Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Raymundo Riva Palacio

ESTRICTAMENTE PERSONAL

* Jennifer

El 11 de julio de 2008 el gobierno mexicano recibió una notificación que había causado alerta roja en Estados Unidos, cuyo gobierno trasladaba su alarma a México. Felipe, como denominaron a un testigo protegido que tenían en Washington, les había informado que por instrucciones del Cártel de los Beltrán Leyva había infiltrado la Embajada de ese país en México y que había recibido 50 mil dólares mensuales de un abogado que dijo llamaban El 19 –porque le faltaba un dedo de la mano–, que junto con otro abogado, José Antonio Cueto López, eran los enlaces de los Beltrán Leyva con la Subprocuraduría Especializada en Investigaciones contra la Delincuencia Organizada.
Jennifer, que hace tiempo fue identificado públicamente como Roberto López Nájera, no vive en México. Desde que la DEA descubrió y contuvo la infiltración en su Embajada en México, que fue la mayor ruptura de seguridad interna por parte de un cártel de drogas en su historia, lo trasladó a Estados Unidos de donde no ha salido. Jennifer se convirtió en poco tiempo en el testigo protegido estrella en Washington, que durante cuatro años aportó sus dichos para detener a jefes policiales federales y estatales, militares y políticos. Fue el principal testigo de la Operación Limpieza, en donde estuvo involucrado Felipe, y quien aportó todo el racimo de nombres de la narco política mexicana que pintó a México de un Estado fallido.
Su apodo vuelve a estar en el centro de la discusión pública porque este lunes la PGR informó a un juez que no tiene pruebas que corroboren los dichos de Jennifer que llevaron a la cárcel hace ocho meses al general retirado, ex subsecretario de la Defensa, Tomás Ángeles. La acción de la PGR no pone en libertad al general, pero lo coloca en esa ruta, junto con otros militares implicados en el caso donde presuntamente trabajaban para los Beltrán Leyva, que durante una buena parte de la década pasada controlaron el narcotráfico, a plomo y sangre, en Guerrero, Morelos y el aeropuerto internacional de la ciudad de México.
Jennifer fue el testigo sobre el cual el gobierno de Felipe Calderón montó todas sus purgas dentro de la PGR y cimbró las estructuras en Los Pinos. En 2008 acusó al mayor Arturo González Rodríguez, que se decía sobrino del ex secretario de la Defensa, el general Antonio Riviello, de pasar información a los Beltrán Leyva de los movimientos del presidente Calderón y de las medidas de seguridad en su entorno del Estado Mayor Presidencial. El mayor sigue preso, pero otra persona a la que acusó de recibir dinero del mismo cártel, fue recientemente puesta en libertad.
Se trata de Beatriz Elena Veramendi, que trabajó en la SEIDO y más adelante fue contratada por la Embajada de Estados Unidos. Veramendi fue detenida el 12 de diciembre y cinco días después, el nuevo procurador Jesús Murillo Karam levantó el arraigo –por lo que recuperó su libertad–, en el principio de un nuevo criterio judicial sobre qué tanto peso tendrían los testigos protegidos. Veramendi no era una figura menor. En 2008 fue secretaria particular de Noé Ramírez Mandujano, quien era el jefe de la SEIDO durante la Operación Limpieza, y quien aún se encuentra preso, en un largo proceso judicial donde ha ido derrotando a los abogados del gobierno y no sería extraño que también recuperara su libertad.
La poca fiabilidad de Jennifer, a decir de todos los casos que se están cayendo que fueron sustentados en sus dichos, pone en entredicho su validez como testigo protegido, y lleva a preguntarse dos cosas. La primera es por qué la PGR confió tanto en él, que sólo podrá entenderse si se conocen sus motivaciones. Para esto, la ex procuradora Marisela Morales tendría que explicarlas, ya que fue ella quien más lo usó. La segunda es qué persiguió la DEA con él y cuál fue el beneficio. Jennifer fue un arma a la cabeza de México, utilizada por Calderón sí, pero que contribuyó al descrédito de un país bajo el disfraz de la guerra –que fue real– contra el narcotráfico y a la subordinación de su gobierno a Estados Unidos. De esto, sin embargo, nunca sabremos las razones.

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