Anituy Rebolledo Ayerdi
Botica 14
La noticia
“Aun no amanecía. En la esquina de Hornos y Gran Vía Tropical se detuvo un camión humeante para descargar su acostumbrado paquete de periódicos. Ahí, bajo el único semáforo de Acapulco, la venta de Trópico estaba asegurada. Normalmente el muchacho recibía una dotación de sesenta ejemplares pero ese día se entregó una pila con más de 200. A los pocos minutos vendió el primero a unos pescadores que se trasladaban hacia el muelle. A las siete y veinte ya había agotado su asignación. El periódico ofrecía en la primera plana cinco notas, algunas interrumpidas con pase a interiores. Su contenido era el siguiente: HA MUERTO APOLONIO CASTILLO.
“Como se informó de última hora en la edición de ayer, en la madrugada del jueves falleció el campeón de nado Apolonio Castillo Diaz, luego de sufrir una ‘narcosis de nitrógeno’ (bend) al participar en el rescate de los millonarios Edward y Melisa Hallock , cuyos cuerpos fueron arrojados al mar por sus verdugos. Al sepelio de ayer, en el panteón de Las Cruces, se dieron cita más de 10 mil personas y de hecho se interrumpieron las actividades del puerto para acompañar al inconsolable cortejo que despedía a su última morada al deportista más querido de los acapulqueños.
“La multitud no cabía en el panteón, Muchas personalidades: el capitán Roberto Gómez Ma-queo, ex secretario de Marina, con la representación del presidente de la República; el cam-peón olímpico Joaquín Capilla, sus compañeros Clemente Mejía, Alberto Isaac, Damián Pizá, Ramón Bravo, Antonio Camargo y Samuel Gutiérrez Solís. El alcalde Mario Romero Lope-tegui; Dolores del Río y Lou Riley; Johnny Weismuller y Gary Grant; Teddy Stauffer, Reginaldo y Alfonso Arnold y Bono Batani. Las hermanas Vilma y Conchita Villalvazo, Raúl Chupetas García, la cantante Chavela Vargas (presentándose en El Mirador); la galerista Marlene Levy e incluso el príncipe italiano Ugo Conti, uno de los últimos pupilos en la escuela de buceo de Apolonio”.
(Texto reproducido de las páginas 435, 436 y 437 de una novela en torno al puerto y particularmente a la tragedia del tritón de Tecpan de Galeana. El título y el autor no aparecen en las fotocopias obsequiadas a este espacio por el arquitecto Ramón Fares del Río. Por ser de justicia elemental, los prometemos para la próxima entrega).
La dura realidad
–¡Claro que sí, muchachos, nomás que los pinches asesinos digan donde aventaron los cuerpos! –condiciona Apolonio Castillo su participación en la búsqueda submarina de los cadáveres. La formulan casi suplicantes dos viejos amigos periodistas, Andrés Deko Saucedo y Enrique Díaz Clavel, preocupados por el giro de los acontecimientos. –¿Y saben qué? –les advierte–, ¡lo hago nomás para que los periódicos dejen de lanzar ya tanta mierda sobre Acapulco! Tras lo cual vendrá la cita formal: nos vemos mañana a las 10 en el Sirocco.
Polo llega puntual a su escuela de buceo. Lo acompañan varios hombres-rana del Co-mando Submarino de la Octava Zona Naval, por él jefaturado. Una vez dictadas las instrucciones necesarias, Castillo aborda con su gente una primera embarcación. Le siguen otras lanchas y muy cerca la de la prensa ocupada por reporteros locales, nacionales e incluso internacionales. Viaja un enviado especial de The New York Times, interesado en la suerte de la pareja desaparecida. Él, un neoyorquino prominente, ella una millonaria socialité de la Gran Manzana. El plan de búsqueda, elaborado por el propio Castillo Díaz, abarca una área formada por Punta Bruja, Ensenada de los Presos y La Yerbabuena.
En Acapulco “la vida no vale nada”, escribió el Times
–¡Esto ya es un escándalo internacional! –clama el gobernador de Guerrero, Darío Arrieta Mateos, ingeniero agrónomo conocido por su corpulencia pilosa como El Oso. Frente a él está Guillermo González, jefe de la Policía Judicial del Estado, a quien conmina a resolver el caso inmediatamente “o nos lleva a todos la chingada!”. La sentencia está acompañada por un manotazo sobre una montaña de periódicos.
