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Raymundo Riva Palacio

PORTARRETRATO

* Herminio

Herminio Blanco existía hasta hace pocos meses sólo en la memoria de unos cuantos. Pero desde el 8 enero, cuando anunció que buscaría la dirección general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), su nombre se convirtió en una referencia nacional. Blanco, quien a veces parece taciturno, quiere ahora que lo conozcan todos. En menos de cuatro meses dio 105 entrevistas a medios mexicanos y extranjeros y siete conferencias de prensa –quizás más de las que dio como secretario de Estado en los 90–, publicadas en 13 idiomas, como parte de una campaña de promoción que ha apoyado el gobierno como ninguna otra que se recuerde.
Blanco es la carta por la que se han volcado todos los recursos políticos y diplomáticos mexicanos. El presidente Enrique Peña Nieto hizo cabildeo personal con algunas naciones, como China, y lo ha llevado a varias giras en respaldo a su candidatura, como en esta semana a Haití. El canciller José Antonio Meade ha hecho lo mismo con sus colegas y comisionó a una embajadora, la ex subsecretaria para asuntos multilaterales, Lourdes Aranda, para que dirigiera la campaña en el mundo.
Desde enero, Blanco ha visitado 34 países en cuatro continentes y hablado, entre otros, con 11 jefes de Estado, cuatro viceministros, 58 ministros y 75 jefes de asuntos comerciales y económicos, en una campaña intensa que juega, a la vez, como la primera prueba de influencia del gobierno de Enrique Peña Nieto en el mundo. El rival de Blanco es el embajador de Brasil –país adversario diplomático histórico de México–, ante la OMC, Roberto Azevedo.
Blanco llevaba más de una década alejado del servicio público, cuya carrera fue caracterizada por un bajo perfil político, refractario ante los medios de comunicación. Perteneció a la generación de técnicos que desde mediados de los 80 se apoderó del poder en México y que durante dos sexenios consecutivos mantuvo la Presidencia. No hay duda que fue uno de los arquitectos más eficaces en la construcción de una economía que tenía prisa por conectarse al mundo y que hoy, con su palmarés como mejor carta de presentación, busca coronar su vida profesional en esa organización.
La vida de Blanco estuvo diseñada hasta mediados de los 80, para caminar en la academia. Egresado del ITAM, como toda la clase gobernante desde entonces, se doctoró en Economía en la Universidad de Chicago y se convirtió en uno de los econometristas más reconocidos en México. Dos años después de salir de Chicago, llegó a la Universidad de Rice en Houston como profesor asistente. Al no obtener el tenure –un contrato permanente– tras cinco años en Texas regresó a México a dar clases en su alma mater. Ahí, como todo el primer gabinete económico e ideológicamente neoliberal en México, fue reclutado para trabajar en el gobierno de Carlos Salinas.
Blanco era en ese gobierno un miembro natural del equipo salinista. Los diferentes eran aquellos que provenían de otras escuelas de pensamiento. Un secretario de Estado en esa época, a quien las políticas económicas instrumentadas por el gobierno salinista afectaron su esfera de influencia, criticaba la falta de “universo” de muchos de los tecnócratas en el gabinete, y en particular Blanco, cuyo mundo, decía, “era Houston”. Pero el universo, para ese equipo, era de ellos.
Durante su campaña presidencial, Salinas nunca habló del libre comercio como uno de los ejes del desarrollo. Cambió radicalmente cuando muy temprano en su gobierno asistió al Foro Económico Mundial en Davos y vio que la atención de los inversionistas del mundo la tenía Europa, tras la caída del muro de Berlín, por lo que planteó en secreto a Estados Unidos un acuerdo de libre comercio. Salinas responsabilizó de la negociación al secretario de Comercio, Jaime Serra Puche, y este hizo a Blanco, su subsecretario, jefe del equipo. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá entró en vigor el último año del gobierno salinista, donde el trabajo de Blanco hizo que el siguiente presidente, Ernesto Zedillo, lo nombrara secretario de Comercio.
Blanco negoció otros 32 tratados de libre comercio, que llevó a México a ser el país con más acuerdos de esa naturaleza en su momento, que adelantaron la tendencia de pactos que después dominara al mundo. El TLC injertó a México al sistema productivo de Estados Unidos, lo que le permitió encadenarse a una maquinaria de desarrollo y reducir inestabilidades en su política económica, pero el costo fue la claudicación de una política industrial que estimulara la producción interna y balanceara al país.
Pero para alcanzar la dirección general de la OMC, las críticas sobre políticas domésticas son secundarias. De hecho, puede jugar a favor de él y en contra de Azevedo en la decisión final. Si bien en ambos casos se reconoce la capacidad técnica a los dos candidatos –aunque al brasileño se le considera “junior” ante la experiencia del mexicano–, otro gran activo de Blanco no es él sino el país. Durante los últimos 30 años, mientras México se abrió al mundo, Brasil mantuvo un férreo proteccionismo. Sin embargo, como alertó un diplomático, existe una línea de pensamiento en la OMC donde piensan que Azevedo podría ser crucial para impulsar desde dentro un cambio en Brasil, como si fuera la cuña del mismo palo.
El juego está abierto. Lo que en un principio parecía subir a una montaña muy empinada, pese a que México siempre pensó que la candidatura de Blanco era buena dada su experiencia y biografía, en la actualidad las posibilidades de victoria se han elevado significativamente. Estas elecciones tienen que ver con la matemática; es decir, con los votos. Hasta hace unas semanas Brasil, que ha tenido una diplomacia significativamente más activa que la mexicana, parecía tener el número suficiente de adherentes. Pero una división en África, le dio un gran impulso a Blanco.
Brasil ha tenido una diplomacia permanente con África, donde tiene embajada en casi todas sus capitales –contra siete de México–, pero el trabajo de cabildeo de Blanco ha sido quirúrgico. De los países visitados por él, 10 son africanos, pero no en el cono sur, donde la presencia brasileña es abrumadora, sino en el corazón verde del centro del continente, y en el Magreb. En América del Sur, el respaldo es de Chile y Perú, así como de Centroamérica, sin mucha esperanza del Caribe. Norteamérica preferirá a su socio, y Europa y Asia se dividirán. O al menos, así se creen las tendencias.
La votación final se espera a finales de mayo, cuando la OMC pasará a ser dirigida por primera vez por un latinoamericano, y tendrá como objetivo principal reactivar la ronda de negociaciones de Doha para liberalizar el comercio, muerta hace años. Blanco y México siempre fueron promotores de esa apertura; Brasil no. Pero no es un asunto de principios, ni siquiera incluso, al final del camino, de biografías y propuestas. Es de votos y diplomacia. Blanco no juega solo en esto, sino va de la mano del gobierno de Peña Nieto, donde la victoria o la derrota tendrá que ser compartida.

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