Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulco, música y poesía XXI

Acapulco y Agustin Ramírez

Muchos acapulqueños de principios del siglo XX murieron sin conocer Caleta, bien porque no les interesaba o bien por lo arriesgado del viaje. Un periplo entonces de temeridad inaudita, incluso para quienes habían cruzado el Atlántico, enemigos de que sus hijos lo hicieran.
Y es que para llegar a la futura “playa coqueta” había que embarcarse en el muelle de madera, frente a la plaza Álvarez, enfilando luego hacia la Boca Grande. Ya en mar abierto había que rodear la península de Las Playas y alcanzar finalmente el objetivo.
Hacia Caleta enfilaba cada año la excursión de la escuela Felipe Carrillo Puerto. La mayor parte varones y sólo contadas muchachas aventadas. Narraba Jorge Joseph, periodista y ex alcalde de Acapulco, que ningún alumno se hacía a la mar sin postrarse ante Nuestra Señora de La Soledad rogando un viaje sin peligros. Lectores entusiastas de Julio Verne, temían mortales encuentros con gigantescas serpientes marinas o calamares de tentáculos destructores.
Un crucero atrevido que no hacía falta ni urgía. La Playa, simplemente La Playa, se equiparaba con Caleta en la mansedumbre de sus aguas y en la tersura de sus arenas. Ahí, enfrentito de la plaza principal. Pero bueno, el gozo de la aventura en palomilla justificaba cualquier riesgo. Aguas y arenas de aquella playa serán replegadas más tarde por el duro concreto del Malecón Fiscal y el negro chapopote de la Costera. La Playita de Tlacopanocha queda hoy mismo como único y nostálgico testimonio de aquella maravilla.
La existencia de tigres en el camino agreste a Caleta fue una leyenda, no hay duda, inventada seguramente por los propietarios de los enormes extensiones sembradas con palmeras de coco y árboles de mango. La intención era clara, no otra que ahuyentar a cientos depredadores de todas las edades. Tigres no, es cierto, pero sí jaguares, como lo testimonian los viejos lugareños.
Convertida así Caleta en una ínsula, José Agustín Ramírez podrá proclamarse como el Robinson Crusoe musical de aquel espacio virginal y salvaje. Le cantará concediéndole la contradictoria dualidad de ser cómplice y rival de amores tan tempranos como furtivos.
Ésta es la Caleta del trovador guerrerense

Caleta playa coqueta
playa risueña de manso oleaje
en las arenitas tuyas
pongo su nombre todas las tardes

Tus olitas rumorosas
que al irse dejan un fino encaje
le cantan a mi costeña
y le acompañan sus madrigales

Caleta de mi Acapulco
siempre vestida de azul y verde
pensando pensando en ella
deja Caleta que te recuerde

Tus aguas tan tibiecitas
me compitieron en las caricias
de su cuerpo nazareno
que es mi ternura y es mi delicia

Caleta jardín marino
donde ella guarda
su cuerpo lindo
Roqueta brillo del faro
las negras rutas iluminadas
tus ojos como dos astros
mi pobre vida van alumbrando
tan llenitos de ternura
de la costeña que estoy amando.

Acapulco y Hornos

Caleta y Hornos serán por mucho tiempo las playas emblemáticas de Acapulco. La primera propicia para el disfrute matutino y la segunda el vespertino. El nombre le viene precisamente porque a su altura se levantaron los hornos para fabricar materiales constructivos, adicionados con miles de huevos de tortuga para el “amarre”. Primero para levantar los parapetos contra los ataques piratas y más tarde las murallas del fuerte de San Diego. Hornos que también desaparecerán bajo la piqueta de la modernidad. “Un hechizante rincón que era un portento de belleza y encantamiento”, calificó Jorge Joseph Piedra, un acapulqueño rubicundo.
José Agustín le cantó así:

Hermosa playa de Hornos
donde los dos juntos
tejimos un romance
que ya nunca he de olvidar

Y entre verdes tumbos
y tu cantar sonoro
tu boca pequeñita
al fin pude besar

Playita playita de Hornos
de Acapulco tropical
eres hermosa joyita
engarzada junto al mar

Ay, ay, ay, playita de Hornos

Las palmeras arrullan
nuestra ilusión profana
y el aire se engalana
con nuestro alegre cantar

Y sobre la arenita
que te acaricia ufana
tu cuerpo de sirena
al fin pude contemplar

Cada noche acapulqueña

Es ésta una trova poco conocida del maese Ramírez Altamirano:

Cada noche acapulqueña
es como un diamante azul
donde se funde el ensueño
la luna, mi amor y tú

Cada noche acapulqueña
es como una copa de oro
donde se hacen más sonoros
tus suspiros y tu voz

Cada noche acapulqueña
es de una concha de amor
donde cada beso tuyo
se hace en tus labios canción