Todos aquellos ejemplares exhiben grandes titulares sobre el probable homicidio de la pareja gringa. Ahí están, entre muchos otros, Trópico, Novedades, La Verdad, Excélsior, La Prensa, El Universal, Le Figaro y The New York Times. De este último, un recuadro de primera plana contiene una recomendación urgente para sus lectores: “No viajar al puerto mexicano porque allá, como dice una popular canción ranchera, la vida no vale nada”.
La investigación
La presencia de un tipo alto, delgado y desgarbado se tornará familiar entre periodistas y detectives a partir de que la Dirección Federal de Seguridad –la temible DFS– se hace cargo de la investigacion por instrucciones del propio Presidente de la República. La presencia es de Luis Fenton Calvarruzu, un pocho propietario de la agencia de viajes del hotel Las Hamacas, la misma que ha vendido el “paquete lunamielero” a los ancianos desaparecidos. Rudy, como le llaman todos, se tornará anfitrión imprescindible de detectives y reporteros cuando se trate de visitar cantinas y burdeles en la Zona Roja. Siempre interesado en los pormenores de las pesquisas.
Un día, el comandante Alta-mirano de la DFS sorprende al servicial Rudy escuchando en el conmutador una conversación suya. Este hecho, sumado a la conducta anterior del sujeto, lo convierte en el sospechoso número uno de la investigación. La policía ata cabos y arresta finalmente a Fenton Calvarruzo el 5 de febrero, dos semanas más tarde de la desaparición de la pareja neoyorquina. Como no hay confianza en las autoridades locales, la custodia del detenido se entrega a la comandancia de la 27 Zona Militar. El tal Rudy no aguantará ni la primera vuelta de la tuerca.
–¡Fue Ríos Ozuna, fue el negro Daniel Ríos Ozuna! ¡Fue él quien los mató, yo no quería matarlos, yo solo quería robarles sus joyas! —chilla el texano de 35 años, con residencia de varios años en Acapulco y casado con acapulqueña.
–Pinche culero de la chingada, fue él quien planeó todo para quedarse con las joyas de la vieja, fue él quien se los chingó –aúlla en su turno el lanchero Daniel Ríos Ozuna, negro tizón del barrio de La Candelaria.
–¡Negro maldito, no seas rajado y di las cosas como fueron! –reprocha Fenton Calva-rruzo. –¿Quién los golpeó en la cabeza con el bat? ¿Quien los amarró con plomada para arrojarlos al mar? ¡Fuiste tu, cabrón, no te rajes, hijo de la chingada!
La lunada
Hospedados en Las Hamacas, los neoyorquinos Joseph Mitchel y Edith Hallock solicitan a Rudy Fenton un paseo nocturno por la bahía –“muy romántico”, acota ella– y que incluya los clavados de La Quebrada. ¡Ya está!, ofrece el agente: la lancha La Muñeca estará a sus órdenes en el muelle del hotel a las 8 de la noche. Llevará una generosa dotación de champaña, les comenta y los ancianos sonríen maliciosos.
La Muñeca fondea frente al Club de Skies para ofrecer a la pareja el espectáculo de Carlos Ochoa. Se trata del ballet acuático en el que lucen hábiles y hermosas Bárbara Collins, Margari-ta Arrieta, Vilma y Conchita Villalvazo, Normeli Donjuan Velarde, Margarita Fox y Noelia Pérez Vargas, entre otras. Completan el cuadro Miguel Cobo, Quirino Ramírez, Ángel Herrera, Abel Hernández y el sensacional Carlitos Ochoa.
El paseo continúa bajo la luna de plata hasta dejar atrás las luces de la ciudad. No obstante vivir el invierno de sus vidas, Joseph y Edith se comportan como si la primavera tocara apenas a sus puertas. Embelesados, no percibirán los movimientos extraños del lanchero. Armado con un bat beisbolero, Ríos Ozuna descarga la fuerza de sus 80 kilogramos sobre la cabeza del anciano (“sonó como cuando se parte un coco seco”, recordará cínicamente más tarde). La segunda descarga sobre el rostro de Edith acallará sus angustiosos pedidos de clemencia. Luego, el sonido del mar engullendo dos cuerpos humanos.
