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José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Bond: 50 años al servicio del imperio

Este año se cumplieron 50 años de Satánico Dr. No, (1962) la primera película de James Bond, el agente 007, cifra que le concede licencia para matar. Los periódicos prodigaron información sobre este súper héroe cinematográfico del espionaje y el faje sensual recompensador que ha entretenido a decenas de generaciones de cinéfilos y lectores. El recuento dominguero empieza remarcando que la presencia sofisticada, clásica y elegante –esmoquin impecable y a la medida– de Sean Connery marcó la pauta para el guardarropa que usaría James Bond durante los próximos 50 años. Como Bond siempre anda a la brega, mencionan su vestuario informal. Hablan de sus relojes que, además de dar la hora exacta, sirven para detonar explosivos, cortar superficies, radiolocalizar objetos y enviar mensajes. Zapatos, lentes, trajes de baño y chamarras son traídos a cuenta, ya que además de servir para lo que sirven son armas de peligro.
Luego encontramos que en 1961 los dueños de EON Producciones ya tenían los derechos de seis novelas de James Bond y no imaginaban el éxito que iba a tener el agente secreto creado por el inglés Ian Fleming. Que más de dos mil millones de personas han visto las películas de Bond, que la franquicia ha ganado unos 5 mil millones de dólares y que –de 22 que son– dos de sus películas (Goldfinger, 1964, y Operación Trueno, 1965) han ganado un Oscar.
Hubo páginas para los automóviles utilizados por Bond, y al menos una reseña sobre lo que ha bebido Bond en sus películas. Sean Connery, Timothy Dalton y Pierce Brosman bebían vodka martini, “agitado, no revuelto”. En Casino Royal, Bond instruye al cantinero sobre la bebida de su invención. Los Bond posteriores empezaron a beber Bollinguer, Dom Perignon, coñac, montón de vodkas y hasta cerveza Heineken.
Es entretenido recordar cómo se salva Bond de tantas trampas de los malosos, gracias a los artefactos (una pluma con rayo laser, un revólver que dispara para atrás, un auto-submarino) que posee, o cuando el perverso Stravo le dice a Bond: “Me dijeron que fue asesinado en Hong Kong”. Bond le contesta: “Sí. Ésta es mi segunda vida”, y el villano sentencia: “Sólo se vive dos veces, míster Bond”. El divertimiento roza lo infantil cuando Bond (a Roger Moore le tocaron las escenas más jaladas de los pelos) escapa de una isla saltando sobre los cocodrilos que la rodean o cuando pone el automóvil en dos llantas para escapar por un callejón o un tráiler para esquivar un misil de mano.

Adiós, muñeca

Ya sabemos el eterno coqueteo que se trae Miss Moneypenny. Éste parece un amor escolar junto a los demás de Bond, pero, para empezar, a Moneypenny se parecen Pussy Galore (“bien centrada”), Solitaria y Tiffany (como diamantes diamantes), Mary Goodnight o Miss Trueblood, en el doble sentido de su nombre…, aunque no en su destino trágico. (Los malos se llaman Red, Domino, etc.).
En el escrito que llamó James Bond: Una combinatoria narrativa (1982), Umberto Eco dice que con Casino Royal (1953), la primera novela de Fleming, éste abandonó la novela policiaca tradicional para pasar a la policiaca de acción, bajo la evidente influencia de Spillane, de quien tomó por lo menos dos elementos característicos. Primero, “la joven, Vesper Lynd, inspira un amor lleno de confianza a Bond y se revela al final como agente enemigo. En una novela de Spillane, el protagonista (Mike Hammer) la hubiera matado; en cambio, en Fleming, la mujer tiene el pudor de suicidarse; pero la reacción de Bond ante el hecho es semejante a la transformación del amor en odio y de la ternura en ferocidad que encontramos en Spillane: “Murió la desgraciada”, dice por teléfono Bond y “así concluye el incidente sentimental”. Equivalente al “Adiós, muñeca”, que masculla el personaje de Raymond Chandler, antes de apretar el gatillo.
Eco propone un esquema común: 1) la joven es bella y buena; 2) sufre frigidez y es infeliz por la duras pruebas sufridas durante su adolescencia; 3) éstas la prepararon para servir al malo; 4) gracias a su encuentro con Bond ella realiza su propia plenitud humana; 5) Bond la posee pero termina perdiéndola.
Bond siempre “pierde a las mujeres ya sea por voluntad propia o ajena… En el momento en que la mujer resuelve la oposición con el malo para entrar con Bond en una relación purificador-purificada, salvador-salvada, ella regresa bajo el dominio de lo negativo. La pareja Perversión-candidez luchó mucho tiempo en ella”… Parece una virgen perseguida pero “también como la que resuelve el contraste entre raza elegida y mezclas de sangre no anglosajona, pues a menudo pertenece a una raza inferior”. Total que, “al terminar siempre la relación erótica por una muerte simbólica o real, Bond termina recobrando, lo quiera o no, su pureza de soltero anglosajón”.

