Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Crónicas del pasado

El Partido de Acapulco

En su calidad de contador real de Acapulco, don Pedro Vázquez ordena en los albores del siglo XVI la actualización del Partido (Distrito) de Acapulco y seis meses más tiene en sus manos el resultado.
Acapulco se extiende 22 leguas al norte, 18 al este y 14 al noreste. Limita al norte con Chilapa, al noreste con Tixtla y al noroeste con Zacatula.

El Cerro del Teconche

El escribano real Juan de Solana recita un florilegio poniendo por las nubes al virrey de la Nueva España. Y es que a su nombre entrega la falda del cerro de El Teconche para que varias docenas de acapulqueños construyan sus viviendas. Ninguno de aquellos le pone la menor atención por estar empeñados en levantar sus chozas de palapa.
El nuevo barrio se levanta en el cerro de La Mira (así llamado por avistarse desde ahí la entrada de embarcaciones a la bahía, avisándose con sonidos de campanas si aquellas vienen en son de paz o representan una amenaza para la ciudad). Se le bautiza con el nombre de El Teconche por estar poblada el área con árboles de ese nombre, también conocidos como tecomates.
La nueva comunidad es vecina de otra denominada La Poza y se comunica con la plaza principal y la parroquia de Nuestra Señora de los Reyes (hoy La Soledad) con una vereda recta y empinada (hoy Independencia). El Rincón, hoy La Playa, es el tercer barrio de la época.

Empedrado de calles

Ante el júbilo de la población, el alcalde mayor de Acapulco, Juan de Zalaeta (1674), anuncia el empedrado de la calzada de Los Amates (Morelos y Carranza), que comunica el Fuerte de San Diego con la Plaza de Armas (Alvarez).
Detalla la primera autoridad municipal que en la obra se utilizará piedra bola de río y que la mano de obra estará a cargo de la milicia de mulatos de Acapulco. La misma que ejecuta la limpieza diaria del puerto.

Monsieur Cotaux

El viajero francés Bernard Cotaux es presentado atado de pies y manos ante el comisario del Santo Oficio en Acapulco, don Andrés Sánchez de Covarrubias. Se le acusa de lapidar el sagrado símbolo de la cruz.
Habría ocurrido ello al pasar monsieur Cotaux por un lugar de veneración para los viajeros, localizado en el actual poblado de Las Cruces. Ahí, en efecto, dos grandes cruces de madera pendían de una roca enorme haciendo de ese lugar un santuario. Ante él, los viajeros rezaban pidiendo un camino sin asaltos o bien agradecían haberlo tenido. Las velas siempre ardientes y las flores frescas nunca faltaban.
El francés Cotuax pasa por allí procedente de la ciudad de México y le parece grotesco aquél adoratorio y sin más empieza a lanzarle piedras hasta lograr desprender una de aquellas cruces. Indignado, un albañil que recogía varas para un bajareque derriba de un puñetazo al sacrílego, lo ata y lo entrega a la autoridad.
Un año más tarde –20 de julio de 1712–, el tribunal del Santo Oficio abrirá la causa del francés pero sólo para ordenar su expulsión de la Nueva España. Frente a él, el comisario Sánchez de Covarrubias, le advertirá:
–¡Si vuelves por Acapulco te mando directo a la hoguera, cabrón.

Muerte súbita

Muerte súbita del capitán Antonio Rojas luego de amarrar su galeón bautizado como Nuestra señora de la Guía, Santo Cristo de la misericordia y San Francisco de las lágrimas.
Murió de vergüenza, concluirá la marinería y tal vez con razón.
Y es que el capitán Rojas había caído sin vida al ser notificado del descubrimiento de un contrabando de sedas chinas con valor de 200 mil pesos. Funcionarios y empleados de la Aduana virreinal no lamentan el deceso, por el contrario lanzan hurras por lo que a ellos tocará del referido contrabando.
En efecto, un decreto del rey de España disponía el reparto de los contrabandos entre sus diversos actores: 50% para la hacienda Real; 25 por ciento para el juez de la causa y el 25 por ciento restante para el castellano y los oficiales reales. Una práctica subsistente hoy mismo.

Doña Petra Guinto

La mulata Petra Guinto, quien había sido ama y señora de cocinas sin tizne de alcaldes y recaudadores, atendía hoy su propia fonda. Se localizaba en el centro del puerto y su clientela habitual era tan diversa como glotona. Marineros españoles, filipinos, chinos y peruanos, monjes barrigones, comerciantes novohispanos y gente del puerto.
Petra, como todas las cocineras de Acapulco, conocía el régimen alimenticio seco, salobre y rancio al que estaban sometidos los marinos durante travesías de varios meses. Por ello procuraban recibirlos con caldos humeantes, pescados a la talla, pipianes y carne de cuche entomatada. No faltaban el pozole, las cucuchitas asadas, la cecina de venado con salsa de chile cuaresmeño y sin faltar las tortillas de mano.
Para los marinos orientales resultaba una auténtica bendición encontrarse con porciones generosas de arroz hervido o morisqueta. Su combinación con frijoles negros y queso fresco inaugurará una costumbre gastronómica hoy cotidiana aquí y en la Costa Grande. El agua fresca de tamarindo endulzada con miel de tuna saciaban la sed más intensa y los mangos de Manila eran postre de reyes.
Para turistas en busca del exotismo de la cocina autóctona, doña Petra ofrecía una carta amplia y deliciosa. Los saltamontes fritos con cebolla y ajo servidos con salsa de chiles secos; las hormigas chicatanas con salsa de chile pajarito; las chicharras de guamúchil revueltas con huevo y servidas en hojas de aguacate; las larvas de caballitos del diablo (anenextli) con guarnición de guajes (tepolchichic); las orugas de mariposas, los gusanos xinicuiles y los camarones acociles.
¡Buen provecho!