Más tarde, mientras el Negro Ríos asea cuidadosamente la lancha, Rudy saquea los cuartos de los turistas neoyorkinos, carga con las joyas de ella y los cheques de viajero de él. Ambos se reunirán al día siguiente en una cantina del centro. Ahí el empresario dará algún dinero al lanchero con la promesa de que su parte será jugosa. Ello “en cuanto pase todo el pedo y se puedan vender las joyas”, lo entusiasma.
Las plumas de los reporteros de policía elevarán a sus lectores a las más altas cumbres del horror y la indignación. Sus relatos serán minuciosos sobre el salvaje crimen, destacándose entre ellos el famoso Güero Téllez Vargas, sin duda el más grande reportero policiaco de la prensa mexicana. Conseguirán, asimismo, concentrar el odio y desprecio de la opinión pública sobre los homicidas exhibiéndolos cínicos, crueles, bestiales. El ya famoso Acapulco, por su parte, será desollado vivo presentándosele como el destino turístico más peligroso del mundo.
La inútil búsqueda
Todo era alegría y felicidad cuando se embarcaron –rememora el almirante Alfonso Argudín en su libro Del Acapulco que perdimos. Iban, como si fuera un día de fiesta, lanchas rápidas, de fondo de cristal, yates y hasta canoas. El autor capitaneaba entonces los yates de paseo Sea Cloud, La Barca de Oro y el primer yate Fiesta.
Cuando todos llegamos –refiere el ex alcalde de Acapulco– indebidamente Apolonio había hecho dos inmersiones seguidas, sin ningún descanso. Bajaron varios muchachos inexpertos, entre ellos Rocha, un chamaco de unos 18 años usando por primera vez en su vida tanques para bucear . Aun así bajó a 60 metros.
Don Alfonso aproximó su lancha a la de Apolonio, quien lo saludó alegremente. Le comenta tiritando que estaba envuelto en cobijas porque abajo hacía mucho frío. Fue en ese preciso momento cuando Polo empezó a tener convulsiones, temblando de pies a cabeza, recuerda AAA. Entonces será llevado inmediatamente a la playa Manzanillo, sede de los negocios de buceo. Relata:
La empresa Aqua Mundo tenía una pequeña cámara de descompresión, la única en Acapulco. En ella fue introducido Apolonio, acostado incómodamente en una colchoneta, sin poder moverse como si estuviera en un ataúd. La presión de la compresora reducirá las burbujas de nitrógeno, causantes del mal, desapareciendo el efecto perjudicial. Polo ordena que lo saquen de la cámara y le obedecen no obstante que su organismo no estaba totalmente descomprimido. Lo llevan esa tarde a su casa pero en la noche se pone mal y es conducido al hospital de la Base Naval de Icacos.
A las 2 o 3 de la mañana del 11 de marzo de 1957 –recuerda Ar-gudín Alcaraz– el teniente Mario Cano Riego tocó la ventana de mi casa para informarme que Apolonio acababa de morir.
Para el almirante acapulqueño, el sepelio de Apolonio Castillo ha sido el más concurrido en la historia de Acapulco. “Primero lo llevaron a su casa, luego a la catedral de La Soledad y finalmente al club Sirocco, de su propiedad. En cada parada hubo alocuciones laudatorias, Se dirá, incluso, que habría muerto por salvar el prestigio de Acapulco.
Los muros de agua
Las penas máximas impuestas a los homicidas Fenton y Ozuna, aun sin cuerpos del delito, serán calificadas como mínimas por un Acapulco indignado y dolido profundamente por la muerte de Polo, a partir de entonces su más joven héroe civil y deportivo.
El Negro Ríos dará de que hablar cuando años más tarde salte “los muros de agua” (José Revueltas, dixit), es decir, logre fugarse de las Islas Marías. Vagará por el país para recalar finalmente a su tierra, Atoyac de Álvarez. Fenton por su parte, habría muerto en presidio.
–Usted me confunde, paisanito, yo no soy ese que dice usted, yo soy Hilario Zequeida– responde Ríos Ozuna cuando el reportero de Trópico Enrique Díaz Clavel, lo descubre encamado en el hospital civil Morelos. Y de ahí nadie lo sacará.
¿El olvido como forma de expiación?




