Crónica: en su último día como presidente recibe quejas en demanda de trabajo
Ernesto Núñez / Agencia Reforma
Ciudad de México
En la agonía del calderonismo, un hombre alcanzó a inconformarse con el presidente, justo en el momento más emotivo del discurso que pronunciaba en el último de sus eventos públicos.
“¡Queremos trabajo!”, le gritó el obrero desde las últimas filas de un improvisado auditorio montado entre los jardines del Parque Bicentenario, en la ex refinería de Azcapotzalco.
Felipe Calderón leía el último párrafo del discurso de seis cuartillas con el que selló su administración cuando el desempleado -un hombre moreno que de inmediato fue retirado por guardias del Estado Mayor Presidencial- interrumpió a quien se supone que iba a ser, vaya paradoja, el presidente del empleo.
El michoacano no se percató del grito lanzado a más de 20 metros de distancia, y continuó leyendo, elevando la voz: “Ya como ciudadano, ese noble título que recuperaré, un simple ciudadano a partir del día de mañana, quiero decirles que seguiré siempre sirviendo a la patria, apasionadamente, hasta que llegue el final de mis días”.
“Hasta pronto, querido México”, remató.
Calderón hablaba ante decenas de niños de las escuelas Petroleros Mexicanos y Magisterio Mexicano que fueron sacados de sus salones de clases para adornar el último evento del sexenio en un parque de 55 hectáreas.
Detrás de los infantes, en las últimas filas del sillerío, fueron ubicados algunos trabajadores del nuevo parque, y un grupo de “espontáneos” vecinos de Iztapalapa que visitaban el lugar y fueron invitados a llenar el evento a Calderón. De entre ellos surgió el grito de protesta contra el presidente que no fue el del empleo.
En su última entrega de obra pública, Calderón se hizo acompañar de su esposa Margarita Zavala, de su hijo Juan Pablo y del titular del Medio Ambiente, Rafael Elvira, uno de los seis que aguantaron todo el sexenio a su lado.
Frente a ellos defendió su obra, aseguró que puso toda su voluntad y sensatez, y justificó sus errores con una frase: “Sé que hubo muchas cosas que pudieron haberse hecho de manera diferente o de mejor manera”.
La frase sonó hueca en medio de un parque que conmemora el Bicentenario de la Independencia e inaugurado con dos años de retraso.
A punto de convertirse en ex presidente, Calderón dedicó 35 párrafos a autoelogiarse y dar las gracias a sus colaboradores, a Dios, a Margarita, a la vida y a la patria.
Ni una palabra dedicada a las víctimas de la violencia, a los más de 50 mil muertos, a los desaparecidos, desplazados o torturados durante la guerra contra el narcotráfico que, hace seis años, declaró apenas llegó a Los Pinos.
Comer en La Hondonada
Un enorme cuadro de Morelos descansa en la banqueta de la Calzada Molino del Rey. Envuelto en plástico de burbujas, reposa a la espera de que un empleado de Los Pinos lo suba en una camioneta cerca de la Puerta 1 de la casa presidencial.
Por todas las puertas se ven trabajadores sacando cajas, unas con libros, otras con fotos, algunas más con botellas de vino.
Hasta una caminadora forma parte de la mudanza. Hay que vaciar la casa Miguel Alemán que albergó oficinas durante el panismo, porque Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera la usarán de residencia.
Los Pinos huelen otra vez a Priato y, en su agonía, el equipo panista celebra una última comida en el jardín de La Hondonada.
Una empresa de banquetes ha montado 15 mesas alrededor de la mesa que preside Calderón y su esposa, acompañados de Fausto Barajas, subsecretario de Infraestructura; Alexis Milo, comisionado de Cofetel y ex coordinador de asesores; el ex secretario particular Luis Felipe Bravo Mena; el ex titular de la PGR, Arturo Chávez, y el ex Secretario de la Reforma Agraria, Abelardo Escobar.
Ninguno de los integrantes grupo compacto se sentó en la mesa principal.
Incluso algunos de los más conspicuos miembros del pequeño círculo con el que Calderón planeó el arribo a Los Pinos brillan por su ausencia. No está su cuñado Juan Ignacio Zavala, su amigo Germán Martínez ni su ex vocero, Max Cortázar.
De aquella pequeña cofradía sólo están Ernesto Cordero, Aitza Aguilar, Alejandra Sota y un barbado César Nava, quien, acompañado de su esposa Patylú, pasa desapercibido en la comida de los ex: entre ellos, Roberto Gil, ex particular; Rodolfo Elizondo, ex Secretario de Turismo; Alberto Cárdenas, ex Secretario de Agricultura; Luis Téllez, ex titular de Energía; Fernando Gómez Mont, ex de Gobernación; Eduardo Medina Mora, ex Procurador; Georgina Kessel, ex titular de Energía; Beatriz Zavala, ex de Sedesol…
La lista es larga en un gabinete que experimentó 26 cambios en seis años.
El panismo está en retirada y, en la despedida, Alberto Cárdenas, uno de los primeros panistas que ganó una Gubernatura (Jalisco, 1994), dice que ya es tiempo de que su partido deje de hablar de calderonismo o foxismo, y vuelva a unificar a toda su tropa.
Margarita no pierde la oportunidad de hablar por última vez en Los Pinos. Es la encargada de dar la bienvenida a la pléyade de panistas, hoy todos ex funcionarios.
A media comida habla Calderón. Emocionado, la voz entrecortada al dar las gracias a quienes durante seis años promovió, regañó, ninguneó y a veces hasta maltrató.
Les agradece el aguante y les conmina a construir una nueva vida.
Para que no lo olviden, cada invitado recibe un libro gordo, empastado y con una foto de Calderón en la portada, titulado La Voz de los Hechos.
Contiene un compendio de los mejores discursos del michoacano.
Contra la costumbre del sexenio calderonista, ayer no hubo tequila ni whisky, ni cantó el mariachi de la Secretaría de Marina. Sólo se sirvió vino de mesa.
Y al final, los ex se retiran a bordo de sus camionetas blindadas.
Cena en Palacio
Calderón culmina su última jornada como Presidente en el Palacio Nacional.
Encabeza una cena de honor en el Salón Tesorería, que luce su arquitectura ante un centenar de extranjeros, miembros de las delegaciones invitadas para la asunción de Peña Nieto como Presidente de México.
La cena es a la vez una bienvenida al nuevo régimen.
Y en ella Felipe aparece con la banda presidencial terciada al pecho por última vez. Su mujer luce un vestido largo.
Aprovecha su último discurso de poco más de diez minutos para presumir a los visitantes extranjeros el país que hereda a Peña Nieto.
Habla de democracia plena, libertad de prensa, cobertura universal de salud, educación primaria asegurada para todos los niños, obras de infraestructura, tasa de desempleo de 5 por ciento, crecimiento económico… No habla de seguridad ni mucho menos de violencia. No hay un parte de guerra final.
Cita su poema favorito, el de Ítaca, que habla de que lo mejor no es llegar al destino, sino el viaje en sí mismo.




