley que arrebataba al clero toda injerencia sobre tales establecimientos, entregándolos al Estado.
San Francisco
La superficie destinada al panteón de San Francisco no fue producto de ninguna invasión o agandalle inmobiliario, luego tan comunes en el puerto. Habría pertenecido a don Gonzalo Mesía de la Cerda y Valdivia, Marqués de Acapulco, con título expedido por el rey Felipe V el 31 de mayo de 1711. El noble español abandona la ciudad dejando ese y otros bienes en calidad de mostrencos, obligando a una donación municipal. La salida precipitada del aludido Marqués se adjudicará a una sífilis galopante, premio bien ganado por su afición desmedida por las chinitas. Las de Oriente y las criollitas.
Serán de hecho dos panteones separados por una barde de adobe. El de la derecha (San Francisco) destinado “ a la gente decente”, en tanto que el de la izquierda (San Esteban) reservado a los “pobres, etnias e indigentes”.
Cuando han transcurrido seis meses apenas de la Ley Juárez, se planta la primera cruz en tan piadoso sudario. Corresponderá a la niña Paulo (sic) Roberta Quiroz Abarca, de siete meses, inhumada el 1 de febrero de 1860. Nueve meses más tarde los acongojados padres de la menor, don Jacinto Quirós y doña Susana Abarca, vuelven al camposanto ahora trayendo el cuerpecito inerte de una segunda hija, Natalie Crispina, de “3 años, 10 meses, y 19 días”. La pareja no escatimará recursos para dar un bello sepulcro a sus dos angelitos. Las lápidas serán confeccionadas en mármol de Carrara por la famosa casa italiana de Carlos Bonfigli. Hoy han resistido a los depredadores.
Por lo que hace a la primera inhumación adulta en el osario acapulqueño, esta se dará el 9 de abril también de 1860, la de doña Gertrudis Lerma, originaria de Rosario, Sinaloa, víctima aquí de la malaria. Le seguirá la señorita Cleotilde Armijo, originaria de Petatlán, el mismo día de su boda. Caminaba lentamente rumbo al altar mayor de la parroquia de La Soledad. “¡ Que chula niña y que vestido tan elegante”!, cuchicheaban las beatas. El novio esperaba nervioso junto al sacerdote, él era capitán del ejército federal con gala impresionante. A la mitad de su recorrido Cleotilde cae “súpita”, como tocada por un rayo, según testimonio de la feligresía. “Fue la cólera”, diagnosticó luego la voz popular. Fue el novio, revelado poeta, el autor del certero epitafio:
Llegaba al altar, feliz esposa
Allí la hirió la muerte, aquí reposa
Siglo XIX
También habitantes del camposanto acapulqueño durante el siglo XIX: el californiano Emilio M Link, fundador en 1858 de la Botica Acapulco (todavía en operación en la calle Jesús Carranza); don Domingo Balboa Berreatúa, autor en 1850 del pozo de agua alrededor del cual se funda el popular Barrio de La Poza. Cecilia Funes Mazzini (1887), Josefita Navarrete (1898); Cecilia Villalobos (1895); Macario Galeana (1846); Felipe Resendiz (1846); Flora Ríos (1898) Ignacia Villamar Posada (1897) Jesús Véjar (1897).
Doña Benita Nambo Guzmán (1892), casada con el desterrado príncipe heredero del reino de Portugal, Juan de Borbón. Para eludir la persecución de sus parientes golpistas, Don Juan utilizará únicamente la “H” de su apellido Henríquez, acompañándola con la palabra “Luz” (tomada de su logia masónica Los Caballeros de la Luz). Inaugura así la amplia y noble descendencia que lleva hoy el apellido “H. Luz”. A él se le acredita la apertura con sus propios medios de la calle Barrio Nuevo, hoy Cuauhtémoc.
El cónsul estadunidense John Sutter fue exhumado en 1962. Sus despojos fueron trasladados a la ciudad de Sacramento, California, que los reclamaba como su fundador un siglo antes. Alcalde de Acapulco, el doctor Ricardo Morlett Sutter, su descendiente, encabezó la solemne expedición a bordo de fragata de la Marina estadunidense. Quedaron sus hijos Carlos Alfredo y Arturo. El doctor Roberto S, Posada falleció el 11 de octubre de 1897 y Acapulco dolido lo lloró reconociendo su entrega al servicio de los más necesitados. Su nombre lo lleva la calle donde tenía su consultorio.
Teatro Flores
El incendio del Teatro Flores la noche de su inauguración (14 de febrero de 1909), es sin duda la tragedia más dolorosa en la historia de Acapulco. Construido de madera en la calle Independencia, la sala exhibía una serie de cortos cinematográficos. La canasta que recibía la película se incendia por combustión espontánea y convierte la el teatro en una hornaza. La caseta de proyección cae sobre la única entrada-salida cerrando cualquier posibilidad de salvación para nadie. Se calcula el número de asistentes en 300 hombres mujeres y niños del puerto y venidos de ambas costas. El gobernador del estado y el alcalde acapulqueño abandonaron el teatro poco antes de la conflagración.