Acapulqueña linda

Minerva Anderson Espino fue alumna en Chilpancingo del maestro José Agustín Ramírez Altamirano. Mucho más tarde, en Acapulco, el compositor se inspirará en ella para crear su Acapulqueña, para muchos la más bella creación del poeta, evocadora de la belleza de la mujer costeña. El mejor homenaje para ella.
Minerva Anderson no había nacido en Acapulco sino en La Unión, cabecera del municipio fronterizo con Michoacán. Hija del matrimonio formado por el general Anderson y Onésima Espino, la muchacha manifestará una temprana vocación por la docencia y para estudiarla viaja a Chilpancingo. En realidad, sus padres la ponían a salvo de la violencia brutal de la Costa Grande y particularmente de aquella apartada región de Guerrero. Esperancita Alarcón fungirá en la capital como su tutora.
El general Anderson muere asesinado por una banda de facinerosos y pasado el tiempo doña Onésima contrae segundas nupcias con don Francisco López, también de La Unión. Un simpático y popular personaje de la política local –alcalde, diputado, recaudador de rentas y más–, quien se convierte en un padre amoroso para Mine. De vuelta en el puerto, la muchacha ingresa al célebre Colegio Acapulco del profesor Felipe Valle. Ahí se integra a un alegre grupo de adolescentes, figurando entre ellas Esperanza Tellechea, Elisa Batani y Tibe Campos. Jorge Joseph, su compañero de banca, la recordaba así:
“Alta, esbelta, hermosa. Morena clara de voz cálida y andar displicente con cadencia de palmeras. Sus ojos negrísimos, grandes y almendrados, custodiados por largas pestañas rizadas. Su mirada, tierna y amorosa y su boca semejaba un estuche de coral y de perlas. La cabellera negra ensortijada”.

Mine y Poli

Pasa el tiempo Minerva Anderson contrae nupcias con el acapulqueño Policarpo Sosa Meléndez, el popular Poli y su presunción de tener “un millón de amigos”. Pepe figura entre los más queridos y Pepe no es otro que el maestro José Agustín Ramírez. El hogar Sosa-Anderson será punto de encuentro de una bohemia genuina, y romántica.
El cumpleaños de Mine se festeja con un desayuno en el hotel Villa del Mar y las amigas piden al maestro Ramírez encabezar con su guitarra las mañanitas. Terminada la tradicional salutación musical, Pepe pide silencio a la concurrencia:
– Ahora, si ustedes me lo permiten, deseo entregar a la festejada una canción inspirada por ella, por su belleza y por su donaire.. Espero que les agrade.

Acapulqueña linda, acapulqueña
playera esbelta, pálida y sensual
en tu mirada ardiente y soñadora
hay un reflejo del inmenso mar

Cuando en la playa luces tu silueta
en el milagro de un atardecer
quisiera ser el mar ola coqueta.
y tu cuerpo yo en mis brazos envolver
Quisiera ser la brisa acariciante
que llegara tus sienes a besar
y en tus rizadas trenchas de azabache
un rato de la luna contemplar

Vuelan en La Quebrada las gaviotas
pañuelos blancos que dicen adiós
y en el sutil encaje de la costa
te dejé para siempre el corazón

Yo que he nacido en este costa bella
conociendo su noble corazón
dedico este homenaje a las costeñas
que han sabido inspirarme esta canción

Minerva Anderson de Sosa, la “acapulqueña linda y soñadora”, muere tempranamente. Hoy su recuerdo vuela con las notas de la canción inspirada por ella. Los suyos, en tanto, veneran orgullosos su memoria inmortalizada por el más grande músico- poeta de Guerrero. Sus hijos José Antonio, Minerva, las gemelas Olivia y Silvia y Maricela. Sus nietos, bisnietos y sus hermanas. Una de ellas, Angélica López viuda de Ayerdi, es tía de este escribidor.

El vals María Elena

José Agustín Ramírez asiste a otra fiesta de cumpleaños, esta vez en honor de la señora María Elena de Peralta. Sucede ello en la ciudad de Puebla corriendo 1931. Lo acompaña el también compositor veracruzano Lorenzo Barcelata, con quien integrará más tarde el Cuarteto Tamaulipeco. Los recibe el dueño de la casa, Anacarsis Carcho Peralta, quien les pide urgentemente una canción que le tiene prometida a su esposa, la festejada. Con engaños los conduce a uno de los marmóreos baños de la residencia y al encerrarlos les advierte que sólo saldrán cuando hayan terminado el encargo.
–¡Ah! –les amenaza–, ¡ni una copa!
Los dos músicos y poetas salen del baño una vez que han entregado la letra al millonario. Corren hacia la cantina con la intención de apurar sendas garrafas de coñac a pico de botella, pero los ataja el anfitrión. Los lleva al salón principal para hacerlos cantar el vals María Elena (Tuyo es mi corazón, oh sol de mi querer), una y otra vez, mil veces la homenajeada llora.
Una leyenda urbana habla de María Elena como una pieza compuesta al alimón por Ramírez y Barcelata y que el guerrerense habría cedido el crédito completo a su hermano veracruzano. Cuando María Elena se estrene en un teatro poblano, bajo el patrocinio de Peralta, el vals será presentado entonces como creación de ambos. Más tarde, Barcelata la registra como suya y suya se queda.

Juan García Jiménez

Alma gemela de José Agustín, el ometepequense Juan García Jiménez dirá a la muerte del cantor:

El dolor …el amor…todo lo hubiste
José Agustín Ramírez, canción triste
que en las noches se ensueño se dilata

Al perder tu voz en el camino
ya no hay novia en el quiosco pueblerino
¡Guerrero se quedó sin serenata!

(fragmento)

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