José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* El Trovador de la Sierra reciclado
Botines y, a falta de chaparreras, pantalón charrasqueado, chaqueta de pos dónde hubo, sombrero de charro, de mariachi, nunca gorra de pachuco o de beisbolista. En diciembre se paseaba por la feria de Chilpancingo muy a todo dar, el paliacate colorado enredado en el cuello, el bigote pajón, las aletillas de la nariz medioinfladas, semirresollando, y, de ser posible, el cigarrito cáido entre los labios, pa’ ya de atiro hacerle al Indio Fernández carón y borrachote rompiendo plaza, sin que faltara con una que otra caidita de cintura a lo Cantinflas, pos cómo no.
Al hombro, un gabán de grecas y colores chillones que más al rato le iba a servir de cama y hasta de casa.
–¡Órale, ahí va El Trovador de la Sierra! –gritaban unos a su paso, aunque muchos todavía lo llamaban El Pequeño Orador.
Se llamaba Eloy Díaz, y para entonces ya era la reencarnación misma del mito quelitero combinado con maíz hervido y agüita de maguey, algo así como un candidato apoyado “por todos los sectores”, en muy diversas regiones pero especialmente en el centro de Guerrero. Y conste que, al principio, él “no era así”…
Dicen que Eloy fue un joven inteligente e inquieto, un buen estudiante, que de repente empezó a dar muestras de que su cabecita no andaba muy bien. Unos cuentan que era muy chavo cuando se cayó y se pegó en la cabeza; para otros, “quedó mal” durante el movimiento estudiantil y popular de 1960, cuando una bala de los soldados que asediaban el antiguo Colegio del Estado pasó rozándole la sien, en la trágica tarde en que 14 ciudadanos guerrerenses fueron acribillados por el Ejército mexicano en la alameda de Chilpancingo, frente a lo que hoy es el Edificio Docente de la universidad.
–Empezó a apendejarse: una especie de apendejamiento… brillante.
Algunos de los ciudadanos que quedan de aquel dramático diciembre recuerdan a Eloy Díaz más presto que la punta encendida de un ocote de las fogatas de la alameda, alrededor de las cuales estudiantes y vecinos se reunían para tomar café de olla y decidir cómo iban a seguir impulsando el movimiento popular. También lo conocían, por “mano larga”, verduleras, carniceros y panaderos que habían trasladado sus puestos de ventaa cerca del Colegio del Estado. Le decían El Pequeño Orador, por los rollos que ya sabía echarse y en alusión a los libros entonces en boga que enseñaban a ser orador o declamador en pocas lecciones. Eloy ya había escuchado un buen rato los discursos encendidos de los líderes estudiantiles, y empezó a echarle porras a su propio discurso, hasta llegar a los profundos, poéticos y revolucionarios rollos que habrían de proporcionarle la fama de sabio locuaz que le duró hasta sus últimos días.
–Porque miro al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio destino… –declamaba Eloy, ya de sombrero pero pues todavía sin que le creciera tan explayadamente el bigotacho. Iba en eso de cuando sembré rosales, coseché siempre rosas, y, como aquellos que en el 60 se acomodaban cerca de la fogata y apretaban la oreja del jarro de café cuando El Pequeño Orador empezaba a hablar, en la cantina o la pozolería donde empezó a desenvolverse los clientes preguntaban:
–¿Oíste lo que dijo? ¡Filosofía pura, cabrón!
El Pequeño Orador se perdía por meses: andaba en la feria de Tlacotepec, en la de Palo Blanco, pue’que por Tres Caminos, o en Almolonga, donde dicen que este año los toros van a estar muy buenos. Que vieron agarrar rumbo a Amojileca, que su chusca y folclórica presencia engalanó los festejos dedicados a Señor Santiago en Tixtla. Se hizo de un sombrerote y, al modo charro, empezó a andar como pato rozado de la entrepierna, mientras decidía en qué puesto de la feria iba a soltar su arenga. Sin caballo, se iba rayando sus espuelas de utilería de feria en feria, de jaripeo en jaripeo, y fue así como poco a poco eso de El Pequeño Orador se fue achicando aún más ante el arrastre más popular y chingón de El Trovador de la Sierra.
–Mis estimados amigos, disculpen que interrumpa su sabroso pozole –se presentaba–, pero acabo de llegar de un largo viaje y antes que irme sin despedirme mejor me voy a presentar con ustedes: soy nada menos que su amigo Eloy Díaz, mejor conocido como El Trovador de la Sierra.
