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Silvestre Pacheco León

Las frutas

*Para Anita Chimalpopoca, dueña del jardín frente al mar. Por el Día latinoamericano de las frutas

Las hay de todas formas, tamaños, colores y sabores. Unas son de formas caprichosas, como la caña de azúcar que siendo un pasto gigante atesora en su tallo nudoso y alargado el exquisito y dulce jugo.
Otras son esféricas como la manzana y la naranja. Las hay también ovoideas y pesadas como los mameyes que tras su cáscara color de tierra, ocultan una veta de carne dulce y rojiza que resguarda la semilla pétrea con su punta que mira al cielo.
Unas frutas pueden ser de corteza gris como las ilamas, o amarillas como los plátanos y cafés como los chinicuiles, y el cacao, y sin embargo tener su carne blanca.
Las que pertenecen a la familia de los cítricos van del sabor ácido al amargo y luego al agridulce.
Algunas son un contraste entre su corteza ordinaria y agreste como las piñas que en su interior guardan la nobleza de sus tajadas fibrosas.
Hay frutas del tamaño de un puño que ofrecen a la vista su cubierta luminosa y brillante como las granadas y otras lisas, gigantes y pesadas como el cocotero.
La granada es la fruta coronada que va del verde al colorado. El coco es un mundo de fibras apretadas con un hueso que guarda a su vez el agua filtrada que madura a convertirse en leche que luego se cuaje en fina pasta blanca.
Antes de saber sobre los nutrientes que aportan al organismo que las consume, como su fibra, ácidos, glúcidos, vitaminas y minerales, comemos las frutas por su apariencia y sabor.
Es tanta su variedad y abundancia que están cerca de nosotros todo el tiempo para ser consumidas frescas y perfumadas, desde los diminutos nanches amarillos, pasando por las guayabas y guayabillas, hasta los plátanos machos que se dan en las riberas.
Los chicozapotes o chicos son del color de los mameyes pero de cáscara más delgada y pulpa blanda de un dulce empalagoso.
En cambio los zapotes prietos tienen una apariencia verde encendido con una pulpa renegrida y blanda del color del chapopote y un sabor que compite con el chocolate batido.
Los tamarindos en cambio son vainas de cáscara café quebradiza y de ése mismo tono es su pulpa de apariencia aterciopelada y sabor agridulce.
En la zona rural, los limones, las naranjas o las toronjas son parte del alimento diario. En la vida de cada quien siempre hay momentos de la niñez ligados a la acidez de esos frutos que mezclados con chile y sal superan el regusto amargo cuando se golpean.
Los mangos criollos fueron los frutos que abrieron mis sentidos al mundo de las frutas. Conozco su aroma desde que brota su flor hasta que nace como fruto.
Los mangos silvestres pueden comerse tiernos con cáscara verde y carne blanca, del color de su semilla, como una ostia, y su pulpa apretada, crujiente y ácida.
Mangos verdes comíamos por montones con sal y chile hasta que su acidez entumecía nuestros dientes.
El aguacate es un fruto que puede ser de apariencia oscura pero su pulpa es siempre verde y cremosa como la mantequilla. El aguacate criollo tiene un pescuezo alargado que en su variedad mejorada ha desaparecido.
En el patio de nuestra casa el árbol de aguacate tenía de dos clases, unos con pescuezo alargado como los foco antiguos, con su semilla café oscuro, y otros que eran delgados y cónicos, como aretes, de pura pulpa, sin semilla y tan delicado su sabor que podían comerse a mordidas.
Las ciruelas son de primavera. Tiernas se comen con sal como los tamarindos, cuando su semilla no ha endurecido. Cuando son sazonas se cortan para hacerlas en conserva. Sin embargo son más deliciosas si se consumen frescas y recién cortadas.
Los huamúchiles son una fruta de vaina que se enrosca. Cada grano o semilla está envuelta con una cubierta blanca o roja pegada a la cáscara verde. El árbol crece de manera silvestre y en época de secas familias enteras recorren los campos cortando y comiendo esos frutos dulces y carnosos.
Quizá la manzana sea la fruta más universalmente conocida, tanto que aparece en la mitología griega, en los viejos cuentos de brujas y hasta en la inspiración de Pablo Neruda quien la imaginó caída del paraíso cuya redondez sonrojada la miró como “mejilla arrebolada de la aurora”.
Algunas frutas aparte de alimentar y nutrir previenen enfermedades y otras tienen poder curativo como la pera que normaliza el pulso cardiaco y ayuda contra la colitis, o la manzana que disuelve el colesterol y previene el catarro.
La naranja se indica para casos de arritmia; el limón cura las úlceras y limpia la piel y el plátano combate los calambres y la depresión.
La piña ayuda a cicatrizar y desinfecta las heridas. El tamarindo se recomienda contra las anemias. El mango cura la dermatitis y favorece el sistema nervioso.
Hay frutas que nacen y crecen debajo de la tierra, como la jícama y los cacahuates mientras otras son producto de una sola cosecha. Las matas de jícama y cacahuate se arrancan del suelo para dejar expuesto su fruto. El plátano y la papaya también se cosechan una vez porque su planta no da más, lo mismo el melón y la sandía.
El tamaño, color y sabor de cada fruta responde a secretos que cada quien ha de descubrir.
Así lo resolvió aquella tarde el costeño desde su hamaca mirando en derredor del frondoso árbol de nanches que le servía de sostén, el suelo tapizado con sus frutos maduros. Su pensamiento voló hasta las insignificantes matas de sandía que sostienen en el suelo el pesado fruto que de otro modo no podría soportar.
El costeño concluyó que en el diseño de esas frutas Dios se había equivocado.
“pudo haber hecho la mata de Sandía tan fuerte y grande como el árbol que sostiene mi hamaca” razonó, cuando de pronto un nanche desprendido de su rama le cayó en la frente sacándole una maldición tras el golpe, pero se contuvo en seguida pensando que hubiera sido peor la caída de una sandía.
“Que sabio es Dios”, dijo arrepentido.

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