Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Crónicas del pasado V

Los negros

En 1777, a seis años de haberse construido el templo dedicado a la virgen de La Soledad, se levanta el primer censo de población de Acapulco. Lo ejecuta don Juan Josef Solórzano por orden del virrey Antonio de María Bucareli y Urzúa. El conteo revela que el número de habitantes del puerto asciende a dos mil 585 habitantes, integrados en 605 familias de etnias muy diferenciadas.
En efecto, los peninsulares apenas si sumaban 31 individuos contra mil 292 mulatos. Los indios ascendían a 611, en tanto que los “lobos” sumaban 279 (casta producto de la unión de “salta atrás” con mulato, mientras que el “salta atrás” era procreado por chino e india). Ciento veintiuno eran los chinos (incluidos los filipinos) y ciento dos los mestizos. La población negra estaba formada por 129 sujetos, 65 hombres, 64 mujeres, 11 niños y 16 niñas, integrados en 47 familias.
(La jerarquía gachupina se acercaba al puerto únicamente los días que duraba la Feria de Acapulco, del 8 de enero al 25 de febrero de cada año, para retacar las arcas reales y las propias. Huyendo del clima hostil de la ciudad, algunos de ellos residían en La Venta del Ejido, Xaltianguis y Dos Arroyos. Los censados eran únicamente los mandos de la guarnición de la Real Fuerza o fuerte de San Diego. Los soldados eran negros y mulatos dedicados, además, a fajinas diversas como el empedrado de calles y la recolección de basura en la ciudad.

Las prohibiciones

Antiguas ordenanzas reales prohibían a los negros mezclarse con otras etnias y también aprender a leer y escribir. La prohibición de portar armas era absoluta para el negro, ahora que si llegaba a enderezarla contra el amo se hacía merecedor a cien azotes. A los reincidentes se le cortaba la mano armada. Ningún negro o negra, esclava o liberta e incluso mulata podía vestir ropas de seda y tampoco lucir oro y perlas. Si casada con español, tenía derecho a usar únicamente zarcillos, gargantillas y un ribete de terciopelo en la saya.
Hombres y mujeres negras no podían caminar de noche por las calles del puerto. Si un negro maltrataba a un indio recibía cien azotes y al reincidente se le cortaba una oreja. Los niños negros debían pagar tributo lo mismo que sus padres quienes, además, debían inscribirse en el padrón y obtener permiso por escritos para salir de la ciudad. La castración era el castigo para los reincidentes esclavos en fuga No obstante, muchísimos lograron evadirse formando grupos llamados “cimarrones” (quizás porque huían a las cimas de los cerros), dedicados al pillaje en pueblos y caminos. Durante la Feria de Acapulco muchas bandas asolaron el llamado “Camino de Asia”.
La dureza de sus trabajos deparaba a los negros una vida muy corta, de 5 a 15 años a partir de la fecha en que desembarcaban, plazos en los que no alcanzaban a tener una descendencia numerosa. Otra razón en contra era la escasez de mujeres negras y por si fuera poco las de grupas generosas eran acaparadas por los gachupines. Todas las castas derivadas de negro eran repudiadas. Los hijos eran considerados “infames por su sangre” y registrados al nacer en los “padrones de la infamia”. Arrastrarán de por vida calificativos como “rastreros, pérfidos, bellacos, traidores” y otras lindezas. No obstante, los negros saldrán airosos de cualquier confrontación étnica por ser considerados muy audaces y atrevidos.

Las castas

Las castas a partir del negro fueron muchas y complicadas zambo o pardo era el hijo de negra e india y cuarterón el hijo de mulata y blanco. Los productos de mezclas de negro e indígenas se les designaba oficialmente con nombres extrañísimos: “albarazados”, “cambujos”, “calpalmulatos”, “no te entiendo” y “tente en el aire”.
Ningún de aquellos podía obtener empleo en el gobierno y aunque las leyes no lo impedían no eran admitidos en las órdenes monásticas. Solían estar al servicio de poderosos en calidad de criados de confianza, además de ejercer todos los oficios y artes mecánicas. Un esclavo negro se cotizaba en unos 200 pesos, dependiendo del sexo, edad y salud. Poseer uno o varios esclavos significaba estatus social y motivo de ostentación. Tan jodido como hoy Rajoy, Felipe II dispondrá que negros y mulatos libres paguen tributo a la corona y él mismo, también rey de Portugal, terminará en 1580 con el infame tráfico de esclavos por parte de navegantes portugueses.
Las milicias formadas por negros, mulatos y zambos se conocían como “los pardos” y “los morenos” ( El “jefe Chemita”, como llamaban aquellos al padre Morelos, a quien consideraban uno de los suyos, los guía durante un ataque al fuerte de San Diego. Repelida ferozmente por los realistas, la negrada huirá cerro abajo despavorida, caótica, incontrolable. Para contenerla, el Generalísimo opta por un recurso suicida. Se acuesta cuan largo es en el puente de fierro de San Rafael, localizado en el cruce conocido hoy como “Las siete esquinas”, logrando así contener aquella loca desbandada).
–¡Los negros frenaron como en las caricaturas!, –fue un comentario de los hijos del escribano cuando, menores, les narró tal proeza. Y no los desmintió.

