Anituy Rebolledo Ayerdi
Botica 17
Colofón
El acapulqueño Armando Rivera Reguera ya está en el camino de los grandes epigramistas de este país (y vaya que los hay que no tienen abuela) y cuya obra ya hemos espigado en esta Contraportada. Hoy nos envía su picoso periodiquito mimeografiado Colofón –“epigramas, epigramas y muchos epigramas”–, correspondiente al mes de junio del presente año. Nos asomamos a su página 10:
Acapulco contra la API
Al epigrama, bondad
y buena intención inculco:
pero a la API y su maldad
les digo mi gran verdad:
¡Le vale madre Acapulco!
El altanero empresario
tiene mil formas aviesas:
¡No dejemos que el corsario
acabe con el rosario
de Acapulco y sus bellezas!
Colofón: ¡Fuera la API!
¿Y qué diablos es la API?
La API es una empresa dedicada a la actividad portuaria, poseedora aquí de una concesión federal –¿per sécula seculorum?–, y cuyas intenciones aviesas son el APoderamiento Integral de la proclamada Bahía más hermosa del mundo. De ella ya se ha agandallado una buena parte gracias a la blandengues e intereses oscuros de un no menos oscuro presidente de la República. El tal Zedillo, cuya memoria maldecirán seguramente las futuras generaciones acapulqueñas. No les ha bastado a los APIs apoderarse del tradicional malecón porteño para tapiarlo con toneladas de hormigón. Van ahora por su magro jardincito, un espacio, se recuerda, rescatado a marrazo limpio por el ex gobernador Rubén Figueroa Alcocer.
Está incluido en el plan APIsta, defendido aquí solo por unos cuantos –lo que quiere decir venturosamente que no todo está perdido–, el bronce del Benemérito Juárez, ejecutado por Alberto Chessal (¿lo fundirán para levantar en su lugar la figura del prócer creador de la empresa portuaria?). Por si ello no fuera suficiente, también está amenazada Tlacopanocha, sitio donde amarró por dos siglos y medio el Galeón de Manila. Allí, en la Rotonda de las Personas Ilustres, Acapulco honra a sus grandes ausentes. Juntito tienen una cantina-cevichería, un estacionamiento sin cuota y encima, hoy por hoy, el patio de maniobras de los obreros del Acabús. ¿Puede llamarse esta una paz de los sepulcros? Con razón Pipo Diego ha escuchado los gemidos de ultratumba clamando: “¡sáquennos de aquí, no sean cabrones!”.
Ripley
Quienes hoy manejan los hallazgos raros e insólitos de mister Robert Ripley, mandarían indignados por un tubo a quienes desde Acapulco les hicieran una petición. Les pidieran incorporar en la sección de Aunque usted no lo crea el atentado a la Bahía más hermosa del mundo. Indignados porque estarán seguros de que se les pretende tomar el pelo con algo que no podría creer ni el hombre más pendejo sobre la tierra.
Mi compadre Tadeo
El tema nos da pie para recordar nuevamente una cuarteta de la canción Pobre de mi patria chica, de mi compadre Tadeo Arredondo Villanueva (grabada por Amparo Ochoa como La mano y el pie). Recordándolo con cariño al cumplirse un año más de su trágico deceso, el 1 de julio de 1976. Hela aquí:
Adiós, Acapulco hermoso,
tierra de valientes hombres,
donde algunos pa’ vivir
tienen que alquilar sus nombres
El malecón y el Zócalo
Y ya que del malecón hablamos, va una crónica rimada del propio Riverita
Pasado del mediodía
y el sol bajando al nadir
desflecadas las estolas
escurren por el oleaje
y chocan contra los muros
en ir y venir constante
La línea tiene el cemento
que limita su aposento
y ahí arriba de la plancha
que va desde La Marina
y playa Tlacopanocha,
el espacio tiene nombre
donde acampa la alegría
Los globeros y payasos
desquician las inquietudes
de todos los chiquitines
tras de las pompas que vierten
el jabón en espumas…
Y de la barca miramos
al fondo la Catedral
de bizantina estructura
en donde la grey católica
deja su fe religiosa
a la hermosa virgen
de la Soledad.
¡Hermosa fotografía
del quiosco y restoranes
en tardes dominicales!
leva anclas la barcarola
dejando atrás la belleza
del malecón y del zócalo.
Nota: La Marina fue un hotel de los años cuarenta localizado en pleno Zócalo, mismo sitio del hoy Bancomer.
Fuerte de Casamata
El fuerte de Casamata se localizó en el cerro de El Herrador (actual palacio municipal) y fue anterior al de San Diego aunque con el mismo propósito: defender al puerto de los ataques piratas. Sus ruinas permanecerán intactas hasta 1930, año en que serán barridas por la construcción del hotel Hornos–Anáhuac-Papagayo. Fue este el sitio escogido por su propietario, el general Juan Andrew Almazán, para proyectar un primer casino para Acapulco, fallido finalmente.
