Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Las calles de Acapulco II

La primera Costera

La primera avenida Costera de Acapulco corrió un tramo a partir del Fuerte de San Diego y hasta el hotel con nombres sucesivos de Hornos-Anáhuac-Papagayo, y otro del mismo Fuerte hasta el Zócalo. Se le bautizó como Paseo Almazán, nombre del propietario de la hospedería, general revolucionario nativo de Olinalá, Gue-rrero, Juan Andrew Almazán.
Discutido militar y político apodado La Gallina de Chipinque (como su cerro regiomontano, hoy parque ecológico) porque a la hora de la hora se arrugó, se hizo rosca, se rajó, se echó pa’trás, le zacateó y se culipandeó. A la hora de convocar a las armas, según su promesa, para defender su triunfo electoral sobre Manuel Ávila Camacho, en la elección presidencial de 1940. Las armas las proporcionarían los gringos a cambio de la devolución del petróleo expropiado por Lázaro Cárdenas. Hoy, sin un disparo.
El propio Almazán, a cargo de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (febrero de 1930 a octubre de 1932) trajo al puerto a su jefe, el presidente Pascual Ortiz Rubio (1930-1932), y junto con el gobernador Adrián Castrejón se agandallaron una superficie costera de más de mil hectáreas, todas sembradas con palmeras y limoneros. Se localizaba entre el río Grande (La Fábrica) y el Farallón del Obispo. Una fotografía aérea de aquel verdor exultante debió constituir un espectáculo impresionante. El despojo fue disfrazado con la figura de una expropiación estatal, por causa de utilidad pública. El promotor del hurto se quedó únicamente con 20 hectáreas: “nomás para construir un hotelito”.
“Todo es perfectamente legal, no hay nada chueco, la ley es la ley”–proclamaron los dadivosos jerarcas al pagar a los expropiados a razón de 10 y 20 centavos el metro cuadrado. El jefe del Ejecutivo federal era ingeniero topógrafo y por eso presumía de que en materia de su especialidad nadie lo hacía pendejo. En realidad ya lo era aunque su apodo “oficial” era el de Nopalito, por lo baboso, decía la gente.
Propietario de casi 800 hectáreas localizadas a partir del hotel apenas ayer Avalon y hasta la Piedra Picuda, el coronel Amador Olívar no se perdonará haber despertado la codicia voraz de Andrew Almazán, su compañero de armas. Ambos se habían apalabrado para asociarse en una empresa destinada a la explotación turística de aquella enorme superficie. Olívar no descansará hasta tenerlo enfrente para mentarle la madre hasta cien veces, aferrado a la vieja idea de que “una mentada de madre duele más que una puñalada”. Error, a Juan Andrew los recordatorios maternos lo estimularon.
Otros acapulqueños robados por el trío rapaz fueron las familias Martínez, Guillén, Lacunza y Escudero. Don Fulgencio, hermano de los mártires Escudero, tuvo que pagar una mordida de dos mil pesos por “pronto pago” de los 20 mil pesos que le tocaron por 25 hectáreas. ¿Acaso alguna vez ha sido diferente?

El Paseo Almazán

El Paseo Almazán –descrito por el arquitecto Justino Fernández, en su valioso texto Aportación a la Monografía de Acapulco, 1932– se prefiguraba ajardinado. Con palmeras reales en su camellón y con amplias aceras laterales, una de las cuales, la que daba al mar, estaba concebida como un camellón cuyo muro rompeolas serviría como banca corrida para uso y solaz de los paseantes. Habría también una amplia vereda pavimentada, separada de los vehículos y por una banda arbolada y ajardinada para proveer de sombra a los paseantes. Un proyecto similar a la Prome-nade des anglaises de Niza o a las costaneras de San Sebastián, Bia-rritz, Copacabana y Mar de Plata. (El arquitecto Fernández fue fundador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM).