El sepelio de las víctimas fue una jornada colectiva de pena y dolor para los porteños. Como siempre, ante la desgracia estuvieron ahí solidarios los disminuidos cuatro mil habitantes de Acapulco. Marcharán una y otra vez formando aquellos dramáticos cortejos, silenciosos la mayoría, musicales algunos. Cada peregrinación al camposanto fue precedida por una carreta jalada por bueyes y cuatro carretones por mulas, recolectores cotidianos de basura.
La Güera Leandra, una mujer muy popular por irreverente, se convertirá ese día en símbolo solidario y muy querido de Acapulco. Caminó transida de dolor detrás de cada carreta como si acompañara a sus propios hijos. Antes, durante el fuego había logrado poner a salvo a varias personas. Aquellos pequeños cuerpos carbonizados, humeantes todavía, serán arrojados sin ningún protocolo a un zanjón abierto debajo de un árbol de trueno. Un cura musitará una y otra vez aquello de “polvo eres y en polvo te convertirás”. Las autoridades municipales dedicarán más tarde un monumento como ” Homenaje a las víctimas del 14 de febrero de 1909 en el Teatro Flores de Acapulco”.
Los Uruñuela
El monumento más grande y lujoso del San Francisco fue la capilla de la familia Uruñuela (aún enhiesta), ricos comerciantes de origen hispano. En ella descansarán a partir de 1903 don Constantino Uruñuela, doña Luz Elliot de Uruñuela, doña Agustina Elliot y don Nicolás B. Uruñuela. Este último será presidente municipal de Acapulco en 1910 y más tarde diputado local.
Juan R. Escudero
El 21 de diciembre de 1927 es otra fecha aciaga para Acapulco. El asesinato del presidente municipal Juan R. Escudero junto con sus hermanos Francisco y Felipe, conturba al puerto y al país entero. Nuestro máximo héroe civil será trasladado en los años 80 a la Rotonda de las Personas Ilustres. Sus hermanos siguen ahì.
Más acapulqueños
Pablo G. Bermúdez (1901), Aarón Simón Fúnes (1901), Bolo Von Glumer, padre de la notable educadora acapulqueña Berta del mismo apellido (1902), Carlos Adame, padre del homónimo primer Cronista de Acapulco (1909), Guadalupe Sutter (1916), Antonio Pintos Sierra, alcalde de Acapulco en dos ocasiones (1919), Rodolfo Neri, gobernador de Guerrero (1921), coronel Valeriano Vidales, autor con su hermano Amadeo del Plan de El Veladero (1922), Miguel Sabah (1943), Aristeo Lobato (1942), Ramona viuda de Pegueros (1935), Amador Estrada (1942), Carmen Alvarez (1932), Benicha Tellechea (1937), Andrés García (1942).
Felipe Valle
El maestro Felipe Valle, notable educador, gobernador de Colima y alcalde de Acapulco (1928), Reginaldo Sutter (1941), Isauro Polanco, destacado violinista y director de orquesta (1945), doña Vicenta Paco de Diego, tronco de una gran familia acapulqueña (1943), Ludwig, Hermilio y Lourdes Walton, bisabuelo, abuelo y hermana del alcalde Luis Walton Aburto; Emilio Casis (1924) Ramiro de la O Téllez (1946).
María de la O
Fue la de doña María de la O la última inhumación en el panteón de San Francisco. No obstante tener el osario casi una década fuera de servicio, se cumplirá el deseo de la dama de descansar junto a su esposo Antonio Rodríguez Castañón. Veinte años más tarde la separarán de él para llevarla a la Rotonda de las Personas Ilustres, en Tlacopanocha.
Las Cruces
Cuando el alcalde José Ventura Neri ponga en servicio el cementerio de Las Cruces, en 1947, padecerá el rechazo de los acapulqueños por ubicarlo en “el quinto infierno”. El de San Francisco alargará entonces su existente hasta la sobresaturación. El primer habitante de Las Cruces será también un menor, como lo fue un siglo antes el de la avenida Pie de la Cuesta. El niño Antonio Canales Ramos, de seis meses, hijito del doctor Arturo Canales Zúñiga y esposa.
¿Un niño milagroso?
Hay una novedad en el cementerio de San Francisco y sus sesquicentenarias cenizas. La tumba del niño Raúl González, de diez meses, inhumado en 1933, objeto de emotivos actos de fe representados por centenares de juguetes, principalmente muñecos de peluche.