–Y ya saben amigos, pa’ lo que se les ofrezca y gusten mandar, estuvo con ustedes su amigo El Trovador de la Sierra –se despedía.
¡Como Toño Aguilar en cualquiera de sus papeles de bandido justiciero! De lo más vaquero y balandrón del cine mexicano le venían las espuelas arrastradas y los modos roncos y disque perdonavidas al muy famoso Trovador.
–¡Pero en los jaripeos era la figura principal! ¡Toreaba cebúes, compadre!
–Sí, ¡pero por la cola!
En las cantinas se desplazaba como pez en amargo de nanchis, y se dice que muchas chavas del mercado y hasta de sociedad veían en él una turbia pero muy suriana representación del Jorobado de Nuestra Señora de París. Sin haber ido a la escuela de teatro, dominaba el escenario mejor que López Tarso:
–Con su permiso señoras y señoritas, amigos y enemigos, mexicanos aztecas todos… El Trovador de la Sierra solicita atentamente su atención.
Cualquier pozolería era una gruta de Juxtlahuaca cuando El Trovador expectoraba su voz gruesa y profunda, alentada por indiscriminadas dosis de Broncocérux y mezcal.
–¡Échate como un perro, Trovador!…
–¿Y si te muerdo, mi hermano?
El show poético-social terminaba económico: “Llegó la hora triste, la hora más dolorosa de todas: la hora de la coperacha”, expulsaba, y todo mundo a cooperar.
“Es muy inteligente”, comentaba algún comensal que esos que veían y oían al Trovador tenían la mezcalera ilusión de estar presenciado un espectáculo, de haber prendido la tele y estar de pronto ante un actorazo chusco pero de a devis, por el sencillo hecho de que era un loco que representa su propio papel.
–¡Loco no estaba, compadre! Actuaba como podía, y al tiempo que nos divertía la pasaba bien.
–Loco le decía tu amigo Pepe.
–Cierto:
¡Lococabrónjijodetupetruska!… –le gritaba.
Pepe era entonces un polvorín revolucionario que si no organizaba un mitin político, participaba en él. Así como preparaba las reuniones, estaba atento al escenario, era de los que pasaban una y otra vez diciendo ¿bueno?… Uno, dos… frente al micrófono y no dejaban de repasar el orden del programa. Eran las épocas del PSUM, de las primeras coaliciones de izquierda… El gran riesgo, para Pepe, era que antes o aun después del programa, se presentara por ahí El Trovador de la Sierra. “Su presencia desmadra toda la organización, chotea el programa, todo lo que hicimos y lo que queríamos conseguir!”, alegaba Pepe, después de haber asustado al Trovador dando zapatazos en el estrado, al cabo éste ya había terminado su poema frente al micrófono y hasta recogido la “coperacha”.
Pepe abandonó un poco su rencor operativo e ideológico la tarde en que consiguió aventarle un cubetazo de agua a su acérrimo y sorpresivo boicoteador.
–¿Se acuerdan que en un tiempo anduvieron por acá unos laboratoristas japoneses que le convencieron al Trovador de hacerle una biopsia a la pura costra de mugre de su piel y de ahí entresacaron el menú típico de las siete regiones del estado de Guerrero?
–Sí, pero como en su informe los japoneses no hablaban del quelite ni de la cebolla, los tomamos a lucas.
–El agua es el peor enemigo del hombre –decía muy acá El Trovador, cuyo susto máximo, en efecto, era ver a un ser humano a punto de tirar un cubetazo de agua fría hacia la calle. ¡Ahí rayaba espuelas como si de veras anduviera a caballo y hasta el sombrerazo de Los Xochimilcas se le olvidaba recoger!
–Nomás estoy en mi juicio un ratito mi cuate –decía–, luego le sigo.
–La verdá, a nivel internacional ya llevo más de 30 años de chupamirto bebedor, y sigo tan campante –se adornaba.
Ya iba a cumplir cincuenta y se sentía más a todas móderes que Johnny Walker.
Entre sus fans abundaban los políticos. Sobre todo en épocas de campaña electoral. Más político El Trovador, que aparecía en el justo momento en que acababa de llegar el candidato: ya junto a éste, se echaba tres o cuatro versos al aire, les parloteaba un poco, una última gracejada con rima al aspirante electoral, y ahí mismo recibía el billete del prospecto y, con él, los aplausos del populacho.
