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Humberto Musacchio

El IFE, la mugre y mis impuestos

Por unanimidad, el Consejo General del IFE decidió rechazar el dictamen emitido por Gregorio Guerrero, contralor del propio instituto, quien en ese documento afirma que un edificio situado en Acoxpa y valuado en 118 millones de pesos fue indebidamente adquirido en 262 millones de pesos, operación de la que fue responsable el ex director ejecutivo de Administración, Fernando Santos.
Sorprende que a ninguno de los señores consejeros le hubiera parecido desmesurada la cantidad que se pagó y que, lejos de pedir más información sobre el asunto, hubieran exonerado sin mayor trámite a Santos, quien anteriormente había sido acusado de irregularidades en obras que se efectuaron en una bodega situada en Tláhuac, ocasión en la que, como ahora, contó con el voto favorable de los consejeros que tampoco se molestaron en analizar las cuentas que les presentaron.
Los consejeros del IFE no sólo votaron contra el dictamen del contralor, sino que la emprendieron contra él, arguyendo, como hizo Alfredo Figueroa, que el funcionario acusador no tenía “los elementos de suficiencia que permitan avalar sus conclusiones” (la sintaxis es cortesía del consejero Figueroa). Macarita Elizondo le reclamó que en “una simple comparativa (comparación) de datos numéricos”, éstos fueran “traducidos (sic) o cifrados en pesos”, cuando lo normal, para doña Barbarita era que se tradujeran a kuachas malauíes, tenges kazajos o denarios de la era precristiana.
El consejero Francisco Guerrero fue más lejos, pues dijo que el contralor no había probado “fehacientemente que Fernando Santos, por lo menos de manera indiciaria, hubiera conocido el contenido de dicho avalúo”. Si entendimos bien, el director ejecutivo de Administración suelta el parné para comprar un edificio de 262 millones sin siquiera tener indicios de lo que vale… ¡Y todavía lo defienden!
Ante tanta necedad, el contralor Guerrero acusó a los consejeros de agacharse para “esconder la mugre debajo del tapete” y recordó que los altos funcionarios del IFE son nombrados por los propios consejeros, mediante el sistema de cuotas (yo le doy chamba a mi compadre, tú pones a tu quelite de jefe o jefa de asesores y el de más allá mete en la nómina a su prima y todos bailamos el mismo son).
Por lo pronto, el señor Fernando Santos se debe estar carcajeando, pues un director ejecutivo del IFE sólo puede ser sancionado cuando comete irregularidades “graves y sistemáticas”. A él nada más lo pescaron dos veces, pero la cosa no fue tan grave, pues solamente dilapidó 144 millones de pesos que, según la alcahuetería reinante, se los tuvieron que pagar al vendedor del edificio que le hizo unos arreglitos, los cuales, según el Instituto de Administración y Avalúos, no costaron más de siete millones.
Por supuesto, el Santos de la devoción del IFE se escuda en un avalúo posterior, según el cual el edificio costaba lo que se pagó, pese a que se trata de un inmueble que fue levantado hace 40 años y la legislación dispone no adquirir construcciones que tengan más de 30 años. Para colmo, el Santos hasta pagó 12 millones de pesos de impuestos al adquirir el edificio, pese a estar exenta la operación, y aceptó pagar cinco millones más de predial, cuando que cualquiera que haya comprado un depa, chante o changarro sabe que el vendedor debe estar al día en este impuesto.
En fin, que los señores consejeros del IFE, tan urgidos de credibilidad, insisten en seguir dilapidando cualquier buena fama. Y así seguirán, pese a que el dinero malgastado lo ponemos los contribuyentes.

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