Silvestre Pacheco León
Viaje a Zihuatanejo
Al puerto lo conocía de plática. Mi hermano el mayor fue hasta Zihuatanejo en una excursión de su escuela casi al principio de la década de los sesenta. De regreso al pueblo llegó deshidratado porque se hizo el bueno cruzando a nado una laguna que cada vez se le hacía más larga. Nunca supe si su proeza fue en la laguna de Las Salinas o en la de Potosí, pero lo que no se me olvida es la emoción con la que platicaba de la vegetación exuberante y el agua por doquier donde los peces volaban de alegría al lado de las pangas.
Palmira, mi esposa, de niña, también había visitado aquel lugar con una de sus tías, cuando era más seguro y fácil llegar en avioneta. Me recreó las tardes apacibles del pueblo de pescadores y de la playa de Las Gatas vista en lontananza desde el cerro de La Madera, donde doña Helene (una norteamericana que conocí después, quien fundó y heredó a sus hijos la conocida y ejemplar Sociedad Protectora de Animales de Zihuatanejo) le servía a su tía una taza de café mientras a ella la agasajaba con una rebanada de pastel hecho de especias.
Con esos antecedentes sobre mi destino inmediato era más la alegría por conocer la costa que mi pesar por dejar la ciudad que me alojó por 10 años.
El viaje lo hicimos por Michoacán un día de septiembre de 1979. Para abrir la oficina de la Comisión de Conurbación en Zihuatanejo venía a la cabeza del grupo mi amigo Federico Novelo como responsable del área económica y social del organismo de planeación regional. Irma Plaza, la otra compañera de viaje, era parte del equipo de arquitectos responsables del desarrollo urbano. Junto con Elsa Laurelli llegaron de Argentina como parte del grupo de exiliados que Cuauhtémoc Cárdenas apoyó cuando la dictadura militar de aquel país se ensañaba contra la intelectualidad de izquierda.
El estado de Michoacán fue para mí una revelación por su riqueza cultural y variedad de paisajes. Hasta los tonos de verde eran una gama. En mi paso por los grandes lagos de la Meseta Tarasca conocí los colores que guarda la tierra en sus entrañas con los que luego pinta el agua.
El camino era largo y sinuoso hasta el puerto de Lázaro Cárdenas a donde entonces sólo era posible llegar cruzando la Sierra Madre del Sur en su parte más seca y calurosa.
Recuerdo que en cuanto vi el extendido listón azul del Océano Pacífico me olvidé del calor abrazador de la zona del Infiernillo, pero luego fue inevitable el sofoco por el cambio de altitud y de clima al llegar a la planicie costera.
El puerto industrial de Lázaro Cárdenas tenía la particularidad de ser eminentemente de hombres. Cientos de obreros saturaban las calles del centro a toda hora. El otro contraste visible era el hacinamiento en que vivían en el rumbo de Las Guacamayas, comparado con el fraccionamiento donde vivían los ejecutivos, conocido como La Orilla.
Al otro día después del almuerzo enrumbamos hacia la costa guerrerense.
El único paso terrestre en la costa para ir de Michoacán a Guerrero era por la cortina de la presa José María Morelos, popularmente conocida como La Villita. Aquel día el Balsas había saturado el vaso de la presa, por eso tuvimos la suerte de admirar la caída en torrente de millones de litros de agua liberados por el vertedor que diseñó el ingeniero Heberto Castillo.
Un poco más allá de la presa, ya en terreno guerrerense, está el pueblo de Las Tamacuas, convertido en el burdel de los lazareños cuando en el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas se prohibió la venta de alcohol en el estado.
La carretera de Lázaro Cárdenas a Zihuatanejo estaba cortada en varios tramos como efecto de una lluvia huracanada ocurrida el día anterior. Los hoyancos y baches que abundaban nos permitían fijarnos más en la verde vegetación salpicada de huertas de palmeras y de algunos cultivos anuales de maíz y ajonjolí.
Después de hora y media de viaje entroncamos la carretera que nos condujo al moderno balneario de moda. Ixtapa me sorependió con sus gigantescos hoteles ocultando el azul del mar. Los jardines impecables eran como de otro país. Sólo después de un rodeo llegamos por fin a Zihuatanejo bajando por el cerro del Limón.
El primer atractivo del puerto era el conjunto de edificios blancos con techo de teja levantados entre una huerta de palmeras. No eran casas del común de la gente. Eso lo averigüé después. Se trataba de las oficinas del Seguro Social edificadas para la capacitación de la población local, y del fideicomiso encargado de la urbanización del crecimiento ordenado de la ciudad.
