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Federico Vite

Afilemos la navaja

James Baldwin, uno de esos escritores que llevaron vida de activista político, brindó varios libros que fueron acogidos por la li-teratura en mayúsculas. Este cu-rioso espécimen de las letras, nacido en al fragor del Harlem en los 1920, se dedicó a denunciar las discriminaciones por raza y sexualidad en Estados Unidos.
El caballero inició su carrera li-teraria con la novela Ve y dilo en la montaña (publicada en 1953), una obra autobiográfica en la que este morenazo se encarga de mostrar cuál es la relación y la influencia que la Iglesia católica tiene en las comunidades afroamericanas; por supuesto, el racismo es el telón de fondo de este libro que se tradujo al castellano en 1972 por la editorial barcelonesa Lumen. Algunos de estos ejemplares aún pueden conseguirse en los tianguis itinerantes de libros que llegan a los zócalos de diversas plazas de Guerrero.
La novela de la que hoy hablamos, contextualizada en los 30 del siglo XX, narra la historia de John, joven afroamericano del Harlem, criado por su madre Elizabeth y el predicador Gabriel, padre legal de John, hombre estricto y ofensivo. La filosofía religiosa de Gabriel es dura pero necesaria para obtener la salvación mediante la fe en Jesús. John odia a su padre y sueña con herirlo o matarlo y escapar corriendo. Los personajes son miembros de la iglesia del Templo del Fuego Bautizado, ubicada en Harlem.
Baldwin fue la voz literaria de los negros norteamericanos durante las luchas civiles de los 60, pero nunca dejó de lado las emociones que prodigaba por sus padres (un predicador fanático y autoritario, unido a una mujer cuya ocupación principal era tener hijos), sensaciones que fungieron como motor literario para otros textos. Por ejemplo, el ensayo Apuntes de un hijo de la tierra, donde Baldwin confiesa algunos aspectos de su credo vital: “El 29 de julio de 1943 mi padre murió. El mismo día, unas horas después, nació el último de sus hijos. Durante el mes anterior, mientras esperábamos el desenlace de estos acontecimientos, había tenido lugar en Detroit una de las más sangrientas revueltas raciales del siglo. Unas cuantas horas después de la ceremonia fúnebre de mi padre, cuando su cuerpo aguardaba en la capilla, un motín racial se desató en Harlem […] El día del funeral de mi padre cumplí 19 años. Lo llevamos al cementerio entre despojos de injusticia, anarquía, descontento y odio. Me parecía que Dios mismo había orquestado, para conmemorar el fin de la vida de mi padre, la más sostenida y brutalmente disonante de las obras. Y me parecía también que la violencia que nos rodeaba mientras mi padre se iba de este mundo había sido concebida como un correctivo para la arrogancia de su hijo mayor […] Había decidido rebelarme en su contra por las condiciones de su vida y por las condiciones de nuestra vida, pero cuando llegó su fin comencé a interrogarme sobre esa vida y también, de una manera no antes conocida, me hice aprehensivo acerca de la mía”.
Sobre todo la frase final del párrafo anterior es justamente lo que analiza Baldwin en Ve y dilo en la montaña, sondea pues el endeble futuro de alguien que crece en barrios bravos, donde la marginación y la pobreza campean, atosigan e invitan a reventar las cuerdas vitales que mantienen a uno en relativa tranquilidad.
Otros de los libros de Baldwin son El cuarto de Giovanni (1956), una historia de amor homosexual; Apuntes de un hijo de la tierra (1955) y Nadie sabe mi nombre (1961), ensayos y memorias de su juventud. Baldwin también es autor de Otro país (1962), La próxima vez el fuego (1963), Blues para míster Charlie (1964), Dime cuánto hace que se fue el tren (1968), Sin nombre en la calle (1972) y los ensayos agrupados en El precio de la entrada (1985), entre otros títulos.
El tratamiento de temas a partir de su abierta preferencia homosexual fue el detonante para que Baldwin recibiera críticas de sus camaradas; por ejemplo, Eldrige Cleaver, uno de los notorios Panteras Negras, quien acusó al escritor de exhibir en su obra un doloroso y total odio hacia los negros. La combativa postura pública de Baldwin (activo militante de muchas minorías: negro, homosexual, poeta y novelista) terminó orillándolo al exilio. Se estableció en París (1948), en 1960 habitó Turquía y durante breves estancias regresaba a país natal.
Una de las anécdotas que recuerdo con aprecio es la del reportero decano del The New York Times, Tom Wicker, quien refiere en el libro Time to die que se encontró durante el motín de la cárcel de Attica en 1971 con Baldwin. Lo vio y se sintió impelido a gritar: Gustoso daría mi piel blanca a cambio de tu talento, mi amigo. Wicker detalla que Baldwin sonríe, baja la cabeza y responde: Siempre es bueno verte, Tom. Siempre, incluso cuando te toca llegar a mi mundo.
Baldwin no ha tenido los lectores que debiera, pero sus libros están por ahí esperando a uno que otro inquieto que comprenderá de qué habla el moreno que se hizo escritor afilando la navaja.

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