En la lista de personajes con los que se dignaba a compartir el aplauso del respetable había alcaldes, comisarios y síndicos futuristas. El último político que se hizo aún más famoso gracias al Trovador de la Sierra fue un tal Carlos Salinas de Gortari. Era presidente de México cuando, en Chilpancingo, se puso el sombrerote del Trovador de la Sierra y se tomó una foto de muy cuatachos con él.
Recapitulando: durante toda su vida dijo El Trovador su repertorio de los 60: Julio Florez, Julio Sesto, pedacitos de Antonio Plaza. El Rubén Mora de El Tlacololero, el de “que aunque como hombre seas macho, si te me ganan la mano, te van a matar, muchacho, y si quedas buenisano has de ir a parar de guacho como le pasó a tu hermano”. En su momento, empezó a echarse “poesías” dedicadas a Genaro Vázquez y a Lucio Cabañas.
Y los pozoleros volvían a semidesmayarse:
–Es un filósofo borracho, y… ¡un chingón! –exclamaban. Sorprendidos, orgullosos, con sabatina emoción social.
–Le pasó como a los líderes del 60, ¿no, compadre? Siguió diciendo las mismas palabras, nomás que de la alameda o la plaza pública pasó a la cantina y las pozolerías…
–Pos más o menos. Parte de los líderes pasaron a engrosar el poder. Casi todos se volvieron burócratas mudos o ventrílocuos.
–La pregunta con que empezamos persiste: El Trovador, estaba loco o no.
–Para mí que sí. Sólo un loco podía vivir como vivía.
–Si encontró una forma de vivir, no estaba tan loco.
Una vez le preguntaron si podía trabajar, y él dijo:
–Puedo, pero no debo.
Y explicaba:
–Yo mismo soy mi empleador, tengo mi sueldo particular, yo mismo voy a la farmacia en caso de que en ese momento requiera una “curación”.
Un día dijo:
–Yo soy yo y no necesito calzones ajenos para caminar, y esto para su conocimiento, caballeros…
Casi el Quijote de la Mancha, con carita de Cantinflas bigotón, respondiendo: ¡Yo soy yo y si quiero puedo ser Los Doce Pares de Francia!…
Llovía esa noche de sábado en que El Trovador entró corriendo a la pozolería de los Obregón, en San Mateo. Como era la primera, llegó directo a la mesa de Pepe, que estaba con dos amigos. Por angas o mangas, éstos se levantaron y durante un rato dejaron solos a Pepe y al Trovador.
–Tú eres Pepe, ¿no es cierto? –dijo el susodicho, después de beberse la copa de alguien. Mira, Pepe, tú tienes una bronca conmigo, no me quieres y yo quisiera aclarar este punto contigo.
Sin sombrero, al Trovador se pegaban en orejas y los cachetes los largos mechones de pelo húmedo. Sus arrugas, ya numerosas, descansaban de corretizas y rencores, y, como luego contó Pepe, “no era una ilusión que me estuviera viendo fija… pero tranquilamente a los ojos”.
–Lo que yo quisiera saber es por qué me odias –dijo. Sorpresivamente, se le había quitado lo ronco y carrasposo: los ojos le brillaban, pero la expresión de su cara se suavizó cuando le planteó a Pepe: –Sea cual sea tu bronca, ahorita mismo me la vas a aclarar. Pepe te llamas, ¿no?
–¡El que hablaba era Eloy! –juraba, turulato, Pepe, una y otra vez.
Cuando volvimos a la mesa, El Trovador se empinó el trago de otro, se puso de pie y:
–A mi modo de ver las cosas –externó, con cavérnica voz, con su más típico modo trovadoresco–, considero que sigo siendo El Trovador de siempre, gracias a yo. Afortunadamente no tengo rival alguno que supere mi personalidad. Ahora que si lo hay, pos me hago a un lado.
Y que voltea ver a Pepe, ¡y que le ofrece la mano!… Y, aunque primero se echó pa’tras, Pepe estiró la suya y entre las dos manos se dieron un buen apretón.
Esa vez no hubo rollo, ni declamación, ni hora de la coperacha. Cuando vimos, El Trovador de la Sierra, o quizá Eloy Díaz, se había ido por donde llegó.