La Costera actual

El proyecto descrito será contrariado totalmente cuando años más tarde se proyecte la Costera actual. “Solo los ignorantes y pendejos quieren imitar a otras bahías ignorando que la de Acapulco es la más hermosa del mundo y no acepta segundas partes”. Tal será la sentencia, reveladora de su escasa escolaridad, del presidente de la Junta Federal de Mejoras Materiales de Acapulco, Melchor Perrusquía, encargado de la obra por decisión del presidente Miguel Alemán Valdez, su amigazo del alma.
Y así fue como el nuevo proyecto considerará esencialmente la venta de la playa, incluido el permiso para edificar incluso rascacielos. Por si fuera poco, se traicionará el estricto sentido costero alejando del mar varios tramos a la arteria. Así se ganarán grandes espacios para venderlos a precios de oro. O también, obsequiarlos a los cuates. El siguiente no es ejemplo de ello:

Rubén Figueroa

La enorme superficie de la Costera ocupada hoy por la Casa de Cultura de Acapulco, fue adquirida entonces por el fraccionador Wolf Schoemborn para construir una casita. Nomás para él y Florenne, su esposa, perteneciente a la familia estadunidense propietaria primero de las tiendas Five-and-ten y más tarde Woolworth. El matrimonio será exaltado en 1978 por su altruismo, desprendimiento y generosidad al donar su casa selvática para el referido centro cultural. Quien diga que el hombre negoció a cambio la autorización para construir altas torres habitacionales en la playa, no miente.
Fue la señora Lucía Alcocer de Figueroa la encargada de recibir la donación en un acto celebrado en el sitio mismo. La acompañó a regañadientes el gobernador Ru-bén Figueroa Figueroa, removiéndose molesto en su asiento del evento. Llegará un momento en que el hombre de Huitzuco haga sentir su descuerdo con aquel homenaje a Schoemborn y comente muy quedo con su vecino en la mesa de honor. (Rogelio de la O)
“Más que una donación es una devolución. Este pinche viejo maricón se ha chingado medio Acapulco y ahora se presenta como generoso mecenas cultural. ¡Pa’ los pendejos!”.
El mandatario aludía seguramente al antecedente que ubicaba al donante como uno de los voraces fraccionadores del puerto, particularmente de la península de Las Playas. Buena parte de la misma y otras propiedades había sido adquirida por don Ignacio Comonfort, ocupando en 1853 la administración de la Aduana Marítima de Acapulco.
Sucederá que cuando el militar poblano coquetee aquí con los alzados en La Providencia, encabezados por don Juan Álvarez, la ira de Santa Anna no tendrá límites y entonces lo echará del cargo acusándolo de ratero y otras lindezas, ordenando además su arresto inmediato. Comonfort será finalmente el estratega e ideólogo del Plan de Ayutla para echar del poder a Pata de Palo y al triunfo del mismo ocupará la presidencia de la República. Aquí, su hija Adela Comonfort de Oliver, heredera única, se encargará de vender todas las propiedades de su padre particularmente a fraccionadores extranjeros.

El nombre

Casi terminada la monumental obra urbanística surge en Chilpancingo una tímida propuesta para que aquella lleve el nombre de un preclaro chilpancingueño, don Nicolás Bravo, el valiente Héroe del Per-dón. Se dirá entonces que el propio gobernador Baltazar Leyva Manci-lla simpatizaba con ese bautizo y que a él se lo había sugerido el propio presidente Miguel Alemán.
Para entonces los acapulqueños seguían llamando “Paseo Al-mazán” al viejo tramo de Hornos y al resto simplemente Costera. No faltará algún periodista, de esos que nunca faltan, quien haga eco de una propuesta para bautizar la arteria con el nombre de don Guadalupe Victoria, que no será tomada en cuenta, por supuesto. A los acapulqueños, orgullosos de aquella maravilla urbanística, poco les importaba el nombre, era simplemente “una chingonería”.
Orden y nos amanecemos, exhorta el alcalde José Ventura Neri, el cuñado cómodo del gobernador Leyva Mancilla, y nombra una comisión de la sociedad civil para que le busque nombre a la nueva calzada y de paso revise la nomenclatura citadina pues se sospecha que se han colado dos que tres pillos de siete suelas (“¡nombres, nombres!”, pide la plebe). La comisión fue integrada por ciudadanos preclaros como don Rosendo Pintos Lacunza, don Simón Funes, don Efrén Villalvazo, don Alfonso Uruñuela y don Fidel Salinas. Gente sencilla, pueblerina, ajena a los intríngulis de la “gran política”.
Los distinguidos acapulqueños toman muy en serio el papel que se les ha encomendado y muy pronto presentan los resultados. Proponen dividir la calzada en tres grandes tramos; uno se llamaría “Paseo de El Morro” (Icacos-hotel Las Hamacas); otro “Avenida de la Nao” (Las Hamacas-Tlacopanocha); y el tercero “Avenida Caleta” (Tla-copanocha a la playa).
A los comisionados nadie les quitará más tarde de la cabeza que fueron utilizados para dar al asunto tintes democráticos y que, en una palabra, les habían visto la cara de pendejos. Sospecha que confirmarán cuando se llegue el momento de bautizar la calzada y no se les invite a ningún acto relacionado con el suceso. Aún más, tendrán que firmar de conformidad el pliego manejado por Mel-chor Perrusquía, pidiendo al presidente Miguel Alemán su aceptación para que la calzada llevara su nombre. ¡Y aceptó!
El presidente Alemán llega al puerto el 28 de febrero de 1949, en pleno martes de Carnaval, entonces fiesta grande. Corona a la soberana de las carnestolendas, señorita Estela Galeana, para luego acompañarla en un recorrido triunfal por la nueva vía, a bordo de un Cadillac descubierto. El veracruzano sonriente se manifiesta sorprendido porque los acapulqueños hayan bautizado con su nombre una obra que lanzará al puerto a alturas insospechadas. Recibe emocionado el homenaje popular en la plaza Álvarez y enciende por la tarde la iluminación de la misma y toda la arteria. La bahía iluminada será un espectáculo que nadie en México querrá perderse. “Un collar de perlas”, la compara un poeta sin rima.

