Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Botica 3

Jaime Castrejón

Es el doctor Jaime Castrejón Diez un extraño empresario mexicano singularmente culto, que digo culto, cultísimo;  rector de la UAG secuestrado por la guerrilla de Genaro Vázquez y creador del refresco Yoli, la limonada emblemática de Acapulco (antes fue la Trébol, de los Pintos), diminutivo de Yolanda, su hija.
Un refresco pedido por algunos paisanos como “una yole” y que en tiempos pretéritos, cuando costaba 30 centavos, formó parte de la mezcla demoledora conocida como “30-30”, el nombre del fusil revolucionario, y consumida con fruición por los teporochos en su hábitat de la calle Xóchitl. Los otros 30 centavos eran de alcohol puro de caña, adquirido en las farmacias cercanas Moderna, Guada-lupana y Cruz Roja, esta última de mi tía Chagua, abuela de Chagüita Galeana , gentil anfitriona de Villa Rosaura en Diamante.
Es el doctor Castrejón, además, un escritor versátil y ameno además de un analista político objetivo. Sus colaboraciones semanales en El Sur descifran muchas incógnitas de la política mexicana, ese oficio apasionante para el que un sí resulta un tal vez, e incluso un no rotundo. Política cuyos códigos hubieran apendejado al propio Kafka.
Don Jaime, decíamos, y ya para terminar este introito, es autor de una hipótesis que hace luz a un misterio secular. El origen de la palabra con la que se ha asustado por siglos a los niños mexicanos. Hablamos de la palabra “coco” y no de otra, cuyo origen remonta Castrejón Diez a la época de la Colonia. Entonces, en Taxco, su ciudad natal, se desata una epidemia denominada cocolistus, tan exterminadora como la peor conocida. Vencido el mal y quizás para conjurarlo los taxqueños apocoparon el cocolistus quedando simplemente como “coco”.
–¡Ahí viene el coco! –fue una advertencia para la población cuando transgredía las normas sociales y sanitarias pero finalmente fueron los niños, por sabios, los únicos que la tomaron en serio. La toman hoy mismo.

Teporocho

Para los lectores que ignoren el significado de la palabra teporocho, don Jesús Flores y Escalante la presenta en su libro La morralla del caló como genuinamente chilanga. Habría nacido con la costumbre de beber en las madrugadas capitalinas infusiones o tés para engañar la cruda y el frío. Eran ofrecidos por señoras mayores en expendios callejeros y se elaboraban con hojas de naranjo, canela y un chorrito de alcohol puro. El precio del pocillo era de ocho centavos (“té-por ocho”) de donde habría nacido la palabra que califica al bebedor irredento. En Acapulco, cuando alguien era identificado como teporocho pero no había la intención de lastimarlo, se le llamaba simplemente “cincuenta y seis”. O sea, el resultado de la multiplicación de “siete por ocho”.

La Banca del Zócalo

Fue la Banca del Zócalo, además del mueble de concreto situado en la esquina noreste de la plaza Álvarez, una institución reconocida tanto por la respetabilidad de sus integrantes como por el valiente ejercicio crítico que practicaban todas las noches. La de no dejar títere con cabeza, fue una de las muchas famas de aquella ágora de expresión libérrima, visitada algunas vez por el ex presidente Miguel Alemán, siempre al filo de la navaja en la opinión de los acapulqueños.
El sonriente veracruzano lanzará una sonora carcajada cuando don Tancho Martínez ironice agradeciéndole “haber dejado los cerros para los acapulqueños. Usted pensó, seguramente en la vista maravillosa que les deparaba”, remató. Chamón Funes y Enrique Lobato, en su turno, le recordaron las raterías de su “procónsul” Melchor Perusquía, a quien acusaron de haber diseñado la Costera a la medida de sus ambiciones y oscuros intereses económicos . Mas tarde se conocerá el diálogo siguiente:
Miguel Alemán: Oye, Melchor, la Banca de Acapulco no te quiere y te acusa de ser un ladrón insaciable, sin escrúpulos.
Melchor Perusquía: Esos pinches agiotistas son unos agiotistas malagradecidos e hijos de la chingada, Miguel. Me difaman después de haberles dado todas las cuentas de la Junta de Mejoras y las mías propias pudiendo habérmelas llevado a Suiza. ¡No se vale, Miguel!
Miguel Alemán: ¡Ay, Melchor, tan pendejo, hablo de la Banca del Zócalo de Acapulco!

Morlet Sutter

Por su parte, el alcalde Ricardo Morlet Sutter visitó a los “banqueros” al día siguiente de su toma de posesión. Manuel Añorve López lo recibe con una cohetería infernal –según su costumbre–, pero Rico se molesta y pide a un gendarme que por ahí pasaba arrestar al abogado de Ometepec. “Soy el nuevo presidente municipal”, se presenta, pero el uniformado no se lo cree y le exige deletreando las palabras ¡“in-ti-fí-que-se, se-ñor, ¡in-ti-fí-que-se!”. La carcajada general, incluido Morlet, romperá la tensión del momento.
Habían hecho lo propio alcaldes como Enrique Lobato, Donato Miranda Fonseca, Jorge Joseph Piedra, Canuto Nogueda Radilla, Israel Nogueda Otero y los Toños, Trani y Pizá Soberanis, entre otros. Este último, por cierto, homenajeó a los agoreros con una banca de granito y una placa de bronce con los nombres de cada uno de ellos, incluido este escribano. Alguien la robó seguramente con fines perversos. ¿Brujería?
Otros “viejos mitoteros”, como también los llamaba la gente: Roberto Gayso Maya Torreblanca, Arturo Escudero, Chucho Rodríguez, Abel F. Espinosa, Jesús de la Basterra, Enrique Díaz Clavel, Jaime y Leonel García Guillén, Milo Fares, Rafael de Pinillos, Tadeo Arredon-do, Luis Casis, Toño Pintos, Ri-cardo Pintos, Tito Morlet, Rafael Saavedra, José Murillo, Manolo Pano, Tino González, Tito Álvarez, Deko Saucedo, Alejandro Hudson, don Patricio Escobar y el Güero Beto. Este último era el más viejo “vaporino” del puerto (así llamados los marinos que habían servido en barcos de vapor. Vestían camisas floreadas de seda, zapatos combinados y se balanceaban al caminar como si lo hicieran sobre la cubierta de una embarcación).

La Bandida

Fue el periodista acapulqueño Filemón Carmona Rivera, hermano del cura rebelde de la parroquia de Dominguillo, quien presentó con Graciela Olmos al también periodista Eduardo Muñúzuri, encuentro del que surgirán las Memorias de la Bandida (Costa Amic, 1965). Párvula de un convento, Gracielita será secuestrada por el feroz gavillero conocido simplemente como El Bandido, apodo que ella finalmente adoptará. Soldadera de Pancho Villa, traficante de güisqui y mariguana y ya en la ciudad de México influyente madrota de una famosa casa de citas con su remoquete. Casa que inspirará en el colega Carmona una elegía a la prostitución –“Oh, sacrosanta putana”, se titularía en italiano– texto que no resistimos compartir con los lectore(a)s:
“Nosotros pensamos que casas como esta prestan un servicio incalculable a la sociedad; son verdaderos dispensarios de higiene mental y que al proporcionar al hombre medios normales de cumplir sus necesidades fisiológicas salvan a muchas vírgenes y protegen la pureza de las novias que, en otras circunstancias, serían víctimas de las urgencias agresivas del macho cargado de reservas eróticas por lo cual la sociedad comete una inconsecuencia al ver con malos ojos a estas mujeres –sus aliadas– que indirectamente benefician el orden moral en las relaciones, y también el gobierno es culpable al perseguirlas y estorbar a este noble, generoso y saludable ejercicio pues sin ellas, los atentados al pudor y los delitos sexuales tomarían proporciones increíbles”.
¡Órale!, mi buen Fili, en la galaxia que orbites.

Acapulco en la azotea

“¡Acapulco en la azotea!” anunciaba con grandes voces doña Borola Tacuche de Burrón, provocando una intensa movilización entre el vecindario por la llegada de las vacaciones de Semana Santa. Una veintena o más familias proletarias habitantes de una vecindad en el centro de la ciudad de México y para más señas en el “callejón del Cuajo número chorrochentos chechenta y chiocho”.
Y diciendo y haciendo. Allí mismo, en la azotea, junto a la hilera de lavaderos donde las mujeres de la vecindad se soban el lomo aporreando garras percudidas, propias y ajenas, La Guereja instala su Caleta particular. Los helechos hacen las veces de palmeras, un petate raído es el camastro, el banco de la cocina, la silla de playa, y el viejo paraguas la sombrilla de playa. El silbato de la fábrica cercana será el barco que parte.
Y entonces ella aparece con meneos sensuales que reprobaría don Regino Tacuche, su marido que desde temprano huesea en su peluquería El Rizo de Oro… Viste doña Borola un multicolor “chiquini” o tarzanera, como ella le llama, confeccionado con retacería recogida en la sastrería de al lado. Luce un enorme sombrero blanco de ala gacha comprado en Tepito como usado por María Félix en la película La bella Otero y para asolearse se ha untado el cuerpo con aceite 1-2-3. Se protege los “oclayos” con gafas de motociclista, hurtadas a Floro Tinoco, el novio de su hija Macuca. Floro, por cierto, tiene el ofrecimiento de su padre, el industrial Titino Tinoco, de obsequiarle el yate más lujoso de Acapulco cuando se aprenda la tabla del 2.
La vecindad recuerda todavía con coraje una Semana Santa anterior, cuando doña Borola inundó uno de los patios interiores, en calidad de playa acapulqueña. La gente sufrió de grave escasez de agua pero Marcelo Ebrad, entonces regente de la ciudad de México, se robó la idea para sus playas chilangas, hoy suprimidas por Mancera quien, por cierto, no da color.

Las tambochas

El escritor chiapaneco Armando Arias, también habla de las playas acapulqueñas de doña Borola.
“La señora Tacuche no necesitaba que don Regino Burrón la llevara a las playas de Acapulco para tomar el sol. Eran muy pobres. Ella ideó el ‘Acapulco en la azotea’ mostraba sus sensuales formas junto al tinaco de la vecindad, moviendo las ‘tambochas’ de las de acá para enloquecer de deseos al sexo horrible, o sea, el opuesto. Macuca enrojecía de pena”.

Monsiváis y Borola

¿Doña Borola en Acapulco?, se pregunta Carlos Monsiváis en un ensayo sobre Gabriel Vargas, autor de La Familia Burrón… En él se refiere al probable viaje de doña Borola al Paraíso de América, donde debió llevarse de cuartos con los barones di Portanova. Monsi habla de ella:
“Desfachatada y cínica provista de una regocijante vanidad, a su energía nada le arredra, organiza peleas de box entre mujeres, convierte su vecindad en arena de lucha libre, es mujer de negocios sin capital adjunto, organiza fiestas de vecindad y viajes de burócratas a Acapulco. Trabaja de cantante sentimental en una carpa, se lanza como candidata a diputada federal por el cienavo distrito y hace rifas fraudulentas. Nadie como ella para hacerse una operación que le quite su estructura ósea ‘porque le da miedo andar con un esqueleto adentro’. Borola es la exótica Brigitte Borolé, famosa por su tonada sensual del cuchi cuchi y nadie como ella para convertir la azotea en la playa de Caleta”.

Chavitos, chaparrín

Nomás era cosa de imaginarla llegando al hotel El Presidente acompañada por Macuca, Regino chico y Foforito, cargados con cajas de huevo en lugar de maletas. Lle-gando, llegando pedirá ver a César Balsa, el dueño de la cadena hotelera (no faltarán las lenguas de triple filo que lo señalen como vil prestanombre de la ex primera dama María Izaguirre de Ruiz Cortines) A Balsa lo conoce por haber sido pretendiente de doña Cristeta Tacuche, su tía chorromillonaria. También exigirá las atenciones del gerente en persona, su viejo amigo Manuel Chávez Chavitos, a quien llama chaparrín, como a su marido don Regino.

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