Las ruinas de la fortaleza fueron habilitadas durante la guerra de Independencia como cuartel de las fuerzas del general espartanotecpaneco Hermenegildo Galeana. Modernamente, fue un sitio ideal para los “tíquites” o pintas de venado del alumnado de las escuelas Altamirano y Miguel Hidalgo. Ahí la chamacada jugaba a las guerritas con cañones y balas de verdad, aventándose peligrosamente las grandes esferas metálicas que, no pocas veces, apachurraron más de un dedo gordo del pie (solo unos cuantos niños pipirisnais usaban entonces zapatos). Otro atractivo del fuerte de Casamata era la abundancia de ojos de venado, siendo el chiste obtenerlos sin aguatarse las manos con sus hojas hortigosas.
La Piedra del mono
Otros “tíquites” gozosos tuvieron como escenario la Piedra del mono, en el cerro de La Mira. Estos con el atractivo adicional de devorar marañonas hasta el empacho –dulces, las amarillas; agridulces, las rojas–, y asar su semilla exterior parecida a una carita de chango. No otra que la hoy carísima nuez de la India que de allá vino, efectivamente, pero a través de Panamá. “Pintas de venado” terminadas muchas veces en “pelas” seguras, cuando en la casa descubrían las ropas manchadas con jugo de marañona. Manchas que, como las del honor, no se quitan ni con lejía.
Habla la leyenda que corsarios ingleses y holandeses escondieron el futo de sus hurtos, principalmente al Galeón de Manila, en la ensenada de Potrerillo. Uno o varios tesoros habrían sido enterrados teniendo como referencia una enorme roca de forma cilíndrica conocida modernamente como la Piedra del mono. Le viene tal nombre por tener cinceladas, entre otras figuras, un changuito, una cabeza humana tocada con un turbante, un pelícano nadador, una escalera con diez escalones y el pico de un pájaro apuntando hacia una embarcación.
Descifrar el jeroglífico, según la misma leyenda, llevaría al sitio exacto de los seguramente millonarios entierros. Por ello las excavaciones de varios siglos en torno o debajo de la Piedra del mono, por poco acaban con el cerro. Incluso, han reubicado constantemente el megalito (la piedrota, pues). La última vez que estos ojos lo vieron –hará cosa de medio siglo–, estaba al poniente de La Mira. ¿Dónde estará hoy? ¿Está?
Acapulco y su bahía
Terminamos esta Contraportada como la iniciamos, hablando de Acapulco y su bahía pero esta vez escuchando voces ajenas. Voces antiguas recogidas por el ingeniero militar, historiador y periodista Vito Alessio Robles, en su libro Acapulco en la Leyenda y en la Historia,
García Cubas
“El puerto de Acapulco está formado por una bahía de dos mil ochocientos trece metros de seno y que mide cuatro mil ochocientos veintisiete metros de Este a Oeste. Se halla rodeada de altas montañas, las que por el Norte y el Este se elevan de seiscientos a novecientos metros y las del Oeste, de cien a ciento cincuenta ( Antonio García Cubas (1832-1912), geógrafo e historiador mexicano. Su Historia de México fue texto escolar por mucho tiempo.
Alessio Robles
“La rada de Acapulco, quizás la segunda del mundo por su extensión y la primera por el abrigo que proporciona a las naves, es bellísima. Rodeada de altas montañas de granito con cantiles casi cortados a pico, proporciona enorme seguridad a las naves fondeadas en ella. Una hermosa bahía que puede abrigar a toda una moderna escuadra” (Don Vito).
American Pilot
“La bahía de Acapulco es considerada como la más hermosa de Centroamérica y México y, por su tamaño, una de las mejores del mundo. Su fondo es de arena sobre arcilla y proporciona, por tanto, un buen agarradero para las anclas” (revista Mexican and Central American Pilot).
Urdaneta
“El mejor puerto de la costa occidental de América”, lo calificó Fray Andrés de Urdaneta. Por ello lo escogerá como terminal americana de la línea de navegación entre la Nueva España y Filipinas. Aquí, su calle bien ganada.
Virrey Enríquez
El cuarto virrey de la Nueva España, Martín Enríquez de Almanza, le escribe en 1572 al rey Felipe II para exaltar emocionado las ventajas de Acapulco sobre los demás puertos del litoral del Pacifico. Es el sitio perfecto para comerciar con Asia, le recomienda. (El muy cabrón no vino al puerto de vacaciones sino a encender la rosticería al servicio del Tribunal de la Santa Inquisición, traído por él a la Nueva España).
Diego Fernández
“Es Acapulco el mejor y más seguro puerto del mundo”: Fray Diego Fernández de Navarrete.
Malaspina
“Acapulco disfruta de grandes ventajas que solo se encuentran reunidas en muy pocos puertos del globo”: Alejandro Malas-pina, navegante español, también con calle en el puerto.
Lord Anson
“Es Acapulco el más seguro y más bello puerto de la parte septentrional del océano Pacífico”: Lord George Anson, almirante de la armada británica que circunnavegó el globo al mando de la nave HMS Centurion. Durante la guerra con España, Inglaterra lo comisionó para hostilizar posesiones hispanas en el Pacífico Sur.
Bellísima
Bellísima bahía, obra del escritor Ricardo Garibay, autor también de Acapulco.
Colofón
¿Estaremos hablando en poco tiempo de APIpulco?




