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Federico Vite

Sensibilidad andrógina
Al reflexionar sobre la paternidad, la novelista norteamericana Lionel Shriver se impuso una empresa muy ambiciosa con Tenemos que hablar de Kevin (We need talk about Kevin, 2003, Serpent’s Tail). Cuenta el crecimiento de un niño que a ojos de la madre es alguien malo por naturaleza. Cuando Kevin cumple 16 años, el mozalbete decide asesinar a varios de sus compañeros de la escuela; usa un romántico arco para cazar a los jovencitos.
Shriver nos presenta a los padres de Kevin, una autora de guías de viaje y un fotógrafo publicitario, quienes deciden crear una familia normal. Idealizaron la crianza del primogénito y soñaron con la maternidad, pero cuando nació Kevin el halo divino del ensueño se hizo añicos.
La novela es epistolar. Eva, la madre de Kevin, cuenta en extensas cartas a su esposo Franklin las impresiones sobre la atrocidad que cometió el primogénito. Rememora cada una de las etapas de crecimiento de Kevin, pero no logra encontrar qué detonó en el chico la maldad. Ella cree que no educó a su hijo lo suficientemente bien como para que el niño lograra discernir el bien del mal. Cuando se embaraza, Eva siente que sólo es la incubadora de alguien a quien no conoce y por quien deberá sacrificarse toda la vida. Al nacer Kevin, Eva no se siente feliz y eso la confunde. Cree que se equivocó, que ella no debió ser madre.
Kevin es el típico bebé difícil que tortura con sus llantos, que no quiere comer. Se convertirá en un adolescente terrible, en el antihéroe a quien sólo le interesa la belleza de la maldad. Al llegar la mortífera epifanía de Kevin, dos días antes de cumplir los 16 años, el niño es un enigma para su madre. Kevin es el terror de las niñeras. Por más que lo intenta, no logra querer a Eva. Ve en ella a un enemigo, a su oponente natural. Kevin se vuelve solitario, frío y prodigiosamente inteligente, pero perverso. El niño crece en un hogar sólido: no padece limitaciones; tiene todo el amor y la atención de su padre. Sin embargo, este chico no logra vincularse con su madre. La odia, pero no sabe por qué.
Shriver hace una gradación excelente de las “travesuras” de Kevin para que el lector tenga la sensación de que está ante alguien maligno. Uno presencia las acciones de alguien que sólo vive para provocar malestares. La coronación de esa perversidad es una matanza.
La elección del narrador en tercera persona es muy acertada, pues el lector conoce a Kevin desde la perspectiva de Eva. No sabemos más que las apreciaciones de la madre y nos hacemos las mismas preguntas que ella: ¿por qué asesinó a sus compañeros y a una profesora? ¿Kevin es malo por naturaleza o su personalidad fue el resultado de brindarle todo lo que él deseaba?
Tenemos que hablar de Kevin es una reflexión sobre la maternidad, pero tras ese tema asoman algunas aristas que revelan las expectativas de ciertas familias estadunidenses, donde los padres más preparados intelectualmente padecen una especie de esclerosis del alma.
Shriver también nos muestra que no todos los criminales han tenido una infancia complicada y que ese argumento no es el detonante para que un adolescente elija ser criminal.
Días después de que Kevin comete los asesinatos es entrevistado por un reportero de televisión. Sus palabras me confunden un poco. Revelan la personalidad de alguien hastiado, alguien que parece hacer daño sólo porque está profundamente aburrido. Sólo el mal lo animó pues: “Mi historia es, prácticamente, lo único que tengo hoy a mi nombre. Pero una historia es mucho más de lo que la mayoría de la gente llega a tener en su vida. Todos ustedes, los que me están viendo ahora, están atentos a lo que digo porque tengo algo que ustedes no tienen: un argumento que compré y pagué. Quieren mi historia. Sé cómo se sienten porque, sí, yo también sentía antes lo mismo. La televisión, los videojuegos, las películas, las pantallas de la computadora. El 8 de abril de 1999 salté a la pantalla. Pasé a ser uno de los mirados. Y desde entonces conozco el sentido de mi vida. Soy una buena historia”.
Tenemos que hablar de Kevin es una novela de 600 páginas, pero a pesar de lo aparatoso de un volumen con esa cantidad de hojas, el monólogo de Eva se impone ante el lector. Será muy difícil soltar esta historia en la que Shriver puso una bomba al sacrosanto asunto de la maternidad.
Shriver cree que su sensibilidad, comentó en entrevista para The Guardian, es resultado de la androginia que ha experimentado. A los 15 años, señaló, yo era muy marimacho y desde ese momento asumí que tengo una sensibilidad andrógina; incluso me cambié el nombre de Margaret Ann a Lionel porque me sentía mucho más cercano a un hombre que a una mujer. No tengo que excusarme, dijo, por sentir que la maternidad es una experiencia aterradora para alguien como yo.
Tenemos que hablar de Kevin fue galardonada con el Orange Prize for Fiction, un premio para escritoras que los británicos inventaron en 1995 como reacción a los siempre finalistas masculinos del premio Booker.

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