La contra

Con todo, la Costera Alemán no será “monedita de oro”, como hoy mismo no lo es el Acabús. Habrá quienes vean en la obra el fin del Acapulco idílico por ellos concebido, el paraíso perdido cerrado secularmente a fuereños o “frasteros” que todo manchan y pervierten. La Costera será por eso una obra maldita para aquellos, muy pocos por cierto, nunca dispuestos a compartir los manes de “su” Acapulco, “su” muy querido Acapulco. También habrá cuestionamientos concretos y muy precisos.
Uno de los cuestionamientos a la vía costera será el haber sacado al Fuerte de San Diego de su entorno marítimo natural. En efecto, se trató de una fortaleza marina para defender al puerto de naves beligerantes, particularmente piratas o corsarios. Situación que favoreció su inexpugnabilidad las veces que fue sitiada. Y es que nunca le faltaron refuerzos, armas y vituallas procedentes de la isla de La Roqueta. De ahí la genialidad de Morelos de tomar la isla para cortar tales suministros y así hacerse finalmente del bastión. El héroe de aquella jornada memorable fue el joven tecpaneco Pablo Galeana.
Otras condenas contra la Costera aludieron a la destrucción, por parte de la Junta Federal de Mejoras Materiales, de símbolos naturales muy de los acapulqueños y entre ellos la “silla de Moctezuma”. Un roca de cinco metros de alto por cinco de diámetro, con forma de trono monárquico, donde los chamacos jugaban a ser emperadores. Se localizaba al lado sur del Fuerte y fue dinamitada por La Junta.
También fue borrada del ma-pa la playita llamada “Del Cas-tillo”, embarcadero de los realistas para abastecerse de La Roque-ta. Rodeada de grandes rocas apenas medía 15 metros y se recuerda como la primera del puerto do-tada en 1948 con regaderas. Su concesionario, don Manuel López, la había bautizado con el nombre de “Hornitos”.
Referentes acapulqueños dignos de preservación fueron las ruinas de unos hornos coloniales, lo-calizados todavía en 1932 casi frente al actual parque Papagayo. Hornos que dieron nombre a la playa vespertina por excelencia y que fueron utilizados para cocer los ladrillos destinados primero a los parapetos para la defensa del puerto y más tarde para la construcción de los fuertes de San Diego, destruido por un terremoto, y el de San Carlos en 1778. Prevalecerá el santo del virrey constructor y no el del rey Carlos II, por malquerido. Se utilizará en el proceso de construcción una mezcla adicionada con miles de huevos de tortuga que, según los arquitectos de la época, tenía un amarre excepcional. Hornos igualmente arrasados por la Junta Federal de Mejoras Materiales, una suerte de soberbio virreinato hasta muy entrado el siglo XX.

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