Manzanillo

Don Diego de Escobar, rico comerciante de la capital virreinal, es acosado por la familia para viajar a la Feria de Acapulco. Él se defiende como gato boca arriba argumentando que los negocios van de mal en peor y culpa de ello a las alcabalas del virreinato.
Será finalmente la señora de Escobar la que diga la última palabra: vamos a Acapulco pero no viajaremos por tierra exponiéndonos a todos los peligros conocidos, lo haremos por mar y para ello viajaremos antes al puerto de Manzanillo. Dicho y hecho.
Corre el año de 1663. La barcaza en la que viajan los Escobar penetra a la bahía de Acapulco, dirigiéndose al punto habitual de atraco. Grandes y chicos lanzan voces de alegría por haber consumado la hazaña. Don Diego advierte el gran parecido de la bahía colimense con la ensenada de arribo y entonces bromeará con los suyos:
–¡Salimos de Manzanillo y llegamos a otro Manzanillo!—
Desde entonces, la playa de desembarco de los Escobar lleva tal nombre. Por cierto una playa lastimosamente perdida.

Veneno

Hay cronistas que rechazan la sencilla anécdota que da nombre al hoy deshuesadero de embarcaciones. Para ellos, el sitio estaba en realidad poblado de un árbol llamando precisamente manzanillo, exterminado finalmente por sus frutos venenosos.
Exageraban, seguramente, quienes advertian que quien dormía bajo un manzanillo no despertaba jamás.
Hay para escoger.

Cotita

El 6 de noviembre de 1658 se cumple en la capital de la Nueva España la sentencia dictada por el tribunal del Santo Oficio contra 14 varones encontrados culpables del delito de sodomía. Por minoría de edad, un décimo quinto recibirá únicamente 200 azotes para luego cumplir una sentencia de seis años en galeras.
El suceso es narrado por un cronista viajero ante un público expectante, reunido en la plaza principal del puerto.
La mañana de aquel día, la Metrópoli se concentra morbosa en la ruta que lleva al “brasero de San Lázaro”. Atestigua burlona y soez el paso de una cuerda formada por doce aterrorizados mocetones –indios y mulatos–, y dos adultos –un español seco, de piel blanquísima y el otro mulato sobrado de carnes–. Todos van ensogados por el cuello y los tobillos.
El mulato gordo encabeza la procesión quizás por ser el “alcahuete mayor”. Sus pupilos lo llamaban “señora Grande”, mientras que para su numerosa clientela era Cotita, Cotita de la Encarnación. Su nombre verdadero era Juan Gallardo de la Vega quien resulta ser, de acuerdo con las actas del proceso, el precursor de un sistema de comercio carnal entre varones penado entonces con la muerte. El sapientísimo Fray Bernardino de Sahagún reservaba para ellos adjetivos como “ abominables, nefandos, detestables”.
Camino a la muerte crudelísima, los 14 sométicos (contracción de la palabra sodomita), marchan como autómatas sin alzar la vista en ningún momento, todos lloran menos Cotita. Visten sanbenitos (sacos de paño amarillo con cruces encarnadas al frente y atrás) y llevan en la mano un enorme cirio color verde, apagado.
– ¡Cuiloni, cuiloni, cuiloni!– – gritaba la multitud enardecida, presta a la befa y el escarnio.
Cuiloni quiere decir exactamente lo que el lector está pensando. Si hemos de creerle al maese Bernal Diaz del Castillo, con tal grito surgido de miles de gargantas fueron correteados los soldados españoles, la noche en la que dicen que Cortés lloró como vil cuiloni.
La ceremonia del Santo Oficio terminará en San Lázaro a eso de la 8 de la noche, mientras que los cuerpos seguirán ardiendo hasta el amanecer atizados los fogones por los alguaciles del Tribunal, en medio un interminable jolgorio popular.
Cotita y sus pupilos habían hablado hasta por los codos al ser sometidos a crueles tormentos, hoy mejorados por la policía mexicana. Revelarán los nombres de medio centenar de clientes habituales relacionados con el poder virreinal e incluso dos tres bizarros generales del rey. Los legajos del proceso también arderán.

Virgen De Paz y Salud

Michoacano con residencia acapulqueña de varios años, don Felipe Espinoza se dedica a comerciar con vinos que transporta a lomo de mula desde la capital novohispana.
Hombre devotísimo, asegura el éxito de su negocio a la veneración que profesa a a Nuestra Señora de la Salud de Pátzcuaro, cuyas bendiciones se propone compartir con católicos de otras latitudes.
Sin comentarlo con nadie, Espinoza descuelga de la cabecera de su cama una imagen religiosa pintada especialmente para él. La envuelve amorosamente en varios lienzos para luego dirigirse al muelle de la Nao de Manila. Sabe que ese día zarpará una embarcación y que no faltará entre sus pasajeros algún fraile mexicano. Lo encuentra y le entrega su virgen michoacana con la súplica de colocarla en algún templo de Manila.
–Para qué llene de bendiciones a esa gente tan necesitada–, aboga.
La encomienda la recibe Fray Pedro de las Llagas, quien viaja con cuatro frailes de su congregación para participar en la evangelización de Oriente. El monje habrá de cumplir religiosamente el encargo del vinatero mexicano.
Hoy mismo hay un hecho cierto relacionado con aquel envío. Miles de filipinos adoran a la virgen de la Salud de Pátzcuaro –en su advocación de N.S. de la Paz–, con el mismo fervor que Felipe Espinoza en el siglo XVI acapulqueño.

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