Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Julio Moguel

HOY, HACE DOSCIENTOS AÑOS

* Las batallas de Morelos

Ignacio M. Altamirano-José María Morelos

Hago un nuevo paréntesis en nuestro recorrido de la ruta que siguió Morelos en el “hoy” de hace doscientos años (el 8 de febrero de 1813 es la víspera del inicio del camino del ejército independentista encabezado por Morelos desde la ciudad de Oaxaca hacia Acapulco, con el objetivo mayor de apoderarse del fuerte de San Diego), para referirme a la aproximación biográfico-ensayística desarrollada por Ignacio Manuel Altamirano sobre el cura de Carácuaro en la década de los ochenta del siglo XIX. Y ello, por dos razones fundamentales: primero, porque el tema es pertinente dentro del calendario conmemorativo en curso pues el próximo 13 de febrero se cumple el 120 aniversario luctuoso del héroe guerrerense; segundo, porque ese mismo día se presentará en el fuerte de San Diego el libro que el tixtleco escribió sobre el héroe independentista (bajo el sello de Juan Pablos Editor y otras instituciones coeditoras), en un homenaje que se extiende a ambos héroes nacionales desde el cobijo y las presencias institucionales de la Universidad Autónoma de Guerrero, el Ayuntamiento de Acapulco, el Congreso del Estado de Guerrero, el Congreso del Estado de Michoacán, el Ayuntamiento Morelia y el gobierno del estado de Morelos.
Los textos escritos por Altamirano sobre el cura de Carácuaro constituyen un tríptico, con los títulos Morelos en Zacatula, Morelos en El Veladero y Morelos en Tixtla. Y están confeccionados con el rigor característico del tixtleco, pero en un formato y estilo que le permite presentarlos al más amplio público por entregas periodísticas (En La República y en Liceo Mexicano, en diferentes fechas de los años ochenta del XIX). La redacción de dichos materiales, armada de esa forma, muestran a un Altamirano decidido a no perder ni un solo minuto para hacerlos valer en el espacio mismo de la lucha ideológica, política y cultural del momento, aprovechando el hecho de que los liberales tienen el poder y de que la guerra contra el extranjero ya ha quedado en el pasado. Se requiere entonces acelerar el paso para diseñar algunas de las piezas decisivas del rompecabezas que darían una definida identidad a la nación.
Hay, entre otras muchas, una significativa aportación de Alta-mirano en los textos que escribe sobre José María Morelos: persiguiendo y ajustando la escritura a algunos importantes datos duros –muchos bendecidos por la originalidad del acopio documental de Hernández Dávalos y otros derivados de sus propias y muy personales indagaciones, como en su Morelos en Tixtla–, el escritor guerrerense hace uso de su madurez intelectual en el plano literario para aplicarlo positivamente en sus trabajos de reconstrucción histórica. Cuestión que ya antes había desplegado justo en el sentido contrario, a saber: el manejo de la historia para la confección de sus obras literarias (destacadamente en las de mayor relieve: Clemencia, El Zarco y La navidad en las montañas).
Son los casos, hermosos –mencionados aquí sólo para dar un ejemplo–, de los trazos que el escritor guerrerense es capaz de hacer en cuatro o cinco pinceladas, cuando “aparece” Morelos en su aproximación a Zacatula y conversa en el lugar con el jefe de tropa Marcos Martínez (Morelos en Zacatula):
“–¿Está usted dispuesto, capitán, a seguirme?”, pregunta Morelos al capitán Martínez. “¿Confía usted en la justicia de nuestra causa?” La respuesta, positiva, implica en los hechos la adhesión a la causa independentista del conjunto del bloque de los militares realistas asentados en dicha plaza.
O cuando Morelos se reúne con los Galeana, los Bravo, los Ávila y otros personajes posteriormente célebres para valorar la circunstancia de la recién conocida aprehensión de Hidalgo y tomar la decisión de asumir sobre la marcha la responsabilidad y los deberes del relevo (Morelos en El Veladero): “(…) mi misión –dice el generalísimo, desde la pluma de Altamirano– no se limita a hacer la campaña en esta costa (…); nuestra empresa es libertar a los pueblos de la tiranía, a fin de formar una nación independiente y que se gobierne por sí misma. Para conseguirlo, es necesario ir adelante y no descansar (…) Es necesario probar a la nación que la muerte de un caudillo no acaba con los principios que proclamó, ni con el pueblo que los defiende. Es preciso hacerle ver que aunque la estrella de la insurrección palidezca en el norte, todavía sigue brillando en el sur. Es indispensable interrumpir la alegría que hoy enloquece a nuestros enemigos, con nuestro grito de guerra lanzado en medio de ellos para que sepan que si muere un insurgente, hay mil para vengarlo.”
Subvalorados por algunos por esta forma peculiar de aproximación a los acontecimientos históricos, tanto por el vínculo que en ellos establece entre “literatura” e “historia” como por su estilo peculiar de relatar (que en ocasiones se presenta como épico y fogoso), nosotros encontramos en tales componentes de la pluma altamiranista una parte decisiva de sus méritos. Dichos método y estilo no eran ajenos a las extraordinarias enseñanzas que desde el extranjero llegaban ya en aquellos tiempos de plumas como las de Victor Hugo o Walter Scott, en un concepto constructivo que, desarrollado con mayores márgenes de posibilidad conceptual en nuestros días, encuentra entre sus mejores exponentes a grandes historiadores como Michel de Certeau y Carlo Ginsburg.
Quepa, por último, señalar una clara y neta aportación de Altamirano al análisis de algunos de los hechos que hemos venido considerando: su texto Morelos en Tixtla fue confeccionado, por señalamientos propios, “con nuevos datos escritos”, y, “sobre todo, con el relato de los testigos oculares” a quienes él tuvo oportunidad de entrevistar en sus años juveniles. Logró con ello romper el cerco de silencio con el que los conservadores habían tratado tan relevante acontecimiento. Pero no sólo: pudo también ir más allá de los “llamados historiadores, (quienes) no se fijaron en (la batalla de Tixtla). Don Carlos María de Bustamente le consagró una hoja; don Lucas Alamán una página; Zavala y Mora, unas líneas”. Y no es ocioso señalar que algo parecido sucedió con algunos historiadores liberales: México a través de los siglos, la obra mayor del siglo XIX sobre nuestra historia patria, sólo concedió a la descripción de esta batalla un par de párrafos.

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