Examinan artistas la interacción entre el lenguaje visual y escénico en un performance
Óscar Ricardo Muñoz Cano
“A la obra no hay que entenderla, sólo sentirla”, fue el comentario de uno de los asistentes a la última de dos presentaciones de Paisaje abstracto, performance ejecutado por los artistas Galia Eibenschutz y Martín Lanz Landázuri la noche del sábado en la Gran Galería del Centro Cultural Acapulco.
Y es que el trabajo, lleno de momentos en los que no ocurrió nada y otros donde pasó de todo, a decir de Martín Lanz, “apela a la percepción individual de cada asistente, por lo que su interpretación, su lectura, no es lineal”.
Cuando al principio los dos actores comenzaron a girar en torno al escenario (compuesto por un piso con forma de elipse, pintado de negro, cuatro escalones de madera que conforman una especie de escultura y cuadrados de diferentes colores y tamaños dispuestos con la intención de dar un toque visual y rítmico a la pieza), para después perseguirse sobre el mismo y realizar poses de alguna manera reflexiva, hubo espectadores que abandonaron la sala.
Para empezar, dijo Lanz, Paisaje abstracto es una obra hecha en colaboración con la artista visual Galia Eibenschutz donde combinamos componentes de la expresión corporal, movimiento, diseño espacial, el trazo gráfico, la arquitectura, y se construyó a partir de la contemplación de los paisajes y el diálogo entre ella (Galia) y yo. En él, examinamos la interacción entre el lenguaje visual y escénico para encontrar coincidencias, diferencias, interferencias y dependencias del proceso creativo de nosotros como artistas”.
Antes Eibenschutz había declarado que “la arquitectura es un elemento que moldea cuerpos y determina trayectorias, además de influir en el estado de ánimo del individuo; el espacio influye directamente en la percepción, tanto del público como del performer”.
Por ello, no es de extrañar que luego de una primera intervención, y a manera de segundo acto, pasaran ambos actores de las poses reflexivas a la acción de dibujar con un gis asistido con un palo círculos sobre el piso, círculos sobre los que después giraron hasta el mareo y caer desmayados.
Luego, a medio recuperar, él se dedicó a observar los círculos dibujados mientras ella, que estaba acomodada en las escaleras lo miraba en un principio y después se levantó a bailar con un trapo en la mano, con lo que logró recuperar la atención de un público que en ese momento estaba disperso.
Al término y como tercera y última parte, ambos actores comenzaron a jugar con unos cuadrados de cartón de colores ejecutando diversas acciones y poses que fueron acompañadas por la música de Bo Diddley y su Prisionero del amor, que dio pie a que cada uno, por su lado bailara a su ritmo hasta que finalmente fueron a dar a las escaleras y se sentaron a contemplar el escenario a la espera de los aplausos.




