Raymundo Riva Palacio
PORTARRETRATO
* Una estrella, estrellada
Rodrigo Medina asumió la gubernatura de Nuevo León en octubre de 2009 como un príncipe de la política. Tallado físicamente a la Peña Nieto, sorprendió enormemente en su primera gran presentación ante la sociedad política nacional, y particularmente porque se le comparó inmediatamente con el entonces gobernador del estado de México, que acababa de rendir su informe de gobierno. Enrique Peña Nieto había sido fastuoso; Medina, sobriamente republicano. El mexiquense tropezó en su mensaje; el neoleonés fue impecable.
Los dos abrevaban de la misma cabeza intelectual, uno de los cerebros estratégicos en los medios del ex presidente Carlos Salinas. Pero en la puesta en escena particular, las diferencias eran notorias. Peña Nieto leyó de un telepronter y se equivocó 92 veces; Medina leyó del suyo, sin error, durante todo el discurso de toma de posesión. El primero evocó los discursos cuantitativos y terriblemente aburridos que parecían idos desde los tiempos de Luis Echeverría; el segundo lo hizo moderno, con estructura y visión. El tiempo, sin embargo, construyó otra historia.
Peña Nieto es hoy candidato a la Presidencia y puntero en todas las encuestas. Medina, que asumió el poder a los 38 años convirtiéndose en el gobernador más joven de Nuevo León, asiento del poder industrial mexicano, y que parecía destinado a tomar la estafeta del mexiquense hacia 2018, está sometido a presiones para que pida licencia y permita que alguien, con mayor fogueo, entre a restaurar la estabilidad en el estado y regrese la paz, lo que sea, a sus ciudadanos.
Desde que asumió el poder, Medina tiene dos problemas reales. El primero tiene que ver con la seguridad, que empezaba a desenvolverse cuando asumió la gubernatura y no alcanzaba a ver la dimensión de la ruptura entre el Cártel del Golfo y Los Zetas. Altos funcionarios federales en la ciudad de México, y el comandante de la Zona Militar en el estado le hicieron el diagnóstico y le pronosticaron lo que vendría. No les creyó y ahora paga las consecuencias. El segundo tiene que ver con el poder político que hace décadas quieren ejercer los hermanos Junco a través de su periódico bandera, El Norte de Monterrey.
Medina derrotó en la elección a Fernando Elizondo, el senador que había sido secretario de Energía de Vicente Fox, y muy respetado en el PAN. Pero también, ex consuegro de Alejandro Junco, propietario principal de El Norte y el Grupo Reforma, esa poderosa empresa periodística ha sido la punta de lanza contra Medina, aunque la animadversión y crítica permanente va mucho más allá que un asunto meramente personal. Personas con conocimiento de los detalles de las élites neoleonesas, afirman que los Junco han buscado a toda costa influir, como con otros gobernadores, en la toma de decisión.
Decir que han querido co-gobernar puede ser un exceso, pero el golpeteo ha sido intenso para que Medina cambie funcionarios, particularmente en la Secretaría de Obras Públicas y en todo lo que tiene que ver con la construcción de escuelas. Coincidencia o no, Junco está vinculado por la vía de su esposa a una familia propietaria de uno de las principales empresas del ramo. Junto con las cámaras empresariales y patronales, que tienen una larga historia panista, El Norte ha sido un tirador incansable contra el PRI, al que tienen acosado permanentemente.
Medina fue secretario de Gobierno en la administración de Natividad González Parás, quien lo escogió como su sucesor. Típico en la cultura priista, le dejó recomendados que se instalaron en una parte de su gabinete. Dependiente político de González Parás, también lo fue de su padre, Humberto Medina Ainsle, quien era consejero jurídico del ex gobernador, y que ha sido una de las grandes sombras del joven Rodrigo durante su gestión. El padre dio origen a comentarios de que la gubernatura es bicéfala, y que los asuntos estatales se ven con él, no con el primogénito. La vulnerabilidad por realidades y percepciones, llevaron a un grupo de legisladores priistas y empresarios intermedios, a buscar su destitución.
El cabeza de ese grupo, injertado en la bancada neoleonesa en San Lázaro es Rogelio Cerda, a quien sustituyó Medina en la Secretaría de Gobierno. Junto con ellos, un ex gobernador interino priista, se ha sumado al intento de asonada, Benjamín Canales, hermano de Fernando, ex gobernador panista, a través de su sobrino Eugenio Canales, que dirige la Cámara de la Industria de la Transformación. El antídoto parlamentario es Jorge Mendoza, senador y vicepresidente de TVAzteca, cercano de Medina, que ha contribuido a frenar la asonada golpe.
Pero el pleito no ceja, y Medina parece estar perdiendo cada vez más aliados. Sin embargo, la fotografía que se presenta al país, no necesariamente refleja la realidad. Si bien hay un sector priista y panista unido para que caiga Medina, los grandes capitales como Lorenzo Zambrano de Cemex, Adrián Sada de Alfa y José Antonio Fernández de FEMSA, lo respaldan. El choque es entre capitanes industriales y empresarios intermedios apoyados por un sector del PRI y El Norte, que quieren derrocar a Medina y aún no se le ve en ese horizonte.
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