El principio

Todo había empezado en 1518 cuando los consejeros del rey Carlos V de España lo convencen de llevar negros de África al Nuevo Mundo. El argumento contundente: “porque un negro puede hacer el trabajo de cuatro indios, además de estar hechos para vivir en climas tropicales”. El 16 de marzo de aquel mismo año, el monarca cuya gloria terminará aquí en marca de chocolate exprés, firma la primera concesión para introducir cuatro mil esclavos a las Indias. Una condición incuestionable: la conversión de aquellos al cristianismo apenas pisarán suelo del Nuevo Mundo. Se calcula que en tres siglos llegaron alrededor de 250 mil
El golfo de Guinea fue un gran surtidor de esclavos. La primera arribada al puerto será concentrada en una cuesta del cerro de La Mira, muy cerca del convento de San Francisco (ex palacio municipal), a la que sus moradores llamarán como su país de origen: Guinea. Barrio que trascenderá hasta nuestros días con igual nombre. La orden religiosa de los Jerónimos había pugnado de tiempo atrás por la importación de esclavos africanos, aunque ellos con la noble intención de liberar a los nativos de faenas propias de aquélla condición. (Hoy mismo, Guinea Occidental tiene por lo menos tres grandes similitudes con México: tiene al español como su idioma oficial, su bandera es verde, blanco y roja con los colores horizontales y el reparto de la riqueza es tan inequitativo como aquí.
Los esclavos viajaban en pares, encadenados a los tobillos en compartimentos de 60 centímetros de altura, donde era imposible enderezar la espalda para sentarse. El 15 por ciento de ellos sucumbía durante la travesía de seis semanas. Los esclavos asiáticos procedentes de Filipinas arribaban directamente a Acapulco, confiados a una marinería que recibía el 30 por ciento de los tratantes. Los asiáticos perderán su identidad al mezclarse con otras etnias.

Mariana, bígama

Ante el altar mayor de la parroquia de Los Reyes (mismo sitio de la actual de la Soledad), una pareja de mulatos se juran amor eterno. Antón Hernández y Mariana de la Cruz han escuchado los consejos del párroco Francisco Dorantes, sobre la necesidad de santificar un largo amancebamiento. El propio sacerdote oficia la misma y ésta será para ellos la única y grande celebración
Mariana de la Cruz, se ha de decir, era un portento de mujer. Una descripción suya no desentonaría con una referida hoy mismo a la morenaza Jennifer López, particularmente vista desde atrás. Por eso la mulata provocaba tumultos de viejos arrechos durante sus visitas al mercado de la ciudad.
Pero como la felicidad nunca llega para quedarse, la del matrimonio de Mariana y Antón será de esas. Alguien llegado de Michoacán acusa a la dama del penado delito de bigamia y ofrece pelos y señales: su primer esposo vive y es esclavo propiedad de la ricachona Agripina Altamirano. Ni tardo ni perezoso, el alguacil Francisco Barbadillo actúa de inmediato, apresa a la morenaza encerrándola en un calabozo de la Real Fuerza (o Fuerte de San Diego).
La causa de Mariana de la Cruz, acusada de bigamia, es abierta el 17 de noviembre de 1593 por el Comisario y Vicario Juan de Mantilla. Este se declara incompetente trasladando el caso a la capital de la Nueva España. Y hacía allá será conducida la mujer cargada de grilletes bajo la custodia del aguacil Juan Guerrero. ¡Ay Mariana!

Carreras parejeras

Un siglo más tarde de la tragedia de Mariana de la Cruz, llega al puerto el trotamundos italiano Juan Francisco Gemelli Carreri –ya citado en estas Crónicas. Viene atraído por la Feria de Acapulco. Le toca presenciar los festejos del carnaval de 1697 y entre ellos una carrera parejera de caballos, con la participación de más de un centenar de negros, mulatos y mestizos. Narra admirado:
“Con tal destreza que me pareció que sobresalían a los grandes que había yo visto en Madrid; aunque los de Acapulco solían ejercitarse en este juego un mes antes. Sin mentir, puede decirse que aquellos negros corrían una milla italiana, cogidos unos por las manos y abrazados otros, sin soltarse un momento, ni descomponerse en todo aquél espacio” (Viaje por la Nueva España, JFGC).

Los léperos

Los negros libres, los mulatos y los zambos sin trabajo formaban legiones de vagos conocidos con el calificativo de “léperos”. Acapulco se llenaba de tales léperos durante su gran feria. Aquí andaban prácticamente desnudos dedicados descaradamente al pillaje. El barón Alejandro Humboldt calculó en 30 mil el número de léperos tan solo en la ciudad de México.

Cimarrones

Un célebre cimarrón fue Yanga, quien durante 20 años mantuvo su “reino” de bandolerismo. Al frente de su banda de cimarrones asoló pueblos y caminos de Veracruz. Finalmente será amnistiado con la condición de jurar sumisión al rey de España, convertirse al cristianismo y renunciar a las armas. La banda de Yanga fue asentada en San Lorenzo de Los Negros, cerca de Córdoba.
Un movimiento similar al de Yanga, aunque sin líder aparente, se dará en la Costa Chica de Guerrero, cuyos esclavos cimarrones formaron palenques o área de influencia. Vivían con el machete en la mano para repeler a sus persecutores, fueran estos representantes de la ley o simples cazadores de recompensas. No han faltado sociólogos que expliquen en esa defensa la violencia que caracterizó a toda aquella región.

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