Adiós neurosis

Dice Eco que Bond también “está obsesionado por una imagen: la de un japonés experto en códigos secretos ultimado por él a sangre fría en el trigésimo sexto piso” del Rockefeller Center (al que “usó como blanco desde una ventana del cuadragésimo piso del rascacielos de enfrente”), así como Mike Hammer “aparece constantemente atormentado por el recuerdo de un pequeño japonés muerto en la jungla durante la guerra”. ¿Diferencias? Mike agarra el asunto emotivamente, mientras James –con permiso para matar– acepta el caso aséptica y burocráticamente. Los dos están traumados, pero en Casino Royal Fleming y Bond “resuelven el problema sin recurrir a métodos terapéuticos; es decir, excluyendo la neurosis del universo de las posibilidades narrativas”.
En algún momento de crisis, un Bond perplejo pregunta a su colega Mathis si en verdad serán ellos combatientes de una causa justa. Pregunta más: “Cifra, el malvado que financiaba las huelgas de los obreros franceses, ¿no cumplía de veras ‘una misión admirable, verdaderamente vital, quizás la mejor de todas y la más elevada’? ¿Es verdaderamente tan tajante, tan reconocible la diferencia entre el bien y el mal, como dice la hagiografía del contraespionaje?”. Dice Eco que “en el momento mismo en que se interroga sobre la apariencia del diablo y en el que está listo para reconocer en el adversario a un ‘hermano separado’, James es salvado por Mathis:
“Cuando esté de regreso en Londres –le dice–, usted descubrirá que hay otros Cifras que tratan de destruirlo, de destruir a sus amigos y a su país”… Le recalca que ahora que conoce el mal, “irá en busca de los malos para destruirlos, para proteger así a los que ama y a usted mismo… Rodéese de seres queridos, mi querido James. Pero… no me decepcione volviéndose humano usted también. Perderíamos una maravillosa máquina”.
A partir de ahí “Bond abandonará los inseguros caminos de la meditación moral y del tormento psicológico, con todos los problemas neuróticos que podrían ocasionar”, y se transformará en una ‘buena máquina’… Ya no meditará sobre la verdad y la justicia, sobre la vida y la muerte sino en escasos momentos de tedio… pero sin dejarse invadir por la duda… Fleming realiza así, sin saberlo, una elección familiar para numerosas disciplinas contemporáneas: pasa del método psicológico al método formal”. La máquina funcionará sin fallas en las novelas siguientes y para Eco es la causa del éxito de la saga novelesca del 007. Ahora bien, ¿cómo funciona esta máquina narrativa?

La máquina narrativa

Para Eco, Fleming construye sus novelas sobre una serie de oposiciones que admiten cambios e interacciones. “Estas parejas constituyen invariantes alrededor de las cuales giran parejas menores que constituyen, de una novela a otra, variantes”. Y plantea la existencia de 14 parejas, bajo la advertencia de que “cuatro oponen cuatro caracteres según diversas combinaciones, mientras que las otras constituyen oposiciones de valores, diversamente representadas por los cuatro caracteres de base: Bond-“M”; Bond-el Malo; el Malo-la Mujer; la Mujer-Bond; el Mundo libre-la Unión Soviética; la Gran Bretaña-los países no anglosajones; Deber-Sacrificio; Codicia-Ideal; Amor- Muerte; Riesgo-Programación; Lujo-Privación; Naturaleza excepcional-Medida; Perversión-Candidez y Lealtad-Deslealtad. Estas variantes cubren “todos los hallazgos narrativos de Fleming”.

La máquina imperialista

Bond depende de M, que posee toda la información del caso de que se trate. En M “se suman otros valores tales como la religión del deber, de la patria (Inglaterra) y del método”. “M representa la Medida, entendida como valor nacional” inglés. M instruye a Bond para pelear contra el malo y “la oposición pone en juego diversos valores…: “Bond representa belleza y virilidad frente al malo que se presenta como monstruoso e impotente”. Ora bien, Eco plantea la existencia de personajes secundarios que significan variantes de los más malosos. Carecen de valores y para saber que también son muy malos basta su facha: negros, pálidos o pelirrojos, tienen enormes cabezas, carecen de pestañas o cejas y tienen ojos tan separados “que no se les podía mirar a ambos al mismo tiempo”. Hay jorobados pelirrojos “con ojos prestados por un taxidermista” y casi sin cuello, y rostros color marfil con mandíbulas “prominentes y sin piedad”. Feísimos y grotescos Hugo Drax, el coreano Oddjob y Stravo Blofeld –un pelón sin orejas, ojos asimétricos y expresión de hipocresía, tiranía y crueldad “a un nivel shaquespereano”. Goldfinger mide menos de metro y medio, es rechoncho y con “su gran cabeza redonda” encajada entre sus hombros daba la impresión de que “había sido formado por el ensamble de partes pertenecían a varias personas”.
La fisonomía de los malos va a las parejas de sus características raciales y biográficas: “El malo –apunta Eco– nace en una zona étnica que va de Europa central a los países eslavos y al Mediterráneo. Generalmente tiene mezcla de sangre y sus orígenes son complejos y oscuros. Es asexuado u homosexual; en todo caso, sexualmente no es normal”… Inteligente, inventivo, ambicioso, rico a base de robos o trampas, suele trabajar para Rusia y emprender una guerra que pondrá en grandes problemas a Inglaterra o al “mundo libre”. “La figura del malo reúne de hecho los valores negativos que habíamos identificado en algunas parejas de oposiciones, en particular en los polos Unión Soviética y países no anglosajones (la condena racista recae particularmente sobre los judíos, los alemanes, los eslavos y los italianos), la codicia elevada al rango de paranoia, la programación como metodología tecnificada, el lujo satrápico, la naturaleza excepcional física y psíquica, la perversión física y moral, la deslealtad radical”.
Entre los malos abundan los de sangre negra, china, alemana, polaca, prusiana, etcétera y judía, y todos trabajan contra Inglaterra y para Rusia o para la ecuación Comunismo-Nazismo.
En una tregua de la Guerra Fría, Rusia dejó de ser el enemigo habitual y Stravo fue sustituido por Espectro, representante de elementos eslavo-latino-alemanes, de los métodos de tortura e intimidación y de odio acérrimo contra las potencias del mundo libre.
Desde luego, “a las características típicas del malo se oponen las cualidades de Bond, en particular la lealtad al servicio, la medida anglosajona opuesta a la naturaleza excepcional de la mezcla de sangres, el hecho de elegir la privación y de aceptar el sacrificio y no el lujo ostentado por el enemigo, el golpe genial (riesgo) que se opone a la fría programación y que triunfa sobre ésta, el sentido de lo ideal opuesto a la codicia”… El ánimo impulsivo de Bond y la programación y el método se oponen y “es precisamente esta dialéctica la que hace fascinante al personaje, porque no es absolutamente perfecto” (como lo son los malos). “Deber y sacrificio aparecen como elementos de una lucha interna cada vez que Bond sabe que tendrá que hacer fracasar los planes del malo arriesgando la vida y, en esos casos, triunfa el ideal patriótico (Gran Bretaña y el mundo libre)”.
Fleming fue acusado de macartista y fascista, de anticomunista, de violento y racista. Lo mismo resulta anticomunista, que antinazi y antialemán. “No es que sea reaccionario en un caso y demócrata por el otro. Simplemente es maniqueo por cuestiones de comodidad”, aclara Eco, ya que para él Fleming “nunca va más allá del racismo ramplón del hombre común”, pues es probable que no caracterice a sus personajes “como consecuencia de una decisión ideológica, sino por pura exigencia retórica”.
Como es pozoleramente imposible glosar todo lo que el autor de El nombre de la rosa descubre eco respecto a la mecánica de Bond, me apuro a archisintetizar: M vence a Bond, Bond vence al malo, el malo vence a la mujer (aun cuando Bond vence primero a la mujer), la muerte vence al amor, la medida vence a la naturaleza excepcional e Inglaterra vence a los países “impuros”.
Ese es el cincuentañero Bond que vimos bajar en helicóptero en la inauguración de los Juegos Olímpicos celebrados este año en Londres, justamente junto a la reina. Reyes y personajes de novelas y películas racistas aplaudiendo a deportistas no anglosajones, como si Hitler, en vez de negarse a felicitar a Jesse Owens, le diera hipócritas palmaditas a Jesse Owens. Ora sí que Bond, la reina y el imperialismo inglés ya ni la risa perdonan.

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