Federico Vite
Un adelanto
Como un regalo para los lectores de El Sur, ofrezco un avance de mi novela Parábola de la cizaña, recientemente publicada por la Uni-versidad Autónoma Metropolita-na en la colección Molinos de Viento. Ojalá que sea de su agrado.
I
La cabeza de Xavier se encuentra a diez metros de su cuerpo, sobre la cancha de basquetbol del reclusorio. Los sobrevivientes de la tromba atestiguan la rigidez del cadáver. Horas atrás ese hombre confrontó la violencia de una borrasca con vocablos extraños. Al ver los estigmas en las manos y en la frente, cualquiera de los ahí reunidos hubiera pensado que ese cuerpo fue la geografía de una batalla entre dos misterios que se impactaron sin tregua: la demencia y la fe.
II
En el comedor de la cárcel, guardias y presos tienen una certeza: lo peor está por venir. Las mesas rectangulares sirven de vallas, protegen del golpeteo ensoberbecido del agua, de la lluvia torrencial.
—No se ve fin a esto —dice uno de los diez enfermeros, empapado por completo, furioso–. No se ve nada, ni el pinche cielo –agrega guareciéndose bajo el dintel del sanatorio.
Tose mientras fuma y el aro formado por el humo del cigarro asciende. Láminas de asbesto se desprenden del techo, vuelan, hojas sueltas de una guillotina enorme; se elevan e imitan a su manera el humor de la tormenta. El enfermero posa los ojos en el suelo; descubre, a media bocanada, ratas nerviosas que intentan sin fortuna huir del remolino creado por la coladera. Los roedores chillan. Uno a uno caen a la espiral descendente.
–Pendejos –susurra. Arroja el humo con fuerza y enjuga con la mano el agua que cae de su frente. Camina hasta unirse al grupo de enfermeros, esquinados en una cabina. Arrecia el viento: una de las láminas; los clavos y la madera que la sujetaban cedieron. Planea hacia la cancha de basquetbol. Jesús tirita. Padre nuestro, repite. Lleva horas con esas palabras en la boca. Ve cómo golpea el granizo las paredes del penal. La bruma obstaculiza poco a poco su visión. Se muerde las yemas de los dedos. Sangra. Se ha desprendido la piel, pero sigue devorándose. Obsesivamente canta: Santificado sea tu nombre. Vénganos tu reino…
Gotas grisáceas resbalan por la epidermis del cuerpo delgado de Xavier, quien gime en medio de la cancha. La ansiedad de nuevo ataca; le produce llantos, náuseas: dolor. La cruz de la frente se ve diáfana, parece dibujada por un hombre adiestrado en el arte de figuras sacras; nunca se había visto tan clara. Parpadea, escucha una voz y cierra los ojos. Siente cómo el agua humedece su rostro. Las nubes tienen la arquitectura del caos.
–De rodillas y a tus pies– grita.
Esa lámina, impulsada por la ventisca, corta el cuello de Xavier; la cabeza es arrancada del cuerpo, rueda violentamente. La cola de un alacrán, eso crea el relámpago en las alturas.
III
Sombrías, nubes de consistencia pétrea se movilizan contra la oración que Xavier eleva:
—Fortifica mi corazón para que ante el mundo te proclame.
Grises como el acero, caen las primeras gotas de lluvia, ondas gélidas corren al encuentro de los brazos extendidos de Xavier. Los presos miran con espanto la fortaleza que se abre poco a poco en medio de la oscuridad que impera en esta parte del mundo.
–Para que ante los ojos de los hombres, Señor, te proclame –dice.
Desde las colinas, poco a poco, cargada de mortales presagios se aproxima la niebla. La mañana se anochece. El viento aplasta el semblante pacífico de Xavier, su condición de párroco venido a menos. Mantiene la mirada fija en el cielo, en medio de la cancha del reclusorio. Abre el compás de sus piernas, pero aún con las pulsiones del miedo cabalgando en su pecho se mantiene quieto. No retrocede ante el advenimiento de la borrasca. Es un condenado esperando la sentencia. El sonido del trueno recuerda bramidos de monstruos mitológicos, es el inicio de un vendaval impostergable. Xavier da un paso al frente: la fuerza de un idioma sagrado le convoca. Acecha la rabia estridente de la lluvia. Escucha, piensa que escucha esa voz, palabras que caen murmurando un saludo. Venimos de andar el mundo y recorrerlo. La lengua de fuego del relámpago alumbra los pasillos del reclusorio, donde los presos atestiguan el advenimiento de la tromba.
–Hágase tu voluntad y no la mía –dice Xavier ante el viento, la cruz de su frente parece animada por los coágulos de sangre.
Comienza la lluvia.