Nuestra llegada fue directamente a la oficina de la comisión de conurbación, ubicada frente a la sede de la capitanía de puerto, a unos pasos del muelle fiscal de Zihuatanejo.
Luego de las presentaciones de rigor con los encargados de la oficina atendimos la recomendación de comer en una enramada de la playa de La Ropa. El agua de la bahía estaba revuelta pero eso no fue obstáculo para meternos a nadar, porque así lo pedía el calor pagajoso y el rito de comenzar una vida junto al mar.
La primera noche la pasé en la Casa Aurora, en el centro del pueblo. De camino al aeropuerto para despedir a mis compañeros que regresaban a México volvió a llover y con la lluvia se fue la luz. Esa era una costumbre en la temporada de lluvias, igual que el cierre de las transmisiones de XEUQ que finalizaban a las 7 de la tarde.
La vida activa de Zihuatanejo no cesaba hasta tarde. Muchas tiendas para toda clase de gustos y gastos eran propiedad de empresarios que llegaron como empleados de alguna dependencia y tuvieron la visión de emprender.
Después de mi primera noche en la hospedería del centro conseguí para vivir un pequeño bungalow camino a la playa de La Ropa. Tan cerca del mar que las primeras noches despertaba sobresaltado por el rumor, a veces suave, a veces agitado del mar.
Todas las mañanas caminar el andador Paseo del Pescador era un deleite para ir a la oficina. Primero pasaba el estero de La Boquita que tenía como vecino el rastro municipal, muy cerca del museo de la Costa Grande. En aquellos años funcionaban en su edificio las oficinas federales de Pesca, Hacienda, y Correos.
El palacio municipal estaba a un costado de la plaza principal, junto a la cancha de básquet y tenía la playa principal como vecindad. Más adelante eran las viejas edificaciones costeñas que sobrevivieron a la modernidad con sus corredores mirando a la bahía.
En el muelle la actividad comenzaba desde temprano y durante todo el día uno podía ver hasta el cansancio el ir y venir de los pescadores. Ora avituallando sus embarcaciones para salir a la pesca, ora llevando el producto de la pesca hasta el mercado.
Frente al palacio municipal estaba la gasolinera de don Salvador Espino, un viejo que además de haber sido presidente del comisariado ejidal de Zihuatanejo llegó a ser presidente municipal.
La cárcel era un cuartucho detrás del palacio municipal resguardado por la comandancia. Allí llegaban todos los fines de semana las camionetas de redilas que daban el servicio de transporte a los poblados de la sierra.
En la calle Cuauhtémoc, junto al cine Janeiro, que funcionaba sin techo, estaba el único café con aire acondicionado. Su dueño era el capitán del aeropuerto.
En los primeros días de vivir en Zihuatanejo recuerdo que se conoció el rumor salido de la oficina del Fonatur sobre un posible tsunami que inundaría la ciudad.
Entonces cundió el pánico y la gente corría rumbo al cerro Viejo buscando sus alturas. Cuando llegué a la oficina, mi compañera Olga que era la administradora se afanaba pegando cinta masking tape en las ventanas para prevenirlas de la fuerza destructora de las olas. Dejó de hacerlo hasta que llegó su marido Agustín, ex director del Fibazi, quien le explicó la inutilidad de su medida si la amenaza del tsunami era cierta “porque sus olas son de 15 metros” decía acongojado para llevarse a su mujer.
Ante tanta gravedad que asumían en sus acciones aquellos citadinos que me aventajaban en la experiencia de la vida costeña, decidí cerrar la oficina y me fui precisamente a la orilla del mar sin dejar de estar atento a lo que se decía por la radio.
Lo que sucedió después es digno de contarse porque forma parte del realismo mágico. En un momento suspendieron la programación de la radio para dar paso a una noticia importante. Estaba nada menos que en la cabina de la estación el ex presidente municipal Gumesindo García, un señor oaxaqueño que se había desempeñado como mozo en la bodega de los transportes Figueroa. Dicen que era tan servicial con su patrón Figueroa, el viejo, que éste no pudo negarle la petición a su sirviente de hacerlo presidente municipal.
Don Gumesindo ya había sido presidente entonces y se sentía todavía con autoridad porque seguía sirviendo a Rubén Figueroa Figueroa que era el gobernador del estado.
“Sólo para decirles que acabo de hablar con el gobernador del estado quien me ha dado su palabra de que no habrá tsunami, que todos pueden estar tranquilos”. Eso dijo, y todo volvió a la normalidad.




