Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulqueños IX

A la memoria de dos acapulqueños de cepa. Heriberto Bello (Beto Condesa) y Napo Salgado Román, entrañables ambos.

Los lectores primero

El amable lector Francisco Rivera Meraza se refiere a Acapulqueños VII para hablar de quien fue su jefe y amigo, José Antonio de la Peña y Castillo, a quien acredita una enorme experiencia en el manejo de carga nacional y extranjera. Fue primer jefe de tráfico de Transportes Figueroa y más tarde del muelle fiscal en donde operaba el CLIF (descifrado más adelante). Aquí se controlaba la carga marítima procedente del extranjero para luego ser distribuida a toda la república.
Don José Antonio asume la jefatura del CLIF a la muerte del señor Campos y entonces laboré con él como segundo de a bordo durante nueve meses. Sus enseñanzas me servirán toda la vida y su amistad será imperecedera, tanto que todavía lo recuerdo con cariño y agradecimiento, acota el señor Rivera.
¿CLIF? Sencillísimo: Son las iniciales de las empresas camioneras de entonces: Central de Líneas (C), Líneas Unidas del Sur (L), Independencia (I) y Figueroa (F). Más tarde se agregarán Río Balsas, Ricar, Excélsior, Transportes Terrestres Aduanales, Costas de Guerrero, Amsa y Unión de Camioneros de México.
Nuestro amable remitente corrige lo que aquí se dijo sobre una empresa denominada Transportes El Zopilote. Se llamó en realidad Líneas Unidas del Sur y su emblema era un águila estilizada con las alas extendidas. Más que águila, a los acapulqueños les pareció una negra ave carroñera –entonces una plaga en el puerto–, y Zopilote se le quedará hasta nuestros días. Un bautizo genial, pues.
Servido, amigo Rivera Meraza.

De Arcelia

“Tengo veinte años de no ir a Acapulco” –escribe el profesor Rigoberto Nájera Navarro–, pero leyéndolo me transporto a los pocos lugares que conozco y que narra en ocasiones. Lo ignoto usted lo hace conocido y si no, pues nos lo imaginamos. Gracias por deleitarnos a los lectores de El Sur y ojalá sea por buen tiempo (ójala, dijeran en San Jerónimo).
Tan amable y generoso lector es director de la escuela 24 de Febrero, turno vespertino, ubicada en el mero Zócalo de Arcelia, en la Tierra Caliente. De allá fue alcaldesa hace muchos años la acapulqueña Lilia Maldonado Ramírez, casi mi hermana (arceliana por tres años, pues), y en una de esas le tocó inaugurar o al menos reparar la escuela del profe Rigo. Declarado a sí mismo como “un humilde profesor rural”, estamos seguros que con mayores merecimientos que La Maestra, también conocida como Cruela Devil.
El profesor Nájera Navarro, espléndido como es, no se mide en materia de cebollazos: “Las anécdotas de los personajes de Acapulco y otros tópicos que usted describe, se reciben como un oasis en el desierto de esta vida actual, rellena de violencia” (¡hasta allá volé!) Y uno, ajeno a toda modestia, que los presume.
“Extraño”, le parece finalmente al profesor de Arcelia el nombre del escribano y no le falta razón. Tan extraño que no hay en el mundo más de tres Anituyes. No obstante, apunta, ampliamente reconocido por lo que escribe. ¡Basta de tanta impunidad!
Gracias, profe.

La Cruz Roja

Una lectora, sugiere una Contraportada sobre la historia de la noble institución en Acapulco, a propósito de su próximo cumpleaños. Y como no, siempre con el auxilio de don Carlos E. Adame, el primer cronista oficial de Acapulco.
La delegación local de la Cruz Roja nace en abril de 1938, a iniciativa del empresario hispano Marcelino Miaja. Cuenta con el respaldo del Club Rotarios y la solidaridad del doctor Felipe Valencia, quien se ofrece para atender las urgencias en su consultorio de la calle Cinco de Mayo. Días más tarde, previa autorización de la Cruz Roja nacional, se elige a los acapulqueños que dirigirán el comité acapulqueño. Lo encabeza el señor Miaja, autor de la idea, secundado por Félix Muñúzuri, Israel Soberanis y Pedro Peña. Miaja muere dos meses tarde y es relevado por don Félix.
Cuando han pasado dos años, la flamante Cruz Roja de Acapulco entra en agonía. Se adjudica ésta a la ausencia de solidaridad por parte de los acapulqueños, rayana en la absoluta indiferencia (ambas presentes siete décadas más tarde, hoy mismo). El doctor Valencia cierra su consultorio y para que no desaparezcan los servicios de emergencia se consigue un espacio en el hospital municipal, dirigido por el doctor Arturo Catalán Guevara. Se suman los doctores Chacón, Velasco, Arturo Canales, Enrique Zamora y Felipe Barajas Lozano.
Frente al letal diagnóstico, el propio doctor Valencia convoca a sus pares y a los acapulqueños en general para no dejar morir el benemérito proyecto. Una primera colecta popular generará ingresos por 35 mil pesos, suficientes para construir la primera sede de la Cruz Roja, en Quebrada e Independencia, con permanencia de muchos años.
Para 1945, la institución adopta el lema de “Caridad y Patriotismo”. Su directiva la forman Eladio Fernández, Carlos Bernard, José S. Martino, Roberto Bernard, Antonio Casis, Israel Soberanis, José María Sotelo, Agustín Montano, Carlos E. Adame y Obdulio Fernández.
Paralelamente, se instituye el Comité Auxiliar de Damas formado por las señoras Irene Villalvazo, Leticia de Fernández, Emilia de García, Lucía de Casis, Victoria de Tejado, Ana María de Fernández, Carmen de Martino, Carmen de Álvarez, Stella de Álvarez, Crisantema de Montano, María de Bretón, Nicolasa de Hudson, Rosa Muñúzuri, Dominga de Añorve, Caridad de Pardillo, Elena de Pardillo, la poeta Ignacia Serrano, Ernestina de Barrera y Carmen de Pineda.
El cuerpo médico lo formaron destacados profesionales del puerto y entre ellos Esteban Domínguez, Jorge Hoyos Estrada, Luis Gómez Sanguino, Arturo Catalán, Luis Salazar Pérez y Enrique Zamora. Integraron el cuerpo de enfermeras y practicantes María Beayen, Lucila Herrera, Amparo Gil y el señor Santos Cañas.
Por lo que hace al cuerpo de ambulantes, fueron entusiastas voluntarios los hermanos Hid y Abraham Charfén, Valentín Ramos, Enrique Campos, Cesar Álvarez, Manuel Barrientos, Manuel Avilés, Nestor Díaz, Blandino Flores, Carlos Lavín, José Vela, Rogelio Noriega, Humberto Tito Montañés, Jesús Chávez, Aurelio Rubio, Jorge Reyeros, Juan Marroquín, Guillermo Flores, Casto E. García, Benjamín Cervantes, Tomás Guerrero, Guillermo Campos, Donato Valdez y Mario de la O Salinas.

La Canaco

Hablando de instituciones acapulqueñas de antigua data, la creación de la Cámara de Comercio de Acapulco se remonta a 1924, tres años antes de la apertura de la carretera México–Acapulco. A punto de que el puerto deje su situación de “ínsula barataria” dominada por hispanos remisos de la Conquista. Y es nuevamente don Carlos E. Adame quien hace luces sobre el tema.
Promotor único de la agrupación empresarial fue don Isaías L. Acosta, quien se desempeñaba como tenedor de libros de La Valenciana, una céntrica tienda propiedad de don Aniceto Guraieb. Era este un atildado escritor libanés con colaboraciones periódicas en la prensa capitalina, tío del buen amigo Said, del eterno Café Wadi.
Durante la asamblea constitutiva, el señor Acosta explicó la urgente necesidad de hacer un frente común para resistir –¡sin sucumbir!–, la feroz acometida del poderoso comercio del exterior, particularmente de la ciudad de México (todo un vaticinio). Haciendo suyo ese propósito, la asamblea votó por la primera directiva de la Canaco Acapulco. La integraron el propio señor Acosta como presidente, ocupando el resto de los cargos José Flores, Adolfo Argudín, Lorenzo Sánchez Morales, Francisco Vela, Félix Muñúzuri y Salvador Sabáh.
Para los gastos de instalación se siguió la vieja norma de “según el sapo, la pedrada”. Las cuotas fueron en el orden decreciente de 30, 15, 8 y 5 pesos por socio. Fijos, 3 pesos mensuales para gastos de operación. Las distintas comisiones estuvieron integradas por Adolfo Corona, Pascual Aranaga, Arturo García Mier, Alejandro Batani y Maximino San Millán.
La asamblea constitutiva se celebró el 31 de julio de 1924, en el número 4 de la calle San Juan (hoy Cinco de Mayo). Presentes: Sabás Mojica, el doctor José Gómez Arroyo, Hugh Stephens, Manuel Muñúzuri, Marcelino Miaja, el contador Manuel Revilla, Alejandro Batani, Francisco Vela, Ramón Córdova, Rafael Pintos, Federico Pintos, William McHudson, Emilio Casis, Guillermo Edwards, Lorenzo Sánchez, Manuel L. Radilla, Juan Manzanares y el chino Luis Long. Las empresas representadas fueron Hermanos Fernández y Cía. Transportes Lacustres, B. Fernández y Cía., Alzuyeta, Fernández y Quiroz; Sociedad I. Colina y Cía.; Maximino San Millán y Hno., y Stephens Hnos.

Acapulqueños por adopción

Pascual Aranaga, hispano que llegó al puerto como arriero. Fundará más tarde una importante empresa.
Al doctor José Gómez Arroyo lo trajo al puerto la Revolución y aquí se quedará para siempre. Padre de los hermanos Gómez: Genoveva, Leonila, Carmen, José y Gloria.
Los hermanos Samuel, Manuel y Félix Muñúzuri llegaron muy pequeños de Guatemala. Aquí fundaron poderosos troncos de familias acapulqueñas.
Los hispanos San Millán, Maximino y Luciano, fundadores del cine Salón Rojo, además de una popular cantina del zócalo.
Los estadunidenses Hugo y Enrique Stephens, dedicados a la agricultura y la ganadería en Plan de los Amates.
Los hermanos Sergio, Rogelio y Obdulio Fernández, hispanos, propietarios de la fábrica de jabón La Especial, alrededor de la cual sus trabajadores fundaron el Barrio de La Fábrica.
Y más…

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