Silvestre Pacheco León
Primavera en Tehuacalco
Más en la idea de aprovechar las medidas de seguridad que se implementan por la avalancha de visitantes, que en la creencia de que en el equinoccio de primavera uno puede cargarse de energía en los lugares con vestigios arqueológicos, reanudamos la costumbre de caminar los tres kilómetros del centro ceremonial de los yopes en Tehuacalco.
Muy temprano, desde Chilpancingo, anduvimos por la Autopista del Sol los 30 minutos que nos llevan hasta Tierra Colorada, donde tomamos la carretera federal para ir como de regreso rumbo a la capital. En aras de aprovechar la mañana, preferimos pagar el peaje en la caseta del Palo Blanco que irnos por la carretera libre.
Por cierto que el color rojizo del suelo en esta parte del estado, además de dar nombre a la población más importante del municipio vecino de la zona de pirámides, es una de sus características llamativas.
En el breve repaso de la historia del lugar, me entero que la cabecera municipal de Juan R. Escudero en 2014 cumplirá cien años de haber sido fundada. Los lugareños dicen que el general Juan N. Álvarez la fundó como el primer poblador, que construyó aquí su hacienda bautizada precisamente como “Tierra Colorada”.
Como los señalamientos de las pirámides de Tehuacalco abundan en el camino, y son muy visibles aún para los conductores distraídos, no representa ningún trabajo seguir la ruta indicada.
A pocos minutos de la cabecera municipal de Juan R. Escudero, se encuentra la desviación que une también al poblado de la Haciendita por un camino angosto, que vadea dos riachuelos cuyas aguas riegan algunas huertas de frutales que aún así parecen sedientas.
A pocos minutos y siempre en sentido ascendente por la ladera del cerro de las Compuertas, se llega hasta la entrada de lo que fue la capital del pueblo yope y que la historia dice que se llamó Yopitzingo.
El estacionamiento de vehículos es muy amplio y solamente se satura cuando se celebra el equinoccio de primavera. Los servicios del complejo arqueológico, en cuya recuperación tuvo mucho que ver el gobierno de Zeferino Torreblanca, son de primera. Los baños lucen limpios, hay lugares suficientes para descansar y tomar alimentos. El grupo de guías es numeroso y atento.
Por ser temporada de vacaciones uno puede entrar gratuitamente, pagando solamente los servicios de algún guía que lo asista en el recorrido, que ellos suelen aligerar con su plática, ya de lo que piensan y se imaginan que ocurría durante el dominio de los yopes dentro del conjunto arquitectónico recientemente descubierto.
Atendiendo las recomendaciones de las autoridades del INAH, nosotros nos proveímos de bebida caliente para el almuerzo y de agua suficiente para el calor del mediodía.
Siempre es gratificante andar la amplia explanada o Gran Plaza como llaman los arqueólogos al espacio rodeado por los templos y el palacio. A mí me siguen impresionando los majestuosos edificios de grandes bloques de piedra unidos con la arcilla rojiza. Todo el conjunto contrasta con el verdor de los cerros. Si a ese espectáculo se le agrega el acto ceremonial que reúne multitudes con sus atuendos vistosos y multicolores, que marcan también su linaje y cuya conducta protocolaria va de acuerdo con el sonido de los tambores y el marino silbido de los caracoles, entonces resulta un privilegio caminar los pasos de nuestros ancestros.
Los guías locales saben bien ganarse las propinas encontrando significado a las figuras que forman los cerros del Gavilán, Tierra Colorada y el Capulín, vistos desde la cima del Templo Principal; como la del indio dormido y la mujer de bellas y ostentosas formas.
Al paseo van niños y jóvenes, también personas mayores. Muchos estudiantes de la capital toman la visita como día de campo, y aunque la mayoría muestren poco interés por la historia precolombina, se distraen sanamente conviviendo con la naturaleza y haciendo chistes con las proezas del gigante Tehua, cuyas pisadas han quedado grabadas en piedra.
En esta temporada de estiaje, entre tanta resequedad que le da un color plomizo a la selva tropical caducifolia, sobresalen los árboles de clavellinas. Los bocotes están casi sin hojas, mientras que las parotas y los papelillos lucen su majestuoso follaje.
Caminando rumbo a la cancha del juego de pelota, no me resistí a la tentación de subirme al árbol de anonas que lucía sus frutos amarillos y maduros.
Los límites del área a cargo del INAH están marcados por una cerca de postes de madera y alambre de púas en mal estado, y aunque no se ven animales por el área, puede ser fácil acceder al centro ceremonial sin tener que pasar por la puerta de acceso.
Es tan amplio el corazón de los yopes, esos guerreros indomables que poblaron la zona Centro del estado, que uno puede encontrar en cualquier parte de su centro ceremonial una sombra para almorzar, mientras la imaginación vuela hacia aquellos tiempos remotos y recónditos.
Durante estos días de vacaciones Tehuacalco mantendrá abiertas sus puertas a todos los visitantes, y como los habitantes de los poblados vecinos poco a poco van despertando su espíritu emprendedor, abundan los puestos de venta de artesanías y comida por todo el trayecto.
Nosotros probamos un rico chilate frío, pero también venden atole, tamales, botanas, mangos y papayas.
Junto al río se establecen enramadas bajo grandes arboles de sombra. Allí almorzamos picaditas y pollo ranchero guisado con mole. Doña Arsenia es toda amabilidad y cocina unas tortillas riquísimas en su brasero improvisado. Su familia era dueña de una parte de la zona arqueológica. Nos platica que su suegro sembraba milpa y trabajaba con la yunta hace apenas algunos años, pero en cuanto les pagaron la expropiación se olvidaron del lugar, incluso ahora los habitantes de la Haciendita y de Carrizal de Vía no muestran mucho interés por el lugar, y menos se sienten herederos de los antiguos pobladores, cuya cultura se trata de mostrar con la recuperación de los vestigios arqueológicos y la construcción del museo en el que se aprende la historia de su adoración al sol y al agua.
De regreso a la capital nos tentó la idea de conocer el restaurante campestre, del que algunos lugareños presumen y que se encuentra a unos pasos del entronque de la carretera nacional. Su nombre alude a animales y precisamente eso es lo que resulta menos recomendable del lugar, porque mantienen cautivas algunas aves, águilas, guacamayas, loros, cotorros y chachalacas.
También tienen monos, martas, tejones y hasta presumen de contar con ejemplares exóticos, como coyotes traídos de Africa.
Fuera de los animales en cautiverio, es un bonito lugar que aprovecha el agua de un manantial para dar vida a un hermoso jardín con flores de toda temporada, que crecen entre fuentes, cascadas